Hablando de cambios

Hablando de cambios

Al tercer día de la histórica conversación telefónica entre Raúl y Obama, recuerdo los poderes del Haitiano con que de niño me dormían…

alcides coverLA HABANA, Cuba -Existían en el término municipal de Bayamo, donde vine al mundo, importantes centros espiritistas, pero no existían brujos. Quien en aquellos lares  quisiera matar a alguien, dejarlo ciego, hacer que la mujer lo engañara o verlo en la quiebra y después sin honor arrastrándose borracho por la calle cubierto de improperios de todos los colores por los  muchachos del barrio, esa acuciosa persona habría tenido que gastarse su dinero e ir a Guantánamo, a las serranías de Guantánamo, donde tenían su imperio de majaes y miel de abeja y sombras los brujos.

Uno de ellos, haitiano centenario conocido por su gentilicio, solía salir desnudo a las doce de la noche con una escopeta cargada con un “daño”, tomaba puntería, disparaba el arma, y no obstante ser ciego, hacía diana, estuviera el objetivo en la provincia, en el otro extremo de la Isla o en el extranjero.  A un cafetalero  indiano que a principios de siglo regresaba a la península con dos baúles  atestados de centenes más su familia cubana legítima, dejando en cambio en el mayor desamparo a su otra familia cubana, la habida con numerosas queridas a lo largo de la serranía guantanamera, a ese indiano, Tacoronte de apellido, el Haitiano  ni lo dejó llegar vivo a Santander. El disparo lo alcanzó  en el mar.

Imagino que los dioses que asistían a aquel haitiano de mi infancia, brujo cuyos poderes se  contaban a media voz porque hasta a quien los narraba le erizaban los vellos, debieron de ser   los mismos que hoy se codean  en las conversaciones de salón, en Cuba y  Allá Afuera, con Joyce, Freud, Faulkner, Kafka, Proust, Lezama, Carpentier, Virgilio, Gastón Baquero, Nicolás, Thomas Mann, Einstein, Orson Welles, Picasso, Tolstoy, Bethoven, Fernando  Ortiz , Raúl Rivero,  en fin,  sin “bilongos”, codeándose  en su condición de deidades de una religión tan válida como las demás y que, por cierto, dicho sea de paso, cuenta en la actual Cuba con numerosos diplomados universitarios oficiando en su creciente sacerdocio.

En Valencia, una tarde  memorable (hizo ahora veinte años), al pasar con mi hijo Rubén y con el doctor Rolando Roque Malherbe  a saludar a mi amigo el poeta y narrador Efraín Rodríguez Santana, de visita por unos días en la opulenta residencia de su opulento  tío en un opulento barrio, vi a ambos lados de dicha opulenta residencia no menos de treinta “coches” del año aparcados a lo largo de un par de cuadras.  Pertenecían a banqueros, industriales, comerciantes, profesores universitarios, artistas, políticos del gobierno y de la oposición, militares de rango, en  fin, lo más granado de Valencia

Exultantes,  entre copas, fragantes frijoles negros, lechón asado como para chuparse los dedos e intercambio de tarjetas, frases ingeniosas y galanterías con el sexo opuesto, honraban  aquellas personalidades a Santa Bárbara en su día. Era el 4 de diciembre de 1994.

Ocupaba la deidad  en aquella opulenta residencia una holgada y luminosa habitación donde se le veía esplendiendo a tamaño natural con su brillante espada y todas sus galas, bella como la novia que hubiera uno querido tener cuando aún estaba soltero—no obstante saberla, en su otra vida simultánea, el poderoso Ochún  guerrero de las religions africanas–,y tenía allí por devoto escudero  al  reverenciado tío de Efra: oficial del Ejército Rebelde en su otra vida de la juventud,  y en la de Valencia ya por aquel tiempo con más de veinte años de
exitoso empresario comercial  de lunes a viernes y  de babalao (de sus
amigos) los sábados después de la 1.

Días después  en Madrid, cenando en casa del poeta y narrador cubano León de la Hoz y de  su esposa la cirujana española Pilar, coincidí con una joven y apasionante cubana que también solía beneficiarse con la cena de aquellos dos amigos y mecenas de cuanto cubano  pasa por la capital española sin una peseta o sin techo para pasar la noche. Según aquella joven, un prestigioso babalao  cubano
residente en Miami estaba al aterrizar en Barajas para “hacer santo” a un acaudalado importador español.

Viaje  nada extraño, comentaba mi nueva amiga (recién emigrada o “quedadita”, pero ya con el delicioso acento madrileño que tan bien lucía en ella, tan mona, tan lujosa, tan al parecer todavía con el celofán  intacto, sin haber sido sacada de la caja,  y que como los madrileños de cepa no decía Madrid, ya decía Madriz”).  De  allá, de Miami, a cada rato, nos seguía contando, llegaba un babalao mandado a buscar  de manera expresa, a veces hasta con avión personal, o
viajaban a Miami por ellos los españoles. .

Saber estas cosas me entusiasmó, pues si algo me place es ver cómo las aguas terminan cogiendo su nivel. Ni siquiera me percaté, oyendo a aquel primor tan bien informado  de las intimidades madrileñas, del creciente intento de los dioses del babalao por desquitarse de los españoles cuando intentaron despojar de sus creencias religiosas al esclavo africano, con la naturalidad con que antes pasaran por la hoguera al irónico cacique Hatuey. Pero hoy, día tercero de la histórica conversación telefónica sostenida por Raúl y Obama, hoy, al recordar el miedo a los poderes del Haitiano con que de niño  nos dormían, y de este modo –sabiéndolo o no– alejarnos de las religiones tenidas entonces por impropias de las personas decentes, hoy  veo mucho más.

Además, los decisivos  y prósperos cambios introducidos en su vida por el tío de Efra  y la pluralidad reinante en aquella armónica tarde valenciana de 1994, me alientan.

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