La inútil insistencia de la Seguridad del Estado

La inútil insistencia de la Seguridad del Estado

Tengo derecho a expresarme sin previos condicionamientos y a no comulgar con la ideología vigente. Eso no me convierte en un apátrida

Seguridad del Estado Jorge Olivera
La Seguridad del Estado insiste en amenazar al luchador prodemocrático. En la foto Jorge Olivera junto a su esposa Nancy (archivo)

LA HABANA, Cuba.- No sé qué estarán tramando los “segurosos”. A menudo me dejan saber, a través de terceros, bien en el transcurso de algún interrogatorio, una intempestiva visita u otras de sus sucias maniobras, que están pendientes de todo, o casi todo lo que hago, bien a través de sus escuadras de chivatos o por vía telefónica.

Denigran, siembran dudas, amenazan, en fin, hacen lo que he estado soportando durante las casi tres décadas de activismo prodemocrático.

Solo que hasta ahora es valiéndose de otras personas, y no solamente de colegas de la oposición y la sociedad civil independiente.

Desde que regresamos mi esposa y yo desde Estados Unidos, el 30 de julio de 2018, tras casi 24 meses entre las prestigiosas universidades de Harvard y Brown, no he podido conocer al “compañero que me atiende”. Es posible que sean varios, pero no puedo describir el rostro de ninguno. Se mantienen en la sombra por razones que desconozco y que no me interesa averiguar. Mi tiempo jamás lo gastaría en esos menesteres.

Cada recado maledicente o amenazador cae en saco roto. He pasado por todos los círculos del infierno y no me preocupa volver a cualquiera de ellos, si lo deciden “desde arriba”.

La doble moral no va conmigo y el miedo, hace mucho, que lo domestiqué. Me basta con saber que soy un hombre pacífico y comprometido con mejorar el país donde nací y donde voy a morir, sabrá Dios de qué manera. Conozco la naturaleza criminal de los opresores. Han asesinado abierta y veladamente y lo van a continuar haciendo hasta nadie sabe cuándo.

Puede ser que muy pronto tenga que contar alguna incidencia represiva que rompa el modus operandi de la intimidación a distancia y los intentos de descrédito que relatan los amigos y conocidos interrogados. Nada de eso me quita el sueño.

Quiero dejar claro que ni la posibilidad de volver a los predios de una de las prisiones, desperdigadas por todo el territorio nacional, me va a obligar al silencio.

Tengo derecho a expresarme sin previos condicionamientos y a no comulgar con la ideología vigente. Eso no me convierte en un apátrida o en cualquiera de esos calificativos que el gobierno usa para aplastar la dignidad de quienes se salen del redil.

Callarse ante una debacle, cuyos efectos devastadores en el ámbito social, cultural, político y económico incidirán en un futuro, con todas las credenciales para considerarlo incierto, es una condición inaceptable.

Respeto las decisiones personales. No es fácil enfrentar los totalitarismos con su vasto arsenal coercitivo, pero, ¿qué sentido tiene vivir como esclavos, aplaudiendo las desgracias y las promesas de una mejor existencia que los funcionarios del Estado proclaman hasta el cansancio, año tras año, sin rastro de cumplimiento?

Definitivamente, no puedo fingir mi disgusto con este escenario enajenante, donde los valores éticos y morales se han perdido entre los trajines de una supervivencia interminable, marcada por el hurto en los centros de trabajo como medio para subsistir, el enriquecimiento ilícito de los dirigentes, la labor de la prensa oficial convertida en un instrumento de propaganda del partido único y, por otro lado, las aberraciones jurídicas, la violencia policial y los encarcelamientos injustos frente a una mayoría temerosa y acomodada a las circunstancias por eso que llaman instinto de conservación.

A principios de los 90 del siglo XX, me aparté del rebaño. He sufrido mucho. Estoy en riesgo permanente de recibir los ataques de adversarios sin escrúpulos.

Pese a todo, me place saber que soy un hombre libre, incluso detrás de las rejas, si es que me toca enfrentar la misma experiencia vivida durante el tiempo que estuve encarcelado, por escribir sin pedirle permiso a nadie, como parte del Grupo de los 75.

No es exceso de valor, ni nada parecido. Es que andar con la barbilla sobre el pecho y de rodillas, me resultaba muy incómodo.

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