Revolución y delincuencia: el obstinado retorno a las cavernas

Revolución y delincuencia: el obstinado retorno a las cavernas

Cuba es sin dudas un país anárquico. El orden y la disciplina social son términos olvidados en los trajines de la supervivencia

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Policía intentando que pasajeros indisciplinados bajaran del ómnibus (foto archivo)

LA HABANA, Cuba. – Hay una máxima popular que revela la creencia en la eternidad del socialismo cubano, tal y como lo pregonan sus más distinguidos representantes y su nutrida comparsa de amanuenses, esbirros, burócratas, chivatos y arribistas.

Por otro lado, el aforismo apuesta por certificar la imposibilidad de que el modelo supere sus fracasos, con sus reproducciones y puntuales añadiduras. Por ejemplo, la ineficiencia en la mayoría de los renglones económicos es algo latente en las estadísticas reales, no en las que transmiten en los noticiarios y se publican, con títulos rimbombantes, en la prensa plana.

El país representado en todas las plataformas mediáticas nacionales, muy poco tiene que ver con la pobreza endémica, el estancamiento productivo, la descapitalización y la desproporcionalidad, cada vez más acentuada entre, los salarios y el costo de la vida, por solo citar algunos de los fiascos que se repiten año tras año, entre el fragor de las consignas patrioteras, las marchas de reafirmación revolucionaria y los ejercicios para repeler una invasión desde Estados Unidos, con escopetas de palo, granadas de yeso, rostros camuflados con crayolas de color negro y gritos furibundos para aumentar la capacidad combativa.

Qué decir de la anarquía reinante en pueblos y vecindarios, otra de las aristas de ese paulatino y obstinado retorno a las cavernas.

El asunto es que el motor del modelo, que insisten en perpetuar, es la corrupción, el secuestro de la verdad y el terror administrado, con delirante apasionamiento, desde las instituciones del Estado.

De ese laboratorio es que salen las huestes de pillos, vagos, rateros, incultos, holgazanes, faranduleros, depravados, lujuriosos, indecentes y canallas.

Esa comunidad es la que predomina en una república, a la postre, degenerada por el actuar de una claque de oportunistas e incapaces que se encaramaron en la cúspide del poder a punta de pistola y con la idea de gobernar por tiempo indefinido.

Cuba es un país anárquico. El orden y la disciplina social son términos olvidados en los trajines de la supervivencia.

La honestidad choca, una y otra vez, con las exigencias de un entorno en que es necesario violar la ley para restarle protagonismo a la miseria. Es como un juego diabólico en el que hay que apostar, aunque resulte incómodo.

Con la desmoralización resultante, el bandidaje es parte de una cultura, cuyo arraigo amenaza la estabilidad de una futura república, sea cual sea su definición política e ideológica.

Las personas disolutas abundan más de lo que cualquiera pudiera imaginar y no solo me refiero a los adultos. Las últimas generaciones que han crecido bajo el estigma del castrismo, muestran una mayor inclinación a formar parte de esa crápula, con un irrelevante número de excepciones.

Por estos días, Iroel Sánchez, uno de los más conspicuos defensores del totalitarismo insular se escandalizó por las conductas disolutas que ocurren a diario en la capital, entre ellas, la agresión sonora en el transporte público, la destrucción de los contenedores de basura, el lanzamiento de los desperdicios en la vía pública, y en especial, la destrucción de algunas de las vallas alusivas al 500 aniversario de la fundación de la capital, que se celebrará este año.

No sé a qué viene esa preocupación por hechos que en realidad son consecuencias directas de las políticas del gobierno que él defiende de manera tan entusiasta.

Los planteamientos sobre estos tópicos son bastante viejos, lo cual indica que las soluciones siempre terminarán perdidas entre la desidia de los burócratas y las monsergas de algún monigote elegido por el partido para vender ilusiones de un futuro luminoso, liderado por el presidente designado Miguel Díaz-Canel y echar pestes contra Donald Trump y la ley Helms-Burton

No quisiera terminar sin recordar ese apotegma que referí al principio del texto, surgido del pesimismo que padece el cubano promedio y que dice: “Esto no hay quien lo tumbe, pero tampoco quien lo arregle”.

En lo personal, pienso que nada es eterno. Todo tiene un fin. El problema es que éste ha demorado mucho.

Por el momento hay que seguir enfrentando las arremetidas de papá Estado y de ese sector marginal y perverso que inexorablemente amplía su radio acción en los entretelones de las unanimidades y el parloteo triunfalista de los mandamases y sus acólitos.

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