Nada mejor que el desprecio de los suyos

Nada mejor que el desprecio de los suyos

Estrategias para castigar a un preso político

LA HABANA, Cuba.- Hace unos días viajé hasta la prisión de Guamajal, en Santa Clara, para visitar al preso político Lamberto Hernández Planas, a quien la dictadura, después de que cumpliera veinticuatro años de cruel encarcelamiento, decidiera dar la libertad condicional. Y no sería esa la única disposición de la policía política. Como sucede casi siempre, detrás de la calma apareció nuevamente la tempestad, y esa borrasca sirvió entonces para encubrir una trampa enorme que llevó a Lamberto nuevamente a la cárcel.

Yo sé bien de esos procedimientos porque los viví en carne propia, porque los vivo cada día, porque de la boca de los seres más insospechados salen nuevamente los mismos comentarios que me llevaron a prisión; y son esas calumnias, que salen de la boca de supuestas ovejitas, las más peligrosas. Sin dudas la policía política es muy habilidosa, tanto que hace caer en el jamo, incluso, a esos que conocen y denuncian los viles procedimientos de la dictadura. Esos son también sus cómplices, y yo lo sé porque ya me sucedió, porque me sucede todavía.

Lamberto llegó otra vez a la cárcel. Y resulta muy difícil escuchar a algunos disidentes cuando ponen en duda las declaraciones de Lamberto, esas que niegan haber estado implicado en un intento de violación. Esta vez no le inventaron una causa que les permitiera decir que atentaba contra la seguridad del Estado. Esta vez fueron más viles. Querían verlo en la cárcel y lo consiguieron de una manera sucia. Lo acusaron de algo que no había cometido y que es tremendamente repudiado en cualquier sitio del mundo. Fue así que lo devolvieron a prisión para que cumpliera, recluido, los tres años restantes de su sanción. Ahora, cuando salga de la cárcel, habrá cumplido 27 años alejado de la libertad.

Resulta que Lamberto se mostró interesado en el periodismo independiente, ese que acusa al régimen, y escribió, aun cuando le advirtieran muchas veces que no debía hacerlo, aun cuando le recordaran que estaba bajo libertad condicional. Lamberto escribió sobre un derrumbe en la Habana Vieja, y por esa razón estuvo detenido varias horas, pero continuó escribiendo. Ya había conseguido algunos testimonios de varias familias albergadas, durante muchos años, sobre el suelo de una vieja fábrica de acetileno, donde el Gobierno improvisó luego unos cuartones para hacinar a familias que habían perdido sus casas tras los derrumbes de varios edificios habaneros.

Años más tarde nacieron en ese improvisado albergue algunos niños, en diferentes familias, que fueron diagnosticados con leucemia. Las autoridades sanitarias del régimen, a pesar de tener el conocimiento de esta desgracia, a pesar de que pudieron verificar que esos residuos de la antigua fábrica de acetileno había provocado la enfermedad de los infantes, no dio solución al asunto, pero si encontraron entre todos un subterfugio que sirviera para castigar al intruso periodista y expresidiario.

La Seguridad del Estado preparó la trampa. Cuando Lamberto se bajó de un ómnibus, en la parada más cercana a su casa, una muchacha se quejó con voz muy alta de que Lamberto la había tocado con lascivia. Por esas casualidades que pocas veces se repiten, a menos que estén bien planificadas, dos hombres que venían detrás de Lamberto abandonaron su andar y comenzaron a golpearlo con fuerza, y luego se incorporaría un tercero que aseguró estar esperando un ómnibus cuando ocurrieron los sucesos.

En la esquina, extrañamente, aguardaba una patrulla policial que intervino de inmediato, y sin hacer pegunta alguna, arrestaron a Lamberto. La supuesta agredida resultó ser una fiscal, y ya sabemos que la fiscalía cubana no es otra cosa que el brazo miserable de la injusticia; y que recibe órdenes, que luego ejecuta, del Departamento 21, ese que atiende a los “contrarrevolucionarios”.

Allí, a su prisión, fui a visitar a Lamberto. Después de un viaje de cinco horas hasta Santa Clara llegué a la prisión de Guamajal. Me hicieron esperar gran parte de la tarde. Cuando comprendí que intentaban evitar mi encuentro con el preso, rebasé el salón de espera y llegué hasta la garita del perímetro de seguridad. Exigí ser atendido por las autoridades del penal y me prestaron sus oídos después de repetir tres veces las mismas exigencias. Finalmente conseguí encontrarme con Lamberto.

Lamberto Hernández Planas (Archivo)

Tras el abrazo y los saludos, me explicó que los sicarios de la Seguridad del Estado lo habían estado presionando, y que cada día se aparecían con nuevos ofrecimientos para conseguir que abandonara la disidencia política. Luego, y tras comprender que jamás lo convencerían, le mostraron algunas fotos de su mujer mientras se abrazaba con un hombre. Me dijo Lamberto que intentó ocultar su sorpresa, pero que el dolor fue inmenso. Lamberto tuvo que soportar la burla de los guardias y de los oficiales. Lamberto resolvió todo con una llamada telefónica a la que fuera su mujer.

Aquellos sátrapas se salieron con la suya, consiguieron aislarlo de su familia, y hasta llegaron a advertirle que lo mismo podrían hacerle “esos disidentes de mierda”. “Esos también te dejarán solos. Un día se olvidarán de ti, y nadie vendrá a verte”. Así operan. Toda estrategia tiene un final idéntico, alejarlo de la manada, dejarlo solo y sin aliento, para que muera triste y solitario. Eso sucede siempre con los presos políticos: conseguir su abandono, el olvido, el aislamiento. La policía política se equivoca cuando no reconoce que estos presos no son parte de una manada de lobos, cuando no reconocen que estos presos son, por encima de todo, seres humanos. Y yo lo sé porque todavía me sucede.

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