Míster Leahy, el bloqueo más cruel es el que impone Castro

Míster Leahy, el bloqueo más cruel es el que impone Castro

Legisladores demócratas, si ustedes van a publicitar que Cuba es un país seguro, por favor, al menos sean respetuosos de ustedes mismos

Senador demócrata Patrick Leahy, frente al Capitolio habanero, 2013 (foto EFE)

LAS TUNAS, Cuba.- Una palangana situada sobre la alacena de mi madre, protegiendo el viejo mueble de goteras, sirvió de herramienta a mis perseguidores este martes, precisamente, cuando senadores y congresistas demócratas estadounidenses hacían antesala para reunirse con el general Raúl Castro.

Como sus anfitriones castristas omitirían estos temas, por favor, traduzca alguien esta historia y hágase llegar a Patrick Leahy, Ron Wyden y Gary Peters, senadores demócratas por Vermont, Oregón y Michigan; y a James McGovern y Susan Davis, representantes demócratas de Massachusetts y California.

Vean ustedes, Patrick y compañeros, cuando mi madre enfermó de Alzheimer, debí traerla a vivir conmigo. “Con cuidado, sin alterar su entorno ni sus costumbres”, dijo el psiquiatra.

Pero cuando en su “nueva” habitación el psiquiatra visitó a mi madre quedó encantado. Mi familia (ciudadanos estadounidenses algunos) consiguió lo que al médico parecía imposible.

Mi mujer, mi cuñado, mi suegra, mis hijos y yo, aunamos fuerzas y recursos, y en el cuarto-estudio de nuestra casa todavía en construcción, hicimos “la casa de mi madre”, como para una escena de teatro rural.

Ella vivió ahí sus últimos días con la memoria anclada en el pasado, como si mi padre no hubiera muerto y todavía vivieran en la casa que poseyeron en el campo.

Pronto hará dos años de la muerte de mi madre. Y la madera, todavía verde cuando con premura sobre ella colocamos tejas francesas, procurando apaciguar su demencia con el pasado, ya secó.

Ahora la madera combada hace filtrar el agua de lluvia a raudales. Sabíamos que iba a suceder. El tejado sólo era un poco de color para los últimos días de mi madre. El cuarto-estudio sería cubierto con hormigón armado como el resto de la casa en su momento.

Era el proyecto. Pero según publicamos el 22 de febrero de 2017, el señor Norge Rojas Cruz, director provincial de Planificación Física en Las Tunas, resolvió paralizar la construcción de nuestra casa, disponiendo la pérdida de lo que construimos con esfuerzo propio y legalmente.

Paralización que, desobedeciendo lo dispuesto por el presidente del Instituto de Planificación Física, general de división Samuel Rodiles Planas el 31 de octubre de 2017, se mantiene hasta el día de hoy, con conocimiento de la Fiscalía General de la República de Cuba, en la persona de la fiscal jefa de la Dirección de Atención a los Ciudadanos Raquel Rodríguez Fraga, y de la fiscal Anisa Rodríguez López, jefa de la Dirección Provincial de Atención a los Ciudadanos en Las Tunas, y, por supuesto, con conocimiento de los superiores de las mencionadas fiscales.

Señores senadores y representantes estadounidenses, en Estados Unidos la ley se puede burlar así… ¿No? Pues en Cuba sí.

Vean ustedes, en Cuba no es como en Estados Unidos, y lo sé porque visité 33 estados de ese país en 2014, entre ellos Míchigan, míster Peters, y también Massachusetts, míster McGovern.

En Cuba, eso de que una cosa es el poder ejecutivo, otra el judicial, y otra el legislativo, no funciona. Tan es así que un vecino me preguntó:

“Ven acá chico, ¿bajo la sombrilla de quién está cobijado el Director de Planificación Física en Las Tunas que tiene tanto poder como para desobedecer a la Fiscalía General de la República y al Presidente del Instituto de Planificación Física?”

“Chico, quien designó al Fiscal General de la República Darío Delgado Cura, que creo es teniente coronel de Justicia, y al Presidente del Instituto de Planificación Física, fue Raúl Castro, que es general de Ejército, el único que en Cuba tiene dos grados por encima de Samuel Rodiles Planas, que es general de división”, dije.

“Tiene que ser…”, sólo comentó el vecino.

Pero si resulta escandalosa la desobediencia de un director provincial no sólo a sus superiores nacionales, sino a la Constitución de la República, el colmo del acoso que el régimen militar castrista ejerce sobre mi persona por narrar lo que veo y escribir lo que pienso, ocurrió este martes, cuando ustedes, señores demócratas estadounidenses, muy alegres estaban en Cuba.

Y que conste, de forma arbitraria me han llevado a los calabozos, no sólo a mí, sino también a mi hijo; me han confiscado no sólo instrumentos de trabajo, grabadoras, cámaras, teléfonos, libros, sino también escopetas de caza, que son artículos deportivos; han mantenido vigilada nuestra casa días y noches, durante meses, que es tortura psicológica, sin efecto para mí, pero sí para mi familia; y en el colmo de sus instintos criminales, para ubicarme, —¿me creerían acercándome al presidente Obama cuando visitó Cuba?— simularon una campaña de fumigación, circunscripta sólo a nuestra casa, gaseándola, pudieron matar a mi anciana madre, que resultó intoxicada y precisó asistencia médica.

Señores senadores y representantes demócratas… ¿Ustedes no estarán de acuerdo con esto, verdad?

Bien. Este martes mientras ustedes esperaban para reunirse con el general Raúl Castro, registró nuestra casa sin mandamiento judicial no un policía, sino la actuante 0,3. ¿Será esta denominación una versión a lo James Bond?

La de “los mosquitos”, así llamamos acá a los supervisores de epidemiología, llegó acompañada del mismo doctor que cuando gasearon a mi anciana madre dijo desconocer por qué “esa fumigación dos veces seguidas”.

Vean, Patrick y cohorte. En nuestra familia está arraigada esa costumbre que vi en granjeros y rancheros en Estados Unidos. En nuestro patio tenemos desde trastos inservibles hasta el tractor Ford de 1948 que perteneció a mi difunto padre, y también sus cantaros para leche, como esos que vi en museos de antigüedades preservados por ustedes con celo.

“Todo está ordenado y el patio limpio”, dijeron el doctor y la supervisora de “mosquitos”.

Pero a la supervisora-actuante 0,3 no le bastó. Se metió en nuestra casa y ojeó habitación por habitación, como un policía tras un criminal. Y no bastándole, se trepó sobre una silla, para ver qué había dentro de la palangana sobre la alacena de mi difunta madre.

Por supuesto, había agua de la lluvia anterior. Y la 0,3 bajó la palangana de la alacena trayéndola al patio. Ni el médico, ni mi mujer, ni yo, veíamos nada. Y yo mirando con una lupa. Pero ella que sí, que en la palangana había larvas de mosquitos, pasaría toda la tarde buscando si fuese necesario, dijo.

Y metiendo una pipeta, ¡sí, una pipeta!, zas… “¡Aquí la tengo!”, dijo triunfante la supervisora. Y después sentenció: “La multa es de 150 pesos, la reduciré a 50.”

¿Cincuenta pesos por una larva que nadie puede afirmar si es de un trasmisor de enfermedades o de un simple mosquito…? ¡Es ilegal!

Míster Patrick y compañeros, en posesión de materiales lícitos y cumpliendo las debidas regulaciones, nos prohíben construir una casa digna, condenándonos a sufrir goteras, y luego nos multan por “posesión de larvas”.

Señor Patrick y cohorte, si ustedes van a luchar por levantar el embargo de su gobierno al régimen castrista, si ustedes van a publicitar que Cuba es un país seguro, por favor, al menos sean respetuosos de ustedes mismos, no ignoren que el bloqueo más cruel lo sufrimos los cubanos de nuestro propio gobierno, que nos hace sentir inseguros en nuestro propio país y escépticos de nuestras leyes. Y esta historia es sólo un ejemplo de millones como ella. Búsquenlas. Conózcanlas.

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