La corrupción comunista

¿Quién le produce más daño a un país: un grupo de mujeres portando gladiolos o un montón de funcionarios corruptos?

MIAMI, Florida, agosto, 173.203.82.38 -¿Existe alguna  peculiaridad en la corrupción  de los regímenes comunistas? ¿Cuál es la diferencia entre la descomposición moral en un gobierno democrático y la que impera en un sistema comunista? ¿Qué papel desempeñó  la corrupción en la desintegración del  llamado campo socialista?

Los gobiernos comunistas poseen una distintiva  interpretación de la moralidad, de los valores cívicos y éticos. El ciudadano debe observar un comportamiento “militante”, una integración total y su incondicional respaldo.  La más mínima señal de disidencia  es interpretada como una acción antisocial y la oposición política comporta  el más severo de los castigos, incluso la muerte.  La hoja de servicios al régimen es el único aval, la puerta a través de la cual se accede a encumbradas posiciones:   el  individuo  tiene la obligación de satisfacer su infinita deuda con el Estado, incluso la de su propio talento.

Bajo esas circunstancias, al ciudadano se le presenta  un  terrible dilema: la subordinación o el ejercicio de  la duplicidad moral.  La duplicidad moral envuelve a quien la ejerce  en una  atmósfera  donde  impera el instinto de  supervivencia, la  conquista de un objetivo sin meditar sobre sus consecuencias y  lanzar a un lado los escrúpulos  bajo el irracional dogma  “el fin justifica los medios”.

¿Se puede hablar, entonces, de una “moral comunista”?  La historia de finales del siglo XX y principios del XXI  se ha encargado de  confirmar  que la corrupción, unida a otros factores de naturaleza política, económica y social,  jugó  un destacado protagonismo en el colapso del comunismo a escala global.

Los regímenes comunistas, a fin de asentarse en el poder, erigieron la corrupción como una forma de gobierno. Desde la toma del Palacio de Invierno por los bolcheviques rusos en 1917  hasta el derribo del Muro de Berlín por los demócratas alemanes en 1989  la historia de esos  regímenes tiene como elemento primordial  la corrupción.

Aquella fatídica muralla  se derrumbó   cuando los pueblos de  Europa del Este, sometidos durante décadas al comunismo, tomaron conciencia de los horrores de aquel sistema y dejaron de creer que el  marxismo leninismo se trataba de un acontecimiento irreversible de la historia.

Seria evidentemente absurdo creer que un régimen capaz de controlar el mas mínimo movimiento de los ciudadanos, que se jacta de poseer  un  estupendo  aparato de vigilancia y espionaje, que según sus apologistas ha sido capaz de penetrar  las más altas esferas de los servicios de inteligencia de Estados Unidos,  no  esté al tanto del desempeño  de  sus  ministros, viceministros y demás burócratas.

Para la contrainteligencia castrista constituye una obsesión escudriñar  en lo más intimo de los individuos. Instalar micrófonos, cámaras ocultas e incluso construir un sofisticado  sistema para conservar  olores en una base de datos  es una práctica habitual de los represores del pueblo cubano.

La dictadura cubana ha enfilado su  macabro arsenal  represivo y propagandístico contra los defensores de los derechos humanos y los demócratas de la resistencia interna y ha desatado contra ellos una brutal campaña de descredito que nada tiene que ver con la publicitada “batalla de ideas”.

La gran contradicción de la dictadura cubana es su vocación  de inquisidor del pensamiento social  y su incapacidad de poner orden dentro de sus filas. Las Damas de Blanco son atropelladas por las turbas mientras la burocracia gobernante desangra a la nación y pone en cuestionamiento la pureza de las ideas y las intenciones por salvar el socialismo y perfeccionar el modelo.

¿Quién le produce más daño a un país:   un grupo de mujeres portando gladiolos en sus manos y exigiendo libertad o un montón de funcionarios  corruptos amparados en  sus leyendas y sus medallas?

La corrupción en Cuba no solo ha deteriorado la moral ciudadana y estimulado el envilecimiento del individuo,  sino que ha gravitado muy  negativamente en el desarrollo económico de la nación, al margen del probado fracaso de ese tipo de régimen.  En el terreno de la moralidad  y el buen gobierno  supone, además,  un desacato e incluso una subversión de los procesos formales. La corrupción convierte al individuo en un ser irresponsable y distorsiona su protagonismo social poniendo en entredicho el imperio de la ley o Estado de Derecho.

De un modo más general, la corrupción ha  erosionado  la cuestionable institucionalidad de la dictadura, ya que se desprecian los procedimientos, se desvían los recursos y se venden y compran los puestos y cargos estatales. Al mismo tiempo, la corrupción ha sido un factor preponderante en el socavamiento  y la legitimidad de aquel sistema, apartado como está de los  valores democráticos, particularmente la confiabilidad y el prestigio.

¿Qué debe pensarse de la profunda amoralidad  que se da en un militante del Partido Comunista con una alta responsabilidad en la administración pública, sujeto a un hipotético compromiso de servicio a sus conciudadanos, firmante de una proclama inherente a la “moral de los cuadros revolucionarios”,  que ha sido capaz de exigir a sus subordinados  la mayor austeridad  mientras él, actuando en las sombras y enmascarado en  sus credenciales políticas, estafa, desvía recursos, falsifica documentos, soborna  y comete las más incalificables acciones criminales?

¿Cuál es la lección que todos debemos extraer  de semejante conducta?

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