¿Morirá Estados Unidos?

¿Morirá Estados Unidos?

En la nación norteña nunca antes la población estuvo tan polarizada al término de una elección presidencial, como sucede en la actualidad.

Senado, Estados Unidos
Sede del Senado de Estados Unidos (Foto: Getty Images)

MIAMI, Estados Unidos. – “La salud de las democracias ―cualquiera que sea su tipo y su grado― depende de un miserable detalle técnico: el procedimiento electoral. Todo lo demás es secundario”, escribe el filósofo español José Ortega y Gasset en La rebelión de las masas.

“Si el régimen de los comicios es oportuno, si se ciñe a la realidad, todo va bien”, continúa. “Si no, aun cuando todo lo demás marchara lo mejor posible, todo irá mal. Roma, al comienzo del siglo I antes de Cristo, es poderosa, rica, no tiene enemigos. Y, sin embargo, está a punto de morir porque se obstina en conservar un régimen legal estúpido. Ahora bien, un régimen electoral es estúpido cuando es falso”.

La pregunta con la que titulamos este artículo era impensable formularla hasta hace poco tiempo. El mero hecho de que hoy esté en el debate público nos lleva a admitir, con asombro, que al menos el peligro que ella expresa es real. Esa incredulidad se nutre del hecho de que lo que parecía una realidad social sólida, la imagen de permanencia que transmitía la nación americana, de la noche a la mañana dejó de ser tal cosa.

Empecemos por lo obvio. Lo primero que habría que definir es ¿a qué llamamos morir? Una respuesta, dentro del ámbito político, se explayaría en la posible desaparición del régimen político constitucional-pluralista, hoy amenazado, y que ha caracterizado a Estados Unidos desde su nacimiento.

Pero la nuestra será más restringida: está referida al hecho posible de que desaparezca el rasgo consustancial de la democracia, aquel en el que los gobernados eligen a sus gobernantes, que ha caracterizado a la nación americana por más de dos siglos a lo largo de los cuales nunca hubo un intento de golpe militar. Esta respuesta lleva atada otra exigente pregunta: ¿y por qué puede morir? Aquí es donde acudimos a la sabiduría de Ortega y Gasset: porque “el procedimiento electoral” va mal. 

Para dar prueba de la anterior afirmación acudiremos a un instrumento moderno de medición de tendencias de opinión pública: las encuestas. Aunque casi todas fallaron en sus predicciones del 3 de noviembre, una de las pocas firmas cuya credibilidad sobrevivió fue la encuestadora Rasmussen. Sus sondeos han venido midiendo la reacción del electorado ante el resultado divulgado por el 97% de los medios estadounidenses que dieron ganador a Joe Biden en los comicios presidenciales. Citemos el texto del Rasmussen Report: 

“El cuarenta y siete por ciento (47%) dice que es probable que los demócratas robaran votantes o destruyeran las boletas a favor de Trump en varios estados para asegurarse de que Joe Biden ganara. El cuarenta y nueve por ciento (49%) considera que eso es poco probable.”

O sea, la opinión pública está dividida en una mitad que cuestiona la legitimidad del resultado y otra mitad que no lo considera así. Esto ocurre por primera vez en Estados Unidos nunca antes la población estuvo polarizada al término de una elección presidencial. Ahora no podemos prever la evolución de este fenómeno, ni siquiera para los próximos días.

Finalmente, aunque ajenos a las profecías, sería ingenuo ignorar los truenos que anticipan la tormenta mientras los demócratas Schumer, Warnock, etc., están tocando los tambores de la guerra y amenazando con demoler los fundamentos de Estados Unidos para construir una “nueva sociedad” si ganan Georgia y obtienen la mayoría del Senado. 

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