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Hotel Saratoga: el sueño de los que se murieron

Hotel Saratoga, Cubanos, Cuba

LA HABANA, Cuba. — No tengo ganas de escribir. No tengo ganas de hacer nada. Escribo estas líneas el domingo, mientras transcurre el Día de las Madres, mientras muchas madres están de luto por la tragedia del hotel Saratoga, por la muerte de sus hijos, por sus hijos presos injustamente, inmoralmente.

No tengo ganas de escribir, y poco me importó la llegada de López Obrador a la capital cubana, y es que reconozco que solo voy a enterarme de una mínima parte de lo que se trate en esas conversaciones, esa breve parte que el poder cubano hará visible con muchísimo cuidado, esa partecita que no tendrá tintes de “importancia”. Las conversaciones entre “dignatarios” son casi siempre a puertas cerradas, y luego nos dicen lo que les da la gana. Además, no creo que este López Obrador esté dispuesto a decirle a Díaz-Canel y a los otros dictadores que lo acompañan en su gobierno algo que nos beneficie.

Esas conversaciones, como decimos por acá, y en medio del paroxismo, “ni nos benefician ni nos perjudican, sino todo lo contrario”.  El mexicano conversará con sus amigos cubanos, y es muy probable que visite a Silvio Rodríguez, que es su íntimo, para que le cante alguna cancioncita, quizá La maza sin cantera. Y también es muy probable que AMLO pasé por el hotel Saratoga, desde donde es posible que vuelva a ofrecer condolencias y a prometer alguna que otra ayuda, y a hablar de los terremotos en México y de la disposición de Cuba a ofrecer ayuda. AMLO quizá haga algunas recomendaciones mientras nosotros seguimos llorando a nuestros muertos.

Cuba está de luto, y lo que más necesita ahora es que se nos cuenten la verdad con todos sus detalles. Los cubanos queremos reconocer con precisión las causas y, muy detalladamente, la verdad de los sucesos. El país no precisa reconocer cada uno de los mensajes solidarios de los “amigos”, de esos que únicamente son amigos del gobierno. Cuba necesita, y con mucha precisión, la verdad de los hechos. Las especulaciones no nos sirven para nada. Las especulaciones no dan vida ni se ponen sobre la mesa y en un plato.

Escribo estas líneas un domingo, mientras muchos celebran el Día de las Madres, en un domingo en el que muchas no contaron con el abrazo de sus hijos, con las felicitaciones más apretadas. Y es que un hotel se vino abajo y se convirtió en escombros, y debajo de esos escombros hay cuerpos chamuscados, cuerpos destrozados, cuerpos muertos, pero aún no conocemos las razones del desastre, y esperamos el hallazgo de otros cuerpos que, se supone, siguen sepultados bajo los escombros, que no es lo mismo que estar en el descanso eterno y en sus sepulturas.

Y muchos cubanos se quedaron sin poner un pie en el Saratoga; la gran mayoría porque no tuvimos dinero para pagarnos unos días de hotel, una estancia breve, una noche al menos. En ese hotel descansó, durmió, Madonna, y también en habitaciones de ese hotel pernoctaron; Karl Lagerfeld, Beyonce y Jay Z, Mick Jagger, Kanye West y las Kardashian, Leonardo DiCaprio, Katy Perry y sabrá Dios cuantos famosos más, sabrá Dios cuantos potentados, cuantos ilustres personajes de la cultura, la política y los negocios.

Hotel Saratoga, Cubanos, Cuba
Interior del Hotel Saratoga (Foto: trip.com)

Lo curioso, lo terrible, lo triste, es que los cubanos muertos no estaban cobijados en alguna de esas habitaciones, los cubanos muertos no estaban disfrutando, sólo eran empleados o simples transeúntes. En la lista de los cobijados que murieron en ese hotel no figura un turista de “Coco solo” o de “La Timba”, tampoco un médico que salvó vidas por el mundo ingresando grandes sumas de dinero al poder comunista. En la lista de hospedados y hospederos no figuraba alguien de mi barrio, ni siquiera los chivatos que hacen tantos favores al poder.

En el Saratoga murieron mujeres y hombres. Y lo más probable es que, alguna vez y antes de esa muerte, pensara alguno en la posibilidad de pernoctar en alguna cama de ese hotel mientras lo miraban desde el parque de la fraternidad o desde la fuente de la india. Alguien, muchos, pudieron pensar en la imposibilidad de dormir en alguna de sus habitaciones, y lo peor, lo más probable, es que algunos fueran detenidos en la puerta de entrada, y advertidos de que no podría entrar, incluso después de haber leído, escuchado, al Nicolás Guillen que aseguró que ya nadie lo podía detener en la puerta de un hotel para advertirle el precio que debía pagar para descansar en una de esas camas, y también que no tenían una pieza pequeña, ni tampoco una pieza colosal. Se equivocaba Guillén, se equivocaba, creyó que el norte era el sur y se equivocó, se equivocaron muchos… hasta la paloma de vuelo popular.

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