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Domingo, 22 de octubre 2017

La inocencia de los culpables

¿Quiénes son los verdaderos saqueadores en Cuba?

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Saqueo de una cafetería en Cuba durante una inundación (eltoque.com)

LA HABANA, Cuba.- Los desastres no siempre son una completa maldición. Aquello de “a río revuelto, ganancia de pescadores” se torna una realidad incuestionable en el contexto cubano.

Se reflejó en los rostros joviales de quienes, a pesar de arriesgar sus vidas, saqueaban los comercios y casas inundadas por las aguas del mar o derribadas por el viento.

Fueron esos los únicos que el Gobierno llamó “bandidos” y para los cuales la Fiscalía reclamó sanciones severas solo porque son la parte más visible y “fea” de una pirámide social tal vez a punto de colapsar, a pesar del triunfalismo que comunica la prensa oficialista como tarea “partidista” de primer orden.

Pero, bajo el amparo de los juicios ejemplarizantes a los saqueadores, es decir, ocultos en la desdicha de estos “delincuentes”, se resguardan aquellos otros que solo son inocentes porque ocupan un lugar más alto en la misma pirámide de nuestro caos social, político y económico.

La mayoría no han sufrido la tragedia de aparecer en esas imágenes delatoras, en principio divulgadas en las redes sociales y la prensa extranjera y más tarde usadas por el aparato policial cubano para darles caza.

No aparecen tan solo porque, al estar en carrera hacia la cúspide y no vivir encadenados a la base, no tienen la necesidad de esperar por que las aguas agitadas rompan puertas y ventanas para saquear un almacén.

La imprudencia de aquellos “ladrones” juzgados y sentenciados no es más que la miseria que no padecen estos otros, cuya libertad, decoro e inocencia se componen, casi el ciento por ciento, de la sanción, la “culpabilidad” y la “indecencia” de esos “cubanos malos” que están obligados a poner la vida en peligro para obtener o disfrutar de lo que no pueden con la precariedad de los salarios estatales.

Son culpables solo por ser pobres y tontos mientras aquellos son inocentes gracias a la posibilidad de haber crecido cual “chicos listos” y comprender cómo funciona esta compleja y vieja maquinaria que algunos nombraron “revolución” y que hoy los gobernantes llaman “construcción del socialismo”.

En Cuba sobran los que, desde lo más alto, esperan por la violencia de un huracán ya sea para justificar fracasos políticos, malas gestiones económicas,  acciones corruptas interpretadas como “desvíos de recursos” o ya para disimular la censura de una Bienal de Arte que la valentía de algunos artistas han convertido en la pesadilla de la ortodoxia comunista.

Sabemos que frente al azote de un ciclón muchos rezan no solo para salir con vida y preservar el techo familiar pero también están los que anhelan que el caos y el descontrol circunstanciales propicien y justifiquen ese otro desbarajuste que pareciera no tener solución.

Lo que han hecho aquellos “bandidos” que hemos visto en las fotos y en los videos es saquear sobre lo saqueado, es ofrecerse de modo ingenuo como el rostro y la mano visible de un asalto que, silencioso, comenzó mucho antes y que aún continúa.

Los ejemplos sobran por estos días de “ayuda a los damnificados” y de iniciativas para lograr la “recuperación” en el menor tiempo posible.

Se le ha dado luz verde al desfalco en las empresas y se sabe que muchos de los recursos terminarán donde todo cubano sabe que puede encontrarlos siempre que actúe con la discreción que demandan las circunstancias.

Almacenes estatales cuyos inventarios deberán comenzar de cero porque las aguas borraron cualquier indicio de malversación. Solicitudes de ayuda y asignaciones especiales de recursos que ocultarán gigantescos fraudes. “Agilización” de trámites aduanales a los donativos internacionales que propiciarán una presencia casi inmediata en el mercado negro. Levantamiento de algunas de las restricciones en el uso del combustible y piezas de recambio en las empresas debido a que una buena parte de los vehículos son usados en las labores de recuperación.

Un entorno y unas circunstancias más que favorables para todo aquel que, ya sea cubano o extranjero de paso por Cuba, sabe cómo hacer para transformar la desgracia o lo aparentemente desfavorable en garantía de provecho personal.

En un país donde se le cobra al desamparado aquello que debería dársele gratuitamente o donde se lo encadena a una deuda bancaria que de inmediato se transformará en la continuidad forzosa de una deuda ideológica y política, pocos esperarán actitudes compasivas, mientras la vergüenza es lo primero con que arrasan los vendavales.

A la carrera supersónica por comenzar sin contratiempos la temporada alta del turismo, para lo cual habría que destinar cientos de millones de dólares en volúmenes de recursos materiales difíciles de controlar por la situación de emergencia, se une la otra por intentar demostrar que el Gobierno cubano es mucho más eficiente y capaz que cualquier otro en una situación similar.

La catástrofe de Puerto Rico ha venido como anillo al dedo para un discurso oficialista que necesita de ese tipo de situaciones paralelas que comuniquen el clásico mensaje de “nosotros estamos mal, pero aquellos están peor, de modo que debemos dar gracias, no a Dios, sino al Partido Comunista”.

Mientras tanto, en la cárcel solo están aquellos que las cámaras captaron en el lugar y el momento equivocados. El delito de ellos no fue “saquear” o, mejor dicho, tomar lo que ya le pertenecía a las aguas y los vientos o lo que los “chicos listos” ofrecieron a la “casualidad”.

El delito que cometieron ha sido el peor de todos en un país donde la ingenuidad puede costarnos la vida y donde el Gobierno puede admitir que robes pero no que lo hagas de un modo tan feo.

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Acerca del Autor

Ernesto Pérez Chang
Ernesto Pérez Chang

Ernesto Pérez Chang (El Cerro, La Habana, 15 de junio de 1971). Escritor. Licenciado en Filología por la Universidad de La Habana. Cursó estudios de Lengua y Cultura Gallegas en la Universidad de Santiago de Compostela. Ha publicado las novelas: Tus ojos frente a la nada están (2006) y Alicia bajo su propia sombra (2012). Es autor, además, de los libros de relatos: Últimas fotos de mamá desnuda (2000); Los fantasmas de Sade (2002); Historias de seda (2003); Variaciones para ágrafos (2007), El arte de morir a solas (2011) y Cien cuentos letales (2014). Su obra narrativa ha sido reconocida con los premios: David de Cuento, de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), en 1999; Premio de Cuento de La Gaceta de Cuba, en dos ocasiones, 1998 y 2008; Premio Iberoamericano de Cuento Julio Cortázar, en su primera convocatoria en 2002; Premio Nacional de la Crítica, en 2007; Premio Alejo Carpentier de Cuento 2011, entre otros. Ha trabajado como editor para numerosas instituciones culturales cubanas como la Casa de las Américas (1997-2008), Editorial Arte y Literatura, el Centro de Investigaciones y Desarrollo de la Música Cubana. Fue Jefe de Redacción de la revista Unión (2008-2011).

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