Otro heredero de Punto Cero

Otro heredero de Punto Cero

Lo último que le faltaba a la familia

Alexander, el presunto hijo ruso de Fidel Castro (elmundo.es)

LA HABANA, Cuba.- Era lo único que le faltaba al familión de Punto Cero: otro heredero. Pensaban que eran cinco Alejandros, pero ahora resulta que son más. ¿Será verdad que llegan a veinte? Imagino la escena, cuando en días pasados se supo por Internet de otro hijo de Fidel Castro, esta vez oriundo de Moscú.

Dice que quiere estar seguro y que pide ayuda de algún familiar cubano para su prueba de ADN, pero que nadie le ha prestado atención.

Así comenzó la historia

La historia de este ruso de 53 años, de barba negra y amplia sonrisa, es bastante penosa. Vive en Moscú, se dedica a la venta de las antigüedades que consigue, está casado y tiene dos hijos. Su madre, Valentina Udolskaya, veinteañera moscovita, fue una de las peladoras de patatas más rápidas de la KGB. Trabajaba por los años sesenta en la cocina de una dacha del Kremlin, en las afueras de Moscú. Allí llegó Fidel el 27 de abril de 1963, con la primavera rusa, para analizar los hechos ocurridos durante la Crisis de los Misiles.

Había partido muy enojado de Cuba, porque Jruschov y los americanos lo vieron como un cero a la izquierda a la hora de retirar los misiles de Cuba.

A llegar a la dacha de Zadidovo, luego de cazar algunos patos y zorros y disfrutar de un buen coñac, casi se le olvidó su enojo al tropezar con los ojos azules de Valentina, rubia además, como las prefería.

Sin perder tiempo se escondieron en los matorrales, lejos de la escolta cubana, y allí se juraron amor eterno, como dice la canción, aunque según confesó Valentina recientemente, no era amor precisamente lo que sintió por Fidel, sino una gran atracción física que pudo haber durado los 38 días que el dictador pasó en ese país.

De esa atracción física nació Alexander Fidelich Serogín el 14 de enero de 1964, a los nueve meses, inscripto por el esposo de su madre.

Los recuerdos de Alexander

De niño estudió unos años en Cuba. En su memoria no está la figura de su padre verdadero, junto a otros padres, en una reunión de la escuela. Luego vivió con Valentina en el barrio ruso de la zona de Alamar, donde ella vendía en “bolsa negra”, lo que le proporcionaba la embajada soviética como ayuda alimenticia, a riesgo de ser descubierta por la Policía.

En 1972, conoció a Fidel por primera vez. Le tocó las barbas y Fidel sonreía. Nada más.

Pero unos años después, aun viviendo en Cuba y por pura casualidad, descubrió el secreto. Fue entonces que a gritos le exigió a su madre la verdad.

¿Por qué Alejandro?

La obsesión de Fidel por llamarse como Alejandro Magno no es rara. Siendo adolescente, cuando por primera vez fue inscripto por su padre biológico, se quitó el nombre de Hipólito y se puso el del guerrero griego. Como estudió y admiró las invasiones del macedonio por numerosos países, quizás por eso le nacieron también los deseos de invadir el mundo. También, pienso yo, se dejó atrapar por las vidas de los faraones del antiguo Egipto, sobre todo aquel que tuvo 888 hijos.

Pero Fidel no fue nada consecuente con su nuevo y segundo nombre, que significa “protector de hombres”.

Bajo su poder dictatorial, alcanzado más por estrategias maquiavélicas que a punta de pistola, fusiló a miles de sus enemigos, otros miles —incluso viejos colaboradores— permanecieron en prisión largos años como presos políticos y aquellos que disentían o se oponían pacíficamente a su gobierno, eran enviados al destierro o desarticulados de forma hábil y cruel.

Esperemos que sus hijos, nombrados o no Alejandro, sean diferentes.

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