Orwell y la televisión cubana

Orwell y la televisión cubana

Las arremetidas propagandísticas del castrismo contra sus opositores obligan a rememorar al gran novelista británico

Cuba televisión cubana
Foto captura de pantalla

LA HABANA, Cuba.- En estos días he tenido que recordar a Eric Arthur Blair, nombre que muy poco dice a la mayoría. No obstante, somos muchos más los que sí conocemos el seudónimo con el que ese novelista inglés escribió obras que resultan medulares, en especial para los que hemos tenido que padecer la desgracia infinita del comunismo: George Orwell.

Rebelión en la granja y 1984 han recibido merecedísima atención no sólo de los que han padecido en su mismo pellejo la aplicación de esa teoría despiadada. También de quienes, aun sin haberla sufrido en carne propia, desean atisbar hacia las interioridades de eso que el gran Winston Churchill, en frase admirable, definió como “la filosofía del fracaso, el credo de la ignorancia y la prédica de la envidia”.

En la obra de Orwell descuella la figura del “Gran Hermano”. Sin importar que se trate —creo— de una mala traducción del inglés “Big Brother”; más acertado habría sido “Hermano Mayor”. Esa frase sarcástica describe a la perfección a un supuesto “camarada” cuya actividad se centra en reprimir, encarcelar o matar a sus compatriotas que piensan diferente. Ahí están Lenin, Stalin, Mao o, más cerca de nosotros, Fidel Castro.

Otra de las genialidades del novelista británico es el concepto de “newspeak”, cuya versión tradicional en castellano (“neolengua”) me parece más acertada. Las palabras, en los regímenes de este tipo, mutan, cambian su significado y en ocasiones se emplean para denominar exactamente lo contrario de lo que en realidad expresan.

Así, el Ministerio del Amor es el que se consagra a perseguir, apresar, torturar y asesinar a todo el que tenga una idea distinta. Los burócratas de otro (el de la Verdad) se dedican no sólo a mentir, sino a cambiar (y hacerlo, además, de modo sistemático) todo lo que antes haya expresado el propio régimen, pero que ya no resulte conveniente a la luz de las realidades políticas del momento del cual se trate.

En nuestra desdichada Patria sobran ejemplos de lo anterior: Llaman “revolucionario” a quien, en esencia, defiende que todo siga igual; y “libertad” a que un señor, por sí y ante sí, determine los destinos de la nación. Y esto sin importar que ello entrañe el peligro real e inminente de que el país entero sea borrado del mapa, como sucedió tras la decisión unipersonal e inconsulta de emplazar en Cuba cohetes nucleares soviéticos.

Otras palabras se prostituyen. Así sucedió con “compañero”. En correcto castellano, ese vocablo lo utiliza —digamos— un obrero para aludir a otro que trabaja junto a él, o —si al caso vamos— un abogado para referirse a un colega con el que comparte el estrado. Los comunistas lo aplicaron a cualquier perfecto desconocido. Por cierto, a los que piensan que Cuba no ha cambiado, les pido que tomen nota del desuso en el que, felizmente, ha caído esa pésima costumbre. Ahora vuelve a imperar el “señor”.

Todas las consideraciones anteriores vienen al caso a raíz de la campaña desatada, en las últimas horas, por esas importantes dependencias del “Ministerio de la Verdad Cubano” que son las publicaciones de la prensa plana y de la televisión nacional. Esa actividad se ha centrado en descalificar de mil modos a los valientes compatriotas de San Isidro, que han dado inicio a un nuevo capítulo de la historia de nuestra Patria.

En Cuba también se degradan las palabras. Por ejemplo, cuando insisten en llamar “espontánea” a la milésima repetición de lo archisabido: la congregación en el Parque Trillo de incondicionales del régimen, movilizados al efecto en ómnibus y vehículos estatales con el fin de ser arengados por el mandamás de turno.

Algo similar hizo el jurista Humberto López. Se trata del anfitrión del programa “Hacemos Cuba”, en el cual —hay que reconocerlo— logra despertar algún interés popular en los áridos temas del derecho, y esto a pesar del enfoque tendencioso y partidista que les da. Esta vez, en el Noticiero Nacional de Televisión, el comunicador hizo un comentario de título capcioso: “Movimiento San Isidro, los mercenarios de hoy”.

Ahí, después de emplear frases trilladas y calumniosas (“actuar como peón al servicio de una potencia extranjera” es la más pedestre de todas), el colega hizo un indudable aporte a la neolengua castrista. Invocando el respaldo de “cualquier diccionario”, definió el vocablo “mercenario” como “el que realiza cualquier clase de trabajo por una retribución, generalmente económica”.

Dudo mucho que los patriotas de San Isidro merezcan ese calificativo. Muy desequilibrado habría que estar para sufrir durante días los rigores de una huelga de hambre o arrostrar el peligro real de golpizas, o de un prolongado encarcelamiento, sólo por la perspectiva de percibir un puñado de dólares. ¡Algo que, para colmo, sólo sería aplicable a “algunos de ellos”!, según declaró, en entrevista televisiva concedida al propio López, el director del MINREX cubano Carlos Fernández de Cossío.

Pero, quien sí sería un “mercenario”, según el presentador de “Hacemos Cuba”, sería él mismo ¿O es que él no realiza un trabajo (servir como vocero del castrismo) por una retribución (como son los pagos que seguramente recibe por su trabajo en la Televisión Cubana)! Si él lo dice, no seré yo quien lo desmienta.

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René Gómez Manzano

(La Habana, 1943). Graduado en Derecho (Moscú y La Habana). Abogado de bufetes colectivos y del Tribunal Supremo. Presidente de la Corriente Agramontista. Coordinador de Concilio Cubano. Miembro del Grupo de los Cuatro. Preso de conciencia (1997-2000 y 2005-2007). Dirigente de la Asamblea para Promover la Sociedad Civil. Ha recibido premios de la SIP, Concilio Cubano, la Fundación HispanoCubana y la Asociación de Abogados Norteamericanos (ABA), así como el Premio Ludovic Trarieux. Actualmente es miembro de la Mesa de Coordinación del Encuentro Nacional Cubano

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