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| Publicado:
lunes, 23 de mayo, 2022 2:44 pm

Libre visado a Nicaragua tiene los días contados

Daniel Ortega debe estar a la espera de que, desde La Habana, le digan “basta” para cerrar sus fronteras a los cubanos a cal y canto.
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LA HABANA, Cuba. – El 22 de noviembre de 2021 la Dirección General de Migración y Extranjería de Nicaragua estableció el libre visado para los cubanos aludiendo al supuesto interés de promover el “intercambio comercial, el turismo y las relaciones familiares humanitarias”. Sin embargo, hasta el más tonto entendió de qué iba tal jugada en verdad, y así en el mapa migratorio de la Isla cambiaron las rutas haciéndose mucho más cortas y, por tanto, más concurridas. 

Así también comenzó el ascenso de esta nueva oleada de migrantes hacia los Estados Unidos ―la mayor desde la década de los 80― y a pesar de que se hizo escandalosamente claro que nadie viajaba desde Cuba al país centroamericano como turista, no hubo ningún tipo de gestión diplomática por parte del régimen para frenar el éxodo. Por el contrario, se negociaron acuerdos con aerolíneas sobre todo de gobiernos aliados, como Venezuela, para que incorporaran la ruta Habana-Managua con el fin de incrementar el número de viajeros cuyo verdadero destino sería la orilla norte del Río Bravo, en una jugada política de presión en la cual los comunistas son grandes expertos.

Los resultados positivos a favor del Gobierno cubano están a punto de cosecharse. Si el presidente Biden mantiene su palabra, en breve se eliminarán algunas medidas tomadas por su antecesor que estaban dejando sin oxígeno a un sistema que no dependerá ciento por ciento de las remesas que provienen de sus emigrados ―al menos eso dicen públicamente―, pero sí de las relaciones de dependencia financiera y emocional (lo más parecido a un chantaje) que se establecen entre los que se marchan y los que se quedan.

De cierto modo la solución “encontrada” por el régimen cubano fue la de activar la única válvula de escape con que cuenta cuando se ve perdido, tan socorrida durante más de medio siglo que pudiéramos imaginar los éxodos masivos como el resultado de apretar una especie de botón rojo bajo el escritorio del dictador de turno.

A diferencia de otras épocas en que el “chantaje diplomático” apenas consistía en quedarse de brazos cruzados mientras los desesperados se echaban al mar por miles, en esta ocasión en que la pasividad podía ser asumida por los Estados Unidos como un ataque, no les quedó otro remedio que disfrazar la estampida bajo la apariencia de un acuerdo de libre visado teniendo como “pala” a un “incondicional” como Daniel Ortega que ahora estaría a la espera de que, desde La Habana, le digan “basta” para cerrar sus fronteras a cal y canto. Y eso pudiera suceder en breve.

Porque de cierto modo los propósitos han sido alcanzados no solo porque Biden ha negociado con lo de las remesas, a cambio de que el régimen ponga la máquina migratoria en reversa, sino porque ya Andrés Manuel López Obrador estuvo por acá conversando de tú a tú sobre esa mar de cubanos que tiene atascada en la orilla sur del río Bravo y que, al parecer, pudiera comenzar a disminuir no solo porque Nicaragua restablezca pronto el sistema de visados ―los cubanos siempre encontraremos otra vía para continuar rumbo al Norte― sino porque el régimen de inmediato deberá honrar un acuerdo donde México, a cambio, se compromete a alquilar medio millar de médicos. Un negociazo difícil de rechazar ahora que el zapato les ha vuelto a sacar ampollas. 

Tampoco es el propósito del Gobierno cubano ―y para nada le conviene―  que, una vez restablecidas las remesas (y de cierto modo, simbólico, abiertas las puertas de la OFAC a otras inversiones aún mayores que la de John Kavulich), la estampida migratoria continúe en los niveles actuales. 

Primero, porque el régimen precisa de cortar ya la gran fuga de divisas, de trabajadores profesionales y de mano de obra en general que sin dudas provoca un éxodo de tal magnitud; y segundo, porque, en virtud de lo anterior, no se arriesgará a que una dotación de médicos exportados como mercancía se le transforme, al instante en que pise suelo azteca, en otra bochornosa fuga masiva. 

Pero a la vez que, por el motivo que sea, se desata un demonio como solución, ni siquiera quien conoce del conjuro para invocarlo podrá controlarlo fácilmente. Y el éxodo masivo como abracadabra recurrente para los problemas no solo es un demonio de los más aterradores, contraproducentes e indomables, sino que, infunde miedos y traumas permanentes en los pueblos que lo sufren.

Aun así, el régimen ha comenzado a activar todos los mecanismos de cierre tal como ha prometido intentarlo, a cambio de las bocanadas de aire fresco que necesitaba, y según pasen los días veremos los resultados de esos “acuerdos”, aunque de a poquitos, no de modo brusco, y no solo por lo difícil que es apaciguar a la bestia desatada, sino también porque se trata de enviar señales positivas, como de sondeo, hasta comprobar que ambas partes cumplen sus promesas, a la vez de no hacer demasiado evidente algo tan cruel como que el éxodo tuvo muy poco, casi nada, de espontáneo o de inevitable, sino que apenas fue la clásica estrategia de presión, el viejo y descolorido As bajo la manga.

ARTÍCULO DE OPINIÓN
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Ernesto Pérez Chang

(El Cerro, La Habana, 15 de junio de 1971). Escritor. Licenciado en Filología por la Universidad de La Habana. Cursó estudios de Lengua y Cultura Gallegas en la Universidad de Santiago de Compostela. Ha publicado las novelas: Tus ojos frente a la nada están (2006) y Alicia bajo su propia sombra (2012). Es autor, además, de los libros de relatos: Últimas fotos de mamá desnuda (2000); Los fantasmas de Sade (2002); Historias de seda (2003); Variaciones para ágrafos (2007), El arte de morir a solas (2011) y Cien cuentos letales (2014). Su obra narrativa ha sido reconocida con los premios: David de Cuento, de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), en 1999; Premio de Cuento de La Gaceta de Cuba, en dos ocasiones, 1998 y 2008; Premio Iberoamericano de Cuento Julio Cortázar, en su primera convocatoria en 2002; Premio Nacional de la Crítica, en 2007; Premio Alejo Carpentier de Cuento 2011, entre otros. Ha trabajado como editor para numerosas instituciones culturales cubanas como la Casa de las Américas (1997-2008), Editorial Arte y Literatura, el Centro de Investigaciones y Desarrollo de la Música Cubana. Fue Jefe de Redacción de la revista Unión (2008-2011).

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