Categorías: Opinión
| Publicado:
jueves, 26 de mayo, 2022 3:00 am

De disparates está lleno el camino al infierno

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LA HABANA, Cuba.- Cuando era yo un niño, y también después, mi abuela solía decirme que yo era su corazón de melón y me besaba en la frente; aunque no entendía muy bien la “metáfora”, le respondía cada vez con una sonrisa agradecida y con un beso. Quizá me seducía la idea de tener un corazón grande y verde; entonces yo no era capaz de suponer las verdaderas dimensiones del corazón, y mucho menos que de tener uno con tales dimensiones haría que los médicos me miraran con cierta conmiseración, con mucha lástima, como se mira a los niños enfermos.

Luego, y con unos años más, entendí que aquello era una ternura de mí abuela, casi un piropo, pero también supe que alguien que tuviera un corazón con tales dimensiones no podría sobrevivir. Entonces no entendía que el “corazón de melón” era un signo de amor, una especie de contraseña para que yo entendiera que no podría vivir sin mí, y también la idea de un corazón dulce y amoroso, de un rojo vivísimo y lleno de semillas. El corazón de melón era una especie de contraseña.

Sin dudas hay buenos corazones en el mundo, pero también hay otros que resultan maliciosos, y son muchos, tantos que podrían repletar el camino hacia el infierno. Y uno de esos corazoncitos desesperados, desesperantes, podría ser el de Lis Cuesta, la esposa de Miguel Díaz-Canel, quien cada día se conduce peor. Resulta que ahora la Cuesta quiere hacernos creer que ella también sufre los apagones, que se le descongela el refrigerador y se le echa a perder el “revijío” muslito de pollo que vino a la carnicería. 

Lis, esa “esposa” que han hecho tan visible, nos quiere hacer creer en uno de sus tantos tuits que tiene el corazón en modo estropajo por los agobiantes apagones, y que hasta se fue después, sin que hubiera podido pegar los ojos por el calor, al “Meteoro”, y de ahí siguió pa’ la clausura del Cubadisco. Y después… 

Captura de pantalla

Y a mí me parece muy desfachatado que intente hacernos creer que se fue pa’ la calle sin pegar un ojo, con la mirada marchita, y aunque no lo diga, quizá también nos quiere sugerir que no tenía en su despensa ni un poquito de café, y que después de lavarse la boca con el rastrojito de pasta Perla que le quedaba se fue a coger una guagua, porque no tenía ni un peso pa’l almendrón.

Ayer me decía un amigo que le parecía ridículo pensar que alguien le exija a un presidente, aunque no sea elegido, que sufra los mismos apagones que el pueblo, y que sude y sude; pero es ridículo y es “una muestra obscena de cinismo y burla” que nos crea tan crédulos, tan imbéciles. Y también me hacían notar, que sería mucho mejor que Lis Cuesta se acogiera sin remilgos al título de primera dama y no trabajara tanto en su trabajo… 

Sin dudas no hay una forma lógica para enfrentar esos desatinos que no sea con las burlas más enfáticas, las más rimbombantes y descarnadas. Lis Cuesta, y hasta su marido, se han ganado cada una de las burlas que se les dedican. Y ella, más que él, nos hace pensar en un desorden en sus procesos mentales. Ella debía saber que esos comentarios delirantes, utilitaristas, no consiguen lo que antes pareciera proponerse. Fidel Castro nos producía pavor, mientras que Lis y su marido lo único que nos producen es “vergüenza ajena”. 

El utilitarismo casi siempre hace daño a la ética, y la utilidad privada no es lo mismo que la utilidad pública. El utilitarismo es, casi siempre, hedonista, y ellos debían saberlo. Creer que les vamos a creer es presuntuoso, y alguien debe ponerles coto; alguien debería sugerirle a Lis Cuesta que leyera dos veces lo que escribió antes de colgarlo en las redes sociales.. Sus disparates provocan risa, pero luego indignación. Yo no he conseguido imaginarla en medio de un apagón “entripada en sudor”, justo antes, por ejemplo, de asistir a una ceremonia oficial. 

No creo que alguien suponga que el altísimo poder tenga apagones, que sude y sude en medio del calor y la oscuridad. A ellos no se les acaba jamás el agua, y conocen muy bien las bondades de la claridad, la fuerza de la luz. Lis no tiene que montarse a un P12 en horario pico, en ningún horario. Esta mujer debería ser algo más comedida. Ella no debería decir esa ridiculez de que se le “estruja el corazón”, que se le vuelve un estropajo. 

Y yo estuve imaginándola en algún quirófano recibiendo un estropajo pa’ ponérselo en el medio del pecho, sobre todo si sabemos que en el lejano 1967 se realizó en Sudáfrica el primer trasplante de corazón. Lis, ten piedad, ten cordura. Y afloja, mujer, afloja…, y trata de que te hagan un trasplante, que te reemplacen ese corazón de estropajo, y de paso que te conviertan en una señora más comedida y menos delirante.

ARTÍCULO DE OPINIÓN
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Jorge Ángel Pérez

(Cuba) Nacido en 1963, es autor del libro de cuentos Lapsus calami (Premio David); la novela El paseante cándido, galardonada con el premio Cirilo Villaverde y el Grinzane Cavour de Italia; la novela Fumando espero, que dividió en polémico veredicto al jurado del Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos 2005, resultando la primera finalista; En una estrofa de agua, distinguido con el Premio Iberoamericano de Cuento Julio Cortázar en 2008; y En La Habana no son tan elegantes, ganadora del Premio Alejo Carpentier de Cuento 2009 y el Premio Anual de la Crítica Literaria. Ha sido jurado en importantes premios nacionales e internacionales, entre ellos, el Casa de Las Américas

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