Los empleos que nadie quiere en Cuba

Los empleos que nadie quiere en Cuba

El régimen ha dado diferentes soluciones para cada caso en específico, aunque no se puede decir que todas hayan sido efectivas

Reclusas en Cuba. Foto Martí Noticias

LA HABANA, Cuba.- Existen una serie de actividades que a la dictadura castrista se le hace difícil encontrar quién las ejecute. Los maestros, por ejemplo, los choferes de ómnibus públicos, y el personal de limpieza en hospitales, funerarias y otros centros. En la capital del país, en particular, son los agentes del orden interior en sus distintas especialidades.

El régimen ha dado diferentes soluciones para cada caso en específico, aunque no se puede decir que todas hayan sido efectivas. Como se sabe, hoy maestro es cualquiera, por lo cual el futuro cada día se vislumbra peor, pues la ética que se aprende en la escuela se ha perdido. Ejemplos hay muchos, pero no es en particular la idea central de este trabajo.

Los guagüeros, como se le conoce popularmente a los choferes de ómnibus estatales, a esos a los que presionaron con los ingresos, dejaron de trabajar en un sector que es fundamental para la población. En menor cantidad fueron importados de algunas provincias del centro y el oriente del país, pero sigue siendo una asignatura pendiente porque no se cuenta con el número necesario de choferes, a pesar de la gran disminución que ha habido en los viajes de ómnibus y que ha sido reconocida de forma oficial por el régimen.

Por otro lado, las condiciones materiales pésimas o casi inexistentes –incluyendo el salario- de los que tienen a su cargo higienizar lugares difíciles, como los hospitales, las funerarias y las escuelas, entre otros, trajo como consecuencia que el gobierno utilice a las reclusas para ese trabajo.

Los policías son otro ejemplo. Muchos son de la región oriental que llegaron a desempeñar ese trabajo en La Habana, ya que desde hace mucho tiempo es muy difícil encontrar a un capitalino que quiera ingresar en la Policía Nacional Revolucionaria (PNR). Los chistes que sobre ellos cuenta la población son muchos. Solo hay que tener contacto con cualquier “controlador” del orden público para apreciar su bajo nivel educacional y la forma incorrecta en que hablan. También tienen fama de corruptos.

A inicios del mes de septiembre, el periódico Granma, Órgano Oficial del Partido Comunista de Cuba, publicó un artículo resaltando las maravillas con las que podrían contar los jóvenes si se convierten en educadores penales. Con anterioridad ya se había hecho una convocatoria para quienes quisieran ocupar estos cargos en las diferentes prisiones de la capital, invitando a los interesados a que se presentaran en las oficinas de la Dirección de Establecimientos Penitenciarios, ubicada en 15 y K en el Vedado, o en las oficinas de selección en sus provincias de residencia.

Al respecto, dos mujeres, oficiales del Ministerio del Interior, dan sus versiones acerca de cómo desarrollan este trabajo. Una de ellas, de 25 años y abogada, tuvo sus primeras experiencias como jefa de colectivo en un establecimiento penitenciario para féminas. Para ella, y cito textual, “es más difícil trabajar con mujeres que trabajar con los hombres”. Comparación que puede hacer pues en estos momentos está destinada al Combinado del Este.

En las dos ocasiones en las que yo he cumplido sanción en el establecimiento penitenciario conocido como “El Manto Negro”, a la oficial que se dedicaba a fomentar la “disciplina” y la “educación” se le llamaba reeducadora, y ninguna de las reeducadoras tenía vocación de maestra.

La primera vez que estuve en prisión recuerdo en particular oírlas llegar al destacamento –las rotaban constantemente- contestando a voz de grito a cada una de las internas que las llamaban. De sus bocas salían las malas palabras más grandes que cualquiera pueda imaginar. Y no era una solo reeducadora, lo que se apreciaba era un estilo de trabajo. En una ocasión una de ellas retó a pelear a una presa de nombre Julia, que estaba recluida por haber asesinado a su padrastro.

La mayoría de las reeducadoras provenían del oriente del país, y vivían en albergues colectivos donde pasaban mucho trabajo. Las internas les pintaban las uñas, les regalaban cigarros y otros “beneficios” que no son necesarios relatar.

Cuando tuve el infarto del miocardio, en mi segunda vez en prisión, me trasladaron al Hospital Militar Carlos J. Finlay, y todas mis pertenencias se quedaron en la celda en la que estaba recluida en un régimen solitario y de aislamiento. En numerosas ocasiones le dije al oficial de la Seguridad del Estado que tenía a cargo mi atención, que recogiera las cosas y se las diera a mi familia, cuando lo hizo, al cabo de dos meses, faltaban casi todos mis enseres de uso personal: toallas, sábanas, ropa de dormir, etc. De la celda solo tenía llave la reeducadora, además, el destacamento donde me encontraba, conocido por “La Droga”, tenía a mujeres de la ofensiva en 2003 contra este flagelo, a las que no les permitían salir de su celda.

Vivencias como la mía hay muchas, pues la condición que deben tener todos aquellos que desempeñes esos cargos al parecer el solo virtual. “Los egresados de cualquiera de los cursos deben contribuir a garantizar el cumplimiento de la sanción penal impuesta por los tribunales, al orden y disciplina de la población penal, asegurar el régimen penitenciario, los derechos y deberes de los privados de libertad. Deben también brindar un tratamiento educativo para lograr el mejoramiento humano y la reinserción social de estas personas”.

No hay dudas de que trabajar con personas que han cometido un crimen es muy difícil, pero para ello hay que tener vocación, no se pueden sacar de la nada oficiales para que se dediquen a esto, porque traerá como resultado esas pequeñas experiencias que relato y mucho más. Los presos en Cuba no tienen derechos y mucho menos un tratamiento educativo, porque a la dictadura no le interesa ni siquiera adoctrinarlos, solo los usa cuando los necesita.

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