Un reloj TAG Heuer no salva al tiempo de la historia

Un reloj TAG Heuer no salva al tiempo de la historia

El reloj Díaz-Canel hace recordar los dos Rolex que usaba Fidel Castro en la misma mano; uno con la hora de La Habana y otro “sincronizado” al Carillón del Kremlin que anunciaba la hora en Moscú

Miguel Díaz-Canel (Foto Twitter)

LA HABANA, Cuba. – Nunca supe cuánto pagó mi padre por su Rolex, pero supongo que no fue mucho; era de segunda mano y se lo compró a un médico amigo suyo cuando yo no había nacido. Todavía recuerdo el brillo de sus ojos mientras contemplaba los muy precisos giros del minutero en su dorado redondel, también el desaliento cuando se le escapó de las manos y cayó al suelo quedando quieto para siempre.

Nunca volvió a consultar las horas con deleite. Su relación con el Poljot fue discreta y sin cumplidos, sin sobresaltos. Sin dudas, no era lo mismo comprobar el paso del tiempo en un reloj suizo que en otro soviético, eso lo entendí más tarde, cuando también tuve un Rolex –falso- que me hacía creer que realmente me acompañaba un “oyster perpetual”.

Resulta importante por estos días tener un reloj que garantice la hora exacta. Un reloj es esencial en la vida moderna, mucho más en este país, donde el tiempo parece dilatarse, aunque yo, pobre mortal, me conformo con encender el móvil para enterarme de la hora o de cuan demorado ando.

El almanaque y el reloj ayudan a regular la vida y, aunque quizá la hacen menos plena, la modernidad no puede prescindir de ellos. El reloj y la hora como símiles de una historia que queda, ese instante de la infinitud del tiempo. No hay vida sin minutos y sin horas, tal vez por eso se armó tanto revuelo con el reloj que usa el nuevo “presidente” Díaz-Canel.

Son muchos los que hablan de ese TAG Heuer que “resplandece” en la muñeca derecha del nuevo “gobernante” cubano, y también de los casi dos mil dólares que cuesta el “relojito”. Resulta escandaloso que, en medio de tanta miseria, este hombre decida ostentar un aparatico en momentos en que los cubanos viven una situación de extremo desabastecimiento. El reloj de Díaz-Canel es un lujo desmedido en días de desencanto y estómagos vacíos. Quien piense en tal ostentación no podrá evitar sacar cuentas y preguntarse cuánto se podría hacer con el dinero que el “delfín” del castrismo dilapida con desenfado. Dos mil dólares es mucho para el cubano que nunca cobra más de quinientos pesos, unos veinte CUC por mes.

Aunque no aplaudo el “relojito” en la mano del “presidente”, no quedé extrañado, sobre todo porque recordé los dos Rolex que usaba Fidel Castro, ambos en la misma mano; uno con la hora de La Habana y el otro ajustado al Carillón del Kremlin que anunciaba la hora de Moscú. ¿Por qué sobrecogernos entonces con ese detalle si el Ché Guevara también tenía su “acompañante” suizo, que lo siguió, incluso, en aquellos días de guerrilla boliviana? Ese Rolex fue rescatado en la profundidad de Bolivia y entregado a la familia del guerrillero comunista. ¿Son entonces los relojes un ostento o un lugar común en la vida de quienes dirigen el país?

Confieso que me mortifica, me molesta, me da asco, pero sucede a diario. Recordemos cuántos relojes idénticos al de Díaz-Canel se podrían comprar si juntamos todo el dinero que gastó Antonio Castro en Bodrum, en una antiquísima y lujosa Turquía, mientras sus colegas de la universidad arriesgaban sus vidas en medio de epidemias africanas y terremotos caribeños. El reloj de Díaz-Canel me indigna, pero también los excesos del hijo de Antonio, y nieto de Fidel, ese que exhibe su blanca palidez, su delgadez, tendido sobre un yate o manejando un “BMW”, haciendo viajes por un mundo “cruelísimo y capitalista” que, a pesar de todo, despierta sus fervores.

Tan horrible es el “relojito” del nuevo presidente como ese bunker, del que hoy tanto se habla, y que aseguran construye Raúl en el intrincado oriente cubano. Exagerados son los lujos de Ramiro Valdés y de todo el generalato cubano. Detestable es enterarnos de que el nieto-escolta de Raúl Castro se mudó a una residencia descomunal sin que hiciera algo extraordinario para merecerla. Este “gozador” recibe prebendas por el simple hecho de proteger a su abuelo, hecho que no lo diferencia de los tantísimos buenos nietos que a pesar de sus míseros salarios se ocupan de sus “viejos”.

Ese al que llaman “presidente” de Cuba no tiene por qué exhibir semejante relojito, como tampoco las nietas de Raúl pueden desandar el mundo sin recato alguno calzando zapatos “Dior” o luciendo bolsos “Louis Vuitton” mientras yo me devano los sesos queriendo saber que se pondrá sobre la mesa cada noche.

El TAD Heuer que luce el “presidente” marcará los minutos y las horas de cada uno de los días que transcurrirán hasta llegar al 24 de febrero. Sin embargo, serán muy pocos los que consigan constatar, con la exactitud de Díaz-Canel,  el tiempo que separa a los cubanos a validar o no la “nueva” constitución. Allí también estaré yo, mostrando la soledad de mi muñeca izquierda, pero dejando una cruz bien grande en gesto de desaprobación, diciendo “NO” a la ¿nueva constitución? Esa será la mejor manera de reivindicar y repetir el grito de Baire y reverenciar a Guillermón Moncada, a Maceo y a Martí. Allí estaré, sin reloj, dejando clara mi desaprobación, ese “NO” rotundo.

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