Rezos y sermones por la continuidad del modelo socialista en Cuba

Rezos y sermones por la continuidad del modelo socialista en Cuba

El arzobispo de Nueva York, Timothy Dolan, no miró ni de reojo para las zonas grises, con pespuntes negros, del socialismo cubano

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Díaz-Canel recibe al Cardenal Timothy Dolan, Arzobispo de Nueva York (Foto: Estudios Revolución)

LA HABANA, Cuba. – El arzobispo de Nueva York, Timothy Dolan, no miró ni de reojo para las zonas grises, con pespuntes negros, del socialismo cubano.

Se limitó al intercambio de pláticas y sonrisas con el presidente designado, Miguel Díaz-Canel; el canciller, Bruno Rodríguez; la jefa de Asuntos Religiosos del Comité Central del Partido único, Caridad Diego, así como los encuentros con algunos funcionarios de las instituciones gubernamentales, como el que sostuvo con el vicerrector de la Universidad de La Habana, Dionisio Zaldívar.

Las demás incidencias de la visita se circunscribieron a lo eminentemente pastoral, tal y como se había anunciado antes.

Las actividades del clérigo comenzaron con misas en el Santuario Nacional de la Virgen de la Caridad del Cobre, en Santiago de Cuba, y en la capilla de un hogar de ancianos en la ciudad de Camagüey.

En La Habana, el periplo abarcó la Nunciatura Apostólica; la sede de Caritas Cuba; los hogares para personas de la tercera edad, Santovenia y San José; el antiguo Seminario de San Carlos y San Ambrosio y, por último, la Catedral, donde presidió la Eucaristía.

La presencia del líder católico estadounidense sirvió para renovar las evidencias de la poca o nula importancia que se le da al negativo impacto social de las políticas del régimen comunista, más allá del embargo, recrudecido por la administración Trump, fundamentalmente por el apoyo sostenido del neocastrismo al gobierno de Nicolás Maduro, con el objetivo de articular un modelo de tintes marxista-leninistas como el existente en la Isla, hace más de seis décadas.

Las culpas de los mandamases por haber convertido el país en un almacén de ruinas, miedos y desesperanzas, fueron lavadas con rezos y gestos amigables.

Una vez más el olvido fue el regalo para las víctimas de quienes gobiernan amparados en el terror y la propaganda.

No hubo un gesto por parte de los anfitriones que apuntara tan siquiera a un fugaz y discreto alivio para los destinatarios de la violencia, en todas sus variantes, convertida en política de Estado.

No hubo excarcelaciones de reos u otras medidas que sugirieran uno de esos conocidos pasillos donde convergen el oportunismo y la obtención de ventajas inmediatas, en el ámbito de la política, la diplomacia y los medios de prensa.

Valdría la pena preguntarse, si el visitante traía en su equipaje o en su mente, una o varias peticiones de esa índole.

No estaría muy seguro de esa posibilidad, en un ambiente cada vez más crispado y donde la iglesia católica local mantiene una distancia prudencial de los problemas que pudieran enturbiar las siempre difíciles relaciones con un Estado, decidido a aplastar cualquier signo de rechazo a sus reglas, vengan de donde vengan.

La realidad apunta a la continuación de los acomodos de una institución con cierta autonomía y, por tanto, con capacidad para correr las fronteras de un accionar demasiado discreto, en un escenario carcomido por la patética hegemonía de un pensamiento exclusivista y retrógrado que ha estandarizado la pobreza y clausurado, con cerrojos y cadenas, los accesos a la pluralidad y al trabajo bajo formas de producción ajenas al centralismo.

Basta conocer que en una de sus intervenciones, el visitante largó sendas loas al sistema de salud, lastrado por problemas que se han enquistado en toda la red hospitalaria del país.

Señal de un total despiste o de un apañamiento a priori del desastre.

En fin, una visita que satisfizo las expectativas de los capataces.

La servidumbre, el proletariado, los rehenes, o como se prefiera calificar a los poco más de 11 millones de personas que habitan en la mayor de las Antillas, continuarán desempeñando su rol en la indecente gesta revolucionaria que prometió la redención y la felicidad plena, pero dentro de un redil con verjas muy altas y vigilancia permanente.

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