Manuel Marrero, un primer ministro atado a la continuidad

Manuel Marrero, un primer ministro atado a la continuidad

Mientras no desaparezca la vieja guardia castrista, ningún miembro del gobierno de nueva generación tendrá la capacidad de hacer cambios más allá de los límites actuales impuestos

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Raúl Castro celebra la designación de Manuel Marrero como primer ministro de Cuba (Foto: Agencias)

SANTIAGO, Cuba. – El sábado 21 del presente mes se designó como Primer Ministro de Cuba a Manuel Marrero Cruz, hasta entonces ministro de Turismo. Miguel Díaz-Canel expresó que en la designación de Marrero Cruz como en la de los otros miembros del Consejo de Ministros se hizo un exhaustivo análisis valorando la necesidad de renovación de algunos miembros y de mantener la estabilidad en la compleja coyuntura existente. También, que la propuesta fue aprobada primero por el Buró Político del Comité Central del Partido Comunista de Cuba (PCC).

El periódico oficialista Granma al anunciar la noticia citó los artículos de la Constitución cubana del 133 al 139, que, en resumen, expresan que el Consejo de Ministros es el máximo órgano ejecutivo y administrativo y constituye el Gobierno de la República. Así también mencionan quienes conforman su Comité Ejecutivo y definen que son elegidos por el Presidente de la República, y que dicho Comité tiene la capacidad de decidir en los periodos de entre reuniones del Consejo. La nota explica que el Consejo de Ministros debe rendir cuentas periódicamente a la Asamblea Nacional del Poder Popular, que sus decisiones son adoptadas por el voto de la mayoría simple de sus integrantes y que se mantienen en funciones hasta tanto sea designado el Gobierno de la nueva legislatura.

Este hecho ha generado una serie de análisis sobre qué cambiará y qué no, con este paso. Pero sobre todo se habla del Primer Ministro, de su personalidad, de lo que ha hecho y de lo que se puede esperar de él. La mayoría de los comentarios en las redes sociales y los medios independientes aplican descalificaciones muy coherentes a la trayectoria oficialista que este funcionario ha mantenido. En mi caso, que lucho pacíficamente por una transición de la ley a la ley, me gusta poner en esa perspectiva al nuevo gobernante.

Comienzo diciendo que defino como una transición verdadera, justa y necesaria a un proceso donde los antagónicos políticos, aun en medio de procesos complejos de presión popular y represión estatal, creen un ambiente mínimo, pero necesario y sólido, de respeto y reconocimiento mutuo de valores éticos y morales. Ello debe incentivar y permitir a la parte que está en el poder hacer cambios que conlleven al respeto a los derechos y libertades universales de los ciudadanos y desemboquen en elecciones libres y limpias, porque quien ostente el poder sabrá que si lo pierde por voluntad popular no será gobernado por un enemigo vengativo y revanchista, sino por un civilizado adversario político que le respetará sus derechos.

Otra realidad en la que creo, basado en las experiencias de muchos procesos parecidos al cubano, es que, mientras no desaparezca completamente la llamada “generación del centenario”, ningún miembro del gobierno de nueva generación tendrá la capacidad de hacer cambios más allá de los límites actuales impuestos. Así les quedó claro a todos en 2009 con la defenestración de un grupo de dirigentes que, en sus conversaciones íntimas, mostraban gran descontento con la dirección de Raúl Castro, dentro de los que sobresalieron Carlos Lage y Felipe Pérez Roque.

Podemos decir que es más lógico evaluar a los nuevos funcionarios del régimen en perspectiva al mediano y largo plazo. Valorarlos por sus discursos tampoco es objetivo, pues bajo la extrema vigilancia y presión en que viven, siempre acostumbran a decir lo más conveniente y no lo que se piensa en realidad. Es un fenómeno al que no escapa casi ningún funcionario estatal.

Según Granma, Manuel Marrero Cruz tiene 56 años de edad, es arquitecto y fue inversionista en instalaciones turísticas en el norte de Holguín. Tuvo cargos en la dirección de hoteles en Oriente y Varadero. En 1999 fue nombrado vicepresidente primero del Grupo de Turismo Gaviota y en 2000 presidente. Es Ministro de Turismo hace 16 años y fue seleccionado por Fidel Castro.

Sobre su actividad laboral pienso que, como funcionario del turismo, debe estar muy informado del buen funcionamiento de países capitalistas prósperos de donde vienen los turistas que él, durante muchos años, ha puesto empeño en satisfacer. Debe saber que en Europa y Canadá, por ejemplo, existe educación y salud pública de calidad muy superior a la cubana y sin estar condicionadas a un partido único incuestionable.

Por otro lado, si es un observador medianamente bueno, debe haber apreciado que, mientras sus hoteles años tras años se llenan de trabajadores extranjeros jubilados que visitan la isla con sus ahorros, el modelo económico socialista cubano, con sus subsidios decadentes, ha condenado a sus trabajadores al salario más miserable del mundo. Y pese a las implicaciones del embargo estadounidense, el Primer Ministro debe tener bien claro al menos que la falta de derechos económicos es el principal obstáculo que existe para el desarrollo de Cuba.

También debe acumular muchas experiencias transmitidas por inversionistas extranjeros, y en tal sentido, no le faltarán frustraciones por querer implementar ideas novedosas en su sector y encontrarse con los obstáculos ideológicos. Para todo ministro cubano que intente mejorar su sector, el PCC es un obstáculo para el desarrollo, porque sus directrices frenan y limitan la implementación de reformas positivas y objetivas. Se puede suponer que su actividad laboral lo acerca bastante a López-Callejas, quien muchos aseguran ostenta el verdadero poder en Cuba, pero que no es visto como un muro ideológico y puede haber influido en su nombramiento como Primer Ministro.

Al referirse a sus valores políticos Granma menciona su modestia, honestidad, capacidad de trabajo, sensibilidad política y fidelidad al partido y la Revolución; lo cual es una valoración muy modesta y limitada para referirse al factor ideológico. También dicen que fue designado por Fidel Castro, pero recordemos que igual lo fueron Roberto Robaina y su sustituto, por tanto, esto no representa necesariamente continuidad.

Quizás se trató de establecer una fórmula compensada entre un Presidente con compromiso ideológico como Díaz-Canel, pero limitado como administrador, junto a un Primer Ministro reconocido entre los demás por sus resultados. Tanto los criterios de su selección como lo que hará en el futuro por los cambios que demanda y necesita el pueblo de Cuba son enigmas que solo el tiempo podrá descifrar. Puede que esta remesa de dirigentes no sean los que conduzcan a la nación al destino deseado o puede que sí, pero la realidad es que, en algún momento, desaparecerán las miradas inquisidoras octogenarias del poder y ellos tendrán la capacidad real de decidir.

Cuando llegue ese momento, es bueno que tengan en cuenta que no existe justificación ética para negar el derecho a un pueblo de elegir su futuro por mantener un legado histórico, cualquiera que este sea. Ningún legado puede interponerse entre un pueblo y su bienestar.

Será positivo y necesario que estén claros que gobiernan un pueblo diverso que existe dentro de Cuba y en la diáspora, que cada vez está mejor informado gracias al avance indetenible de la tecnología, que ese consumo inevitable de información genera deseos de emprendimiento económico, político, social y cultural en un marco de libertad, y que esos anhelos retenidos, en algún momento, se abrirán paso por ley natural. Participar de ellos y guiarlos hacia la libertad, la reconciliación y la paz es el mejor papel que puede jugar un gobernante.

Tendrán que decidir si continuar gobernando basados en el terror que implantan las fuerzas represivas del Ministerio del Interior, encabezadas por el Departamento de la Seguridad del Estado y demás órganos de presión y control social o gobernar con legitimidad por voluntad del pueblo.

Y por último, deben saber que existe un creciente número de cubanos que están dispuestos a acompañar a aquellos dirigentes que asuman el más grande reto que existe en Cuba en el actual siglo: devolver la soberanía al pueblo, o como lo describiese José Martí, crear una nación con todos y para el bien de todos.

Los cubanos debemos sentir mucho respeto por las lamentables víctimas de ambos lados del conflicto en que ha vivido la nación en las últimas seis décadas, pero no podemos definirnos por el pasado, ni dividirnos por creer que si uno u otro dirigente antiguo fue bueno o malo. Al final todos sentimos la necesidad del cambio, de mejorar el insoportable actual estado de cosas. Habrá puntos en los que nunca nos vamos a poner de acuerdo, hay ideas en las que nunca mi esposa y yo vamos a concordar, pero eso no significa que rompamos nuestro matrimonio, eso no significa que no podamos forjar una patria unida dentro de la pluralidad.

Como dije antes, solo el futuro dirá, pero a los escépticos les recuerdo los casos de Mijaíl Gorbachov y Boris Yeltsin en Rusia; de Adolfo Suárez y el Rey Juan Carlos I en España. A los que piden referencias más cercanas les recuerdo el caso de Lenín Moreno. Pero yo en lo particular prefiero confiar y alimentar la capacidad de los cubanos de resolver sus problemas, con el acompañamiento de gobiernos e instituciones democráticas del mundo. Mientras tanto, y pase lo que pase, debemos seguir trabajando en el empoderamiento del pueblo con el afán de que sea el principal protagonista de su destino.

Nota: Las opiniones expresadas artículo son de mi responsabilidad y no necesariamente coinciden con las de la Unión Patriótica de Cuba

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Carlos Amel Oliva Torres

Portavoz y miembro de la directiva de la Unión Patriótica de Cuba (UNPACU), líder de su Frente Juvenil. Reside en Santiago de Cuba

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