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Los cubanos: un pueblo sin presente

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MIAMI, Estados Unidos. – Con todo y la dictadura de Batista, se dice que aquella fue una época de auge económico y cultural. Y aunque hay quienes lo cuestionan, lo importante para mí en este artículo de opinión es llamar la atención sobre un punto clave: ¿vivió el cubano en tiempo real o no? ¿Estaba ese cubano abierto al mundo y en contacto con este? La respuesta parece ser más bien positiva. Parte del drama del cubano de hoy es que no tiene presente. Se alista, lleno de ilusiones por un mundo real, para salir definitivamente de una Isla que habita en el pasado. Pero tanto ha demorado el cubano en realizar su sueño que tal parece que va de regreso al futuro, según aquella conocida expresión de Lacan.

No hay cosa más letal para la destrucción de la psiquis del individuo dentro de un sistema totalitario que esa sensación de estar viviendo al margen del resto del mundo, sumergido en la propaganda como sustituta de la realidad. Uno siente que el mundo se le va, que su vida se consume dentro de una suerte de cueva de cuya existencia nadie tiene conocimiento. Es algo similar a estar muerto. Las generaciones presentes de cubanos podrían decir que el acceso a internet les ha facilitado las cosas respecto a aquellos que nos consumimos como velas sin teléfonos celulares siquiera, sin poder viajar al extranjero, sin acceso a los medios que no fueran los del propio gobierno comunista. Y algo de razón hay en ello, pero justo en este punto comienza ese regreso al futuro.

El cubano que finalmente abandona la Isla, en las condiciones del mundo contemporáneo, tendrá que bregar entre otras cosas con el monopolio de la información por parte de los grandes medios que, al final, responden a los intereses de una agenda. Eso el cubano lo conoce de sobra. Pero ello es mera apariencia, similitudes externas demasiado superficiales para ser tenidas en cuenta. Al fin y al cabo quien escapó ha llegado al mundo real, ha llegado a la democracia. Y claramente no olvida de dónde viene o, más bien, de dónde huye.

El cubano escapa de un pasado que ha secuestrado el presente de su nación, escapa del comunismo. De aquello que se orquestó pensando en todos (menos en el individuo real) y terminó siendo el instrumento de control de la minoría que movía las clavijas. Sí, el cubano escapa de aquello que le prometió eliminar la pobreza, borrar las diferencias entre el campo y la ciudad. Aquello que le prometió la industrialización y la electrificación del país con planes quinquenales, además de salud, trabajo y educación para todos (incluso “gratis”). Aquello que le prometió libertad, paz, erradicación del hambre, la miseria y el analfabetismo al tiempo que los hacía a todos iguales, con iguales derechos en un despliegue de “inclusivismo” jamás visto. Aquello que le prometió reducir (cuando no erradicar) la mortalidad infantil y la discriminación por género y color de la piel. Aquello que a condición de poder internacionalizarse, extendiéndose así más allá de las fronteras nacionales, prometía también el desarrollo económico y el bienestar al punto de alcanzar la felicidad plena y la satisfacción de las necesidades humanas sin propiedad privada y sin dinero. De todo ese pasado que a la manera de niebla onírica se extiende sobre el presente haciendo perder el contacto con la realidad escapa el cubano en busca de un futuro liberador.

¿Y a dónde llega? A un mundo abierto, sin fronteras apenas, en el que todos estamos conectados. Sí, conectados a redes globales mediáticas donde la verdad ya no importa, sino que agoniza o quizás incluso hasta haya encontrado su muerte postmoderna.

Llega el cubano a un futuro inmediato planificado por la ONU en el que se augura el fin de la pobreza y el hambre (para todos). Se promete la salud y el bienestar asegurado (para todos), la educación inclusiva y equitativa, el acceso al agua, la energía y la salubridad (también para todos), el crecimiento económico y el empleo decente (para todos), la industrialización global. 

Pero también se promete reducir la desigualdad no ya entre los individuos, sino entre naciones enteras. Se habla y se trabaja en el alcance de un futuro inmediato con ciudades y asentamientos humanos inclusivos, seguros y sustentables en los que el medio ambiente será una prioridad y habrá justicia (para todos). Por último, lo que viene a ser el punto 17 de la agenda de la ONU para el año 2030, indica que se trabaja en el fortalecimiento de asociaciones globales o mundiales que, obviamente, garanticen la implementación e internacionalización de dicha agenda. Su propósito declarado es transformar, cambiar el mundo.

Algo que le suena y resuena a cualquier cubano nacido y educado en la Isla bajo aquella aquella doctrina de cuyo nombre no quiero acordarme. Detrás de este plan al que le quedan unos ocho años para su implementación está el Foro Económico Mundial. He aquí los pilares de dicho foro, también conocido como Foro de Davos, que apuntan a la suplantación del individuo real por un amasijo de datos:

  1. El control del individuo a través de una identificación digital.
  2. La eliminación de la propiedad y del dinero (al menos en efectivo) y la sustitución de este último por una moneda digital, que sería mucho más rastreable.
  3. El crédito social (se trata de una suerte de puntaje ideológico, como ya se estableció en China, que permite el control total del individuo, privándolo de o favoreciéndolo según se comporte “correctamente”).

Atrapado entre el pasado comunista y el futuro globalista el cubano se ha quedado sin presente en un desconcertante regreso al futuro. Cabe recordar a Hegel aquí cuando decía que el prófugo todavía no era libre, puesto que su escape estaba condicionado por aquello de lo cual huía. El “no tendrás nada y serás feliz” del Foro de Davos significa también que otros, es decir, esa minoría que mueve las clavijas, te tendrá a ti.

ARTÍCULO DE OPINIÓN
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