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La inflación no entiende de berrinches

Cuba, Inflación, Economía

LA HABANA, Cuba. — Como si no tuvieran suficientes y más imperiosos motivos de disgusto, algunos cubanos han decidido “plantarse” en contra de quienes se dedican a la compraventa de divisas. El dólar ha acelerado su marcha ascendente y en una semana su cotización saltó de 85 a 90 pesos moneda nacional, ese papelito inservible que el pueblo manso mira y estruja entre sus dedos con una desesperación cada vez mayor.

Los dueños de negocios, los revendedores, las mulas o los becarios que tratan de adquirir algunos dólares para completar los modestos viáticos que les asignan, se han sentido el latigazo en lo más hondo, porque saben que la abrupta subida no es más que el preámbulo de lo que vendrá.

Cuando el régimen anunció a mediados de 2021 que no aceptaría depósitos en efectivo en la moneda del tío Sam, muchos predijeron una caída estrepitosa de la tasa cambiaria en el mercado negro. “El dólar se va a desplomar”, decían, y la gente con poca chispa vendió buena cantidad de billetes verdes a 55 pesos, que fue el límite de la tan anunciada “caída”. Por aquel entonces cada dólar se cotizaba entre 57 y 60 pesos, así que la gran devaluación esperada jamás se produjo; fue apenas un resbalón para incorporarse casi enseguida con una puja sostenida en sesenta pesos por dólar y subiendo.

Mientras los despistados cambiaban dólares por euros a precios de usura, los prudentes sacaron a Benjamin Franklin del país mediante el canje de efectivo en la Isla por depósitos electrónicos en Estados Unidos, con un margen de ganancia de hasta el 40%; o lo guardaron en un lugar seguro a la espera de tiempos más favorables, que no tardaron en llegar. La apertura de fronteras dio luz verde a la migración, mientras que el libre visado ofrecido por Nicaragua incidió en el aumento de la demanda de dólares, ya fuera para los viajes comerciales o para emprender la ruta migratoria desde el país centroamericano.

Quienes solían comprar dólares para acaparar y revender mercancías procedentes de las tiendas MLC, han visto su negocio seriamente dañado. Adquirir divisas se hace más caro cada día, sobornar a los trabajadores del banco para que burlen la prohibición del régimen también lo es, y los productos que comercializa la red MLC ya son casi impagables; de modo que para recuperar la inversión hay que alterar los precios muy por encima de los pocos bolsillos holgados que quedan entre el común de los insulares.

Todos los cubanos, de Siboney para abajo, están jodidos y no tienen idea de cuánto. El llamado a “plantarse” contra el negocio de la compraventa de divisas, que funciona sobre la base de oferta y demanda, es absurdo. No se les ocurre plantarse contra la dictadura que les vende los productos de primera necesidad en dólares, luego prohíbe el dólar y afirma que el euro tiene la llave, pero no vende euros ni dólares, ni otra divisa en las casas de cambio estatales, obligando a la gente a acudir al mercado informal que es, en resumidas cuentas, el que marca la pauta de la agonizante y disparatada economía antillana.

Basta con acercarse a cualquier tienda en MLC para notar que las larguísimas filas de antaño han desaparecido. No importa si hay cerveza, cigarros, pasta de tomate, queso, papel sanitario, helados y demás productos que un mes atrás los revendedores acopiaban en función de una demanda imposible de satisfacer en la red de tiendas en CUP. Tampoco da negocio comprar la chatarra que el régimen hace pasar por electrodomésticos, y la reventa de materiales de construcción solo es provechosa si los lotes son adquiridos por clientes específicos, que pagan al contado y garantizan que la operación sea tan lucrativa como expedita.

Para los pobres, que a diario crecen en número, solo queda el martirio de las tiendas en moneda nacional, donde hacen fila las 24 horas para comprar lo mismo de siempre, cada vez más caro. Lo que antes no duraba dos horas en los anaqueles de los comercios en MLC, ahora permanece durante días y pronto se convertirá en merma, porque la debacle inflacionaria no parece tener solución a corto o mediano plazo, ni aunque el régimen aplique la estrategia de subir la tasa de cambio oficial y empiece a vender divisas en las CADECAS.

Con la economía paralizada, la dictadura necesita demasiado de moneda fuerte como para canjearla, al precio que sea. Sabe que buena parte de las divisas que venda no volverán a circular dentro del país, y que son muchos los cubanos que sacan su capital hacia el extranjero para labrarse un futuro digno fuera de este barracón. Cada individuo que anuncia la venta de su casa con todos sus bienes dentro y exige el pago en dólares, preferiblemente fuera de la Isla, solo tiene un objetivo: emigrar. Todo el que ha acumulado grandes sumas en moneda nacional las invierte en comprar divisas, pues a pesar de los berrinches el dólar y el euro se irán por encima de los 100 pesos en los próximos meses.

No hay que ser economista para prever la hiperinflación que se avecina, pero ni el más infalible de los oráculos puede vaticinar cómo reaccionará el pueblo cubano ante una etapa superior de miseria que se halla, como quien dice, a la vuelta de la esquina, y de la cual no hay escapatoria.

ARTÍCULO DE OPINIÓN
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