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Manuel Urrutia Lleó: el presidente desterrado por la Revolución

Manuel Urrutia Lleó, Cuba

LA HABANA, Cuba. — Una figura histórica casi olvidada en Cuba es Manuel Urrutia Lleó. Son pocos los cubanos de las nuevas generaciones que saben que fue el primer y único presidente democrático que tuvo la Revolución cubana.

El mandato de Urrutia fue corto (duró apenas siete meses), accidentado y tuvo un dramático final.

Manuel Urrutia Lleó nació en Yaguajay, Las Villas, en 1908. Sin carrera política ni militancia en partido alguno, de posición moderada y cristiano, se opuso a las dictaduras de Gerardo Machado y Fulgencio Batista.

En julio de 1953, ejercía el cargo de magistrado en Santiago de Cuba al ocurrir el asalto al Cuartel Moncada. En el juicio, Urrutia se negó a condenar a los asaltantes por considerar legal su acción, debido a que el gobierno de Batista violaba la Constitución de 1940, la cual establecía el derecho del pueblo a rebelarse contra quienes la violaran.

Aquella actitud obligó a Urrutia a exiliarse en Venezuela. Desde allí, regresó directo a la Sierra Maestra en 1958 en un vuelo con armas para los rebeldes que allí operaban.

Cuando Fidel Castro propuso a Urrutia como presidente provisional, recibió el consenso de todas las fuerzas opuestas al régimen de Batista, con la excepción del Directorio Revolucionario.

Al triunfar la insurrección el primero de enero de 1959, Urrutia nombró al nuevo gabinete de gobierno establecido en los primeros días en Santiago de Cuba. Como primer ministro fue designado José Miró Cardona, presidente del colegio de abogados e hijo del veterano libertador José Miró Argenter.

Fidel Castro fue nombrado como comandante de todas las fuerzas armadas de aire, mar y tierra del país. Por tanto, el poder del presidente quedaba por encima del suyo. Por supuesto, aquello no fue del agrado de Castro, y en poco tiempo lo cambiaría.

Catorce personas con diferentes posiciones políticas integraron el gobierno legalmente constituido. Entre ellos estaban Roberto Agramonte, Manuel Ray Rivero y Humberto Sorí Marín.

La mayoría de los miembros del gabinete se exiliarían unos meses después, y Sorí Marín, el artífice de los paredones, fue fusilado.

Fue una jugada maestra de Fidel Castro dar la imagen de un gobierno democrático, integrado por diferentes fuerzas políticas, para garantizar el reconocimiento por los Estados Unidos del nuevo régimen y dar garantías a los poseedores de los grandes intereses económicos que existían en Cuba.

Un mes y medio después, en febrero de 1959, se produjo una crisis gubernamental. El primer ministro Miró Cardona, ante el giro hacia el comunismo que estaba dando Fidel Castro, renunció a su cargo. El puesto vacante y todas las prerrogativas de dirección del país fueron asumidas por Castro, que obvió la Constitución de 1940, la misma que antes había asegurado respaldar. El presidente quedó a partir de entonces como una figura decorativa.

Varios desacuerdos tuvo Urrutia con Fidel. Uno se relacionó con el sueldo del presidente. Urrutia aspiraba a mantener el mismo que tenía Batista, de 100 000 pesos, y Castro lo redujo a 1 200.

Otro desencuentro se manifestó al querer Urrutia convocar a nuevas elecciones. Ante esa propuesta, Fidel Castro se opuso rotundamente, alegando que las elecciones servirían para que los partidos políticos tradicionales retornaran al poder. De ahí su famosa frase: “elecciones para qué”.

Urrutia se pronunció en varias ocasiones en contra del giro hacia la izquierda del Máximo Líder (como ya empezaban a llamar a Castro) y contra las medidas que lesionaban los intereses de los grandes propietarios cubanos y norteamericanos.

Las desavenencias entre Fidel Castro y Urrutia continuaron durante varios meses, hasta que en julio de 1959, en uno de los grandes shows que acostumbró a montar Fidel en la televisión, presentó su renuncia al cargo de primer ministro.

La amplia popularidad con la cual contaba entonces Fidel Castro hizo que millares de personas salieran a las calles a manifestar su desacuerdo con la renuncia del Máximo Líder. Urrutia se vio obligado a renunciar al cargo de presidente. Fue sustituido por el abogado Osvaldo Dorticós, una marioneta de Castro.

Urrutia, hostigado por las turbas, tuvo que asilarse en la embajada de Venezuela, de donde salió con salvoconducto para los Estados Unidos.

Desde el exilio, trató de hacer oposición al régimen de Castro, pero su carisma anodino y temperamento calmoso no lo favorecieron. Con el tiempo, todos lo olvidaron. Murió en Nueva York en el año 1981.

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