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Miércoles, 28 de septiembre 2016

Ni lo uno ni lo otro, todo lo contrario

La imagen de un anciano convaleciente dedicado a escribir reflexiones y a recibir ocasionalmente a algún visitante extranjero no encajaba en su megalomaníaca personalidad

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Vicente P. Escobal / MIAMI, Florida, agosto, 173.203.82.38 -Cuba se ha convertido en el país de las dualidades profundas y perpetuas: dualidad monetaria, dualidad moral y ahora gubernativa.

¿Sobre quién descansa hoy la responsabilidad del poder en Cuba?

Según la constitución política del estado, el poder lo ejerce el pueblo a través de los llamados órganos del Poder Popular, un aparato burocrático que ha demostrado no poseer mucho poder ni ser tan popular.

Durante el período en el que “gobernó” el general Raúl Castro, muchos llegaron a creer que se producirían importantes transformaciones políticas, sociales y económicas. Al menos era eso lo que se derivaba de sus entusiasmadas alocuciones.

“Raúl es diferente, es más pragmático, más organizado, mas familiar”. Se llegó a decir, incluso, que entre él y su hermano siempre existieron discrepancias sobre la forma en que se conducía el país y se construyó alrededor de su figura una profunda mitología.

Su hija salió a las calles encabezando ruidosas manifestaciones tratando de reivindicar el derecho de los homosexuales a espacios amplios y plurales en la sociedad. Los cubanos pudieron disfrutar de la telefónica celular y acceder a las instalaciones turísticas. Todo parecía indicar la inminencia de una transformación en el cotidiano quehacer de los habitantes de la mayor de las Antillas.

El diálogo con la jerarquía católica, la excarcelación de un grupo de opositores políticos, la autorización a marchar sin atropellos a las Damas de Blanco, conformaron un cuadro de expectativas que acapararon la atención, incluso, de la comunidad internacional y promovieron los más delirantes análisis y pronósticos. Para muchos el final del castrismo estaba al doblar de la esquina. Cuba estaba a punto de reconquistar la libertad y la democracia.

Pero al igual que los aguaceros estivales, el entusiasmo se fue diluyendo lentamente y una nueva realidad afloro en el horizonte político de la Isla.

Reapareció el Comandante en Jefe.

Y lo hizo con el exclusivo propósito de liquidar ilusiones, proyectos transformadores y esperanzas.

La imagen de un anciano convaleciente dedicado a escribir reflexiones y a recibir ocasionalmente a algún visitante extranjero no encajaba en su megalomaníaca personalidad.

Castro sufría de una gran añoranza por su escolta, su dócil Equipo de Coordinación y Apoyo, los aplausos de las multitudes y hasta los semáforos cambiando a la luz verde cuando su exuberante convoy de Mercedes Benz recorría las calles de La Habana.

Resultaba inaplazable regresar al poder, demostrarles a todos que su hermano es un pusilánime y una marioneta, un payaso que prefiere la guayabera o el saco y la corbata. Y, sobre todo, recordarle que sus laureles constituyen una ofrenda familiar.

¿Qué es lo realmente primordial para Fidel Castro? ¿Le interesa, acaso, el bienestar y la felicidad de los cubanos?

Lo esencial para Fidel Castro es abrumar a la sociedad cubana, sin importarle en lo más mínimo su bienestar ni su felicidad. La inminencia de una hecatombe nuclear o de un cataclismo ecológico son subterfugios para corroborar su poder.
Fidel Castro, a pesar de su evidente deterioro físico y mental, conoce la fragilidad de su régimen cuando éste se descarría por las sendas del debate, las promesas y la apertura, aunque éstas últimas sean más aparentes que reales.

¿Constituye la reaparición de Fidel Castro una estrategia diseñada por los afiebrados analistas de la contrainteligencia o un pasatiempo mediático promovido por el Departamento Ideológico del Partido Comunista?
Ni lo uno ni lo otro. Todo lo contrario.

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