Mi vecino comunista

Mi vecino comunista

Tengo un vecino, ex militar, sexagenario, fidelista convencido, que luego de muchos años sin tratarme, últimamente me concede la gracia de su saludo y su conversación, siempre que no haya testigos por los alrededores

cino coverLA HABANA, Cuba – Tengo un vecino, ex militar, sexagenario, fidelista convencido, que luego de muchos años sin tratarme, últimamente me concede la gracia de su saludo y su conversación, siempre que no haya testigos por los alrededores.

Cuando hablamos, trata de convencerme de sus razones, las pocas que tiene, que son más bien las de la sinrazón. Parece que no pierde las esperanzas de anotarse el mérito de que un día yo retorne al redil. Solo que el hombre trata de hacerme el cuento de los últimas décadas como si yo, en vez de haberlas vivido, por el hecho –incomprensible para él- de ser periodista independiente, hubiese pasado todo este tiempo en New Jersey u Oklahoma y acabara de aterrizar en Cuba.

Hace unos días se me acercó para decirme que había leído no sé dónde que Stalin, en su juventud, había sido informante de la Okhrana, la policía política zarista. Según él, eso explicaría sus posteriores “errores y desviaciones” (jamás utiliza la palabra crímenes cuando habla del estalinismo).

–¡Qué distinto hubiera sido todo si no hubiera muerto Lenin!- exclamó.

El hombre se puso lívido cuando le contesté que Lenin era otro dictador asesino, que el estalinismo no era más que los aportes leninistas al marxismo llevados a su máxima expresión.

–¿En qué te basas para hablar así de Lenin?- preguntó.

Me encanta hablar de historia. Le expliqué que Lenin, en diciembre de 1917, aseguraba que para implantar un “riguroso orden revolucionario” había que “aplastar sin misericordia los brotes de anarquía entre gamberros, borrachos, vagos y contrarrevolucionarios”. Un mes después proclamó que su objetivo era “limpiar la tierra rusa de todo bicho nocivo”. Y no se refería el camarada Vladimir Ilich a los piojos que trasmitían el tifus y diezmaban al Ejército Rojo. Sus guardias rojos y chekistas asesinaron a varias decenas de miles de mencheviques, aristócratas, burgueses, sacerdotes, creyentes.

El tipo apeló al argumento de que “las revoluciones, para sobrevivir, tienen que defenderse de sus enemigos”. Y caímos en el caso de Cuba, donde según aseguró, “jamás se llegó a esos extremos”.

Aunque le concedí que no se había llegado a los extremos de Stalin, bramó cuando le recordé la época de los paredones de fusilamiento y las cárceles repletas de miles de presos políticos. Y rugió cuando le mencioné los numerosos casos de alzados que fueron ejecutados extrajudicialmente y las centenares de familias campesinas que fueron desterradas del Escambray y trasladadas a la fuerza a los llamados “pueblos cautivos”, en el oeste de Pinar del Río.

Luego de negar rotundamente que hubiera casos de alzados que fueran asesinados por las fuerzas del gobierno, y asegurar que los que cometían asesinatos eran “los bandidos”–como los llama él– admitió que era cierto lo de los pueblos cautivos, pero que en definitiva, allí vivían en mejores condiciones que en el Escambray.

Cuando le contesté que vivían en casas de mampostería, pero vigilados y sujetos a represalias por “su pasado contrarrevolucionario”, me aseguró que no era así, y contó que él había conocido a un muchacho del poblado Sandino, hijo de un ex alzado, que había llegado a ser piloto de Mig.

Le dije: –Oye, el papá alzado en realidad sería un infiltrado, porque en aquella época, no te dejaban levantar cabeza por mucho menos que eso; bastaba que admitieras en alguna de aquellas planillas cuéntame tu vida que tenías parientes que habían sido militares o funcionarios del gobierno de Batista, que te carteabas con familiares que se habían ido del país, o que ibas a la iglesia…

A pesar de que dijo acordarse de aquellas planillas y aceptar que uno tenía que ser muy cuidadoso con lo que contestaba en ellas, afirmó que eran exageraciones mías.

Le cité mi caso. Solo por preguntón, melenudo y rockero, me acusaron de diversionismo ideológico y me hicieron la vida imposible desde que estaba en la escuela secundaria básica. Luego me echaron de todas partes. No me quedó otro camino que la disidencia.

Me miró fijamente, y en tono conciliatorio, dijo: -Contigo cometieron errores, es cierto, pero eso no justifica que sientas tanto resentimiento… Sería mejor lo que escribes si no fueras tan ácido, si te ahorraras un poco de insultos y calificativos innecesarios, y en tono más amable te refirieras a los problemas más inmediatos de nuestra sociedad y sugirieras soluciones…

–Ah, pero entonces no sería yo. Eso se lo dejo a los periodistas oficialistas, ahora que ya tienen permiso para quejarse de los baches, los salideros, los precios de los frijoles y la mala calidad del pan…

Luego le reiteré mi convicción de que este sistema no es perfectible: ha demostrado que no funciona aquí ni en ninguna otra parte.

Mi vecino concluyó que no tengo remedio, que estoy envenenado por la prensa enemiga, y particularmente por El Nuevo Herald, que según aseguró, es “un libelo de la mafia anexionista de Miami”. Como si yo no tuviese que empujarme cada día el mismo Granma, el NTV, la Mesa Redonda y Telesur que él.

Se fue disgustado. Aunque sé que volverá, siempre volverá, es probable que ahora mi vecino de inquebrantable fe fidelista vuelva a dejar de tratarme por un tiempo. ¡Qué alivio!

[email protected]

Luis Cino

Luis Cino Álvarez (La Habana, 1956).
Trabajó como profesor de inglés, en la construcción y la agricultura.
Se inició en la prensa independiente en 1998. Entre 2002 y la primavera de 2003 perteneció al consejo de redacción de la revista De Cuba. Fue subdirector de Primavera Digital. Colaborador habitual de CubaNet desde 2003. Reside en Arroyo Naranjo. Sueña con poder dedicarse por entero y libre a escribir narrativa. Le apasionan los buenos libros, el mar, el jazz y los blues.

[fbcomments]