Referendo constitucional: poco pan y mucho circo

Referendo constitucional: poco pan y mucho circo

El conteo de los votos quedará a cargo de personal plenamente identificado con el régimen. No habrá auditorías ni observadores internacionales

Colegio electoral en Cuba (Foto EFE)

LA HABANA, Cuba. – No es fácil tener una urna delante y un escuadrón de policías detrás, en vigilia permanente, con caras de pocos amigos y con pistolas Makarov fuera de las cartucheras. Esa es una de las sensaciones que experimentan muchísimos cubanos en cada ejercicio electoral o plebiscitario, organizado por el partido y su aceitada maquinaria de fabricar miedos de todos los colores y tamaños.

No importa que un examen previo a la hora del sufragio denote la inexistencia de oficiales de la Policía Nacional Revolucionaria (PNR), de algún colaborador encubierto o de la supuesta presencia de una cámara de pequeño formato, el temor siempre termina dictando las pautas de un comportamiento favorable a las campañas del gobierno, en este caso por el “SÍ” en el referendo constitucional del próximo 24 de febrero. Una postura que apenas ha tenido variaciones en las seis décadas de liderazgo del partido comunista.

Esta vez, pudiera haber algunas sorpresas, como el ligero descenso en la cantidad de votantes o que algunos miles de cubanos se atrevan a poner el “NO” en las boletas como piden varias organizaciones opositoras. Lo que no debe admitir dudas es de qué lado quedará la victoria. Ya todo está previsto y es muy poco probable que haya final sorpresivo. Todo está dispuesto para la puesta en escena de otra farsa que el mundo, incluso varios países democráticos, validará con silencios, tibias críticas y apoyos explícitos.

Basta recordar la definición de “democracia de partido único” ofrecida en uno de los últimos informes de la Unión Europea sobre Cuba, para tener constancia de la validación de un modelo que desconoce la legitimidad de derechos universalmente aceptados.

A quien no crea en lo que digo le invito a que se atreva a repartir en cualquier esquina de La Habana ejemplares de la Declaración Universal de los Derechos Humanos para que reciba, con proverbial inmediatez, varias andanadas de bofetones convoyados con una pródiga ración de patadas, eso solo antes del arresto, luego llegará el calabozo que destila oscuridad y hedor casi a partes iguales oscuro. Después, el envío a su país de origen en caso de que sea extranjero o a prisión, acusado de escándalo público, propaganda enemiga o atentado, si el autor del “delito” es cubano.

Por otro lado, es preciso tener en cuenta una realidad insoslayable. El conteo de los votos queda a cargo de funcionarios y activistas plenamente identificados con el régimen. Ho hay observadores nacionales ni internacionales que detecten y denuncien fallos o que cuestionen la asistencia masiva, un elemento vital para concretar el engaño.

Más allá de cuestionamientos razonables, la simulación del cubano promedio debido a las circunstancias adversas que marcan la vida de cuatro generaciones sigue siendo un recurso defensivo que, en alguna medida, le sirve para evitar males mayores.

Dar la nota discordante en medio de la sinfonía de las unanimidades y los desamparos que brotan al pie de la impunidad de burócratas, militares y policías es catalogado como un sinsentido.

Cuba es una cárcel en medio del mar. Rebelarse contra sus administradores es un deseo lógico, pero mutilado por el instinto de conservación y la sospecha de que siempre serán pocos los seguidores y muchos los espectadores.

De ahí la postración mental y el acomodo a las políticas del poder hegemónico. Parece un modo de escapar, pero se trata de una falsa impresión. Al final seguimos tan presos como antes con el miedo a cuestas y la apatía a flor de piel.

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