Gallinas con escopeta

Gallinas con escopeta

Lo que hay que hacer para comer en Cuba

Cola para comprar huevos Cuba (Archivo)
Cola para comprar huevos Cuba (Archivo)

VILLA CLARA, Cuba.- Por tercera vez en lo que va de año, con el fin de acallar al “enemigo rumor” (que “origina falsos y exagerados precios desestabilizadores de la calma pública”, atribuibles a productos agropecuarios que se anticipa no tendrán pronta solución), y llenando por un día la vacía estantería, la dirección del gobierno local consiguió reagrupar a productores prófugos del territorio y de otras provincias, con la finalidad de acudir este fin de semana a nueva convocatoria patriótico-matahambre, los cuales accedieron a dar el buen ejemplo sin chistar, rebajando sus producciones hasta el límite acordado, pero siempre en calidad de vendedores ellos mismos, sin intermediarios aprovechados ni oportunistas al acecho.

Se acoplaron también una docena de cooperativas semiestatales o semiprivadas al convite, las que exhibieron lo habitual de todas las ferias precedentes: plátanos, boniatos, yuca, calabaza y una exigua cantidad de fruta atemporal, que por esta época del año suele volatilizarse. Nada de granos ni vegetales; todo eso hay que comprarlo en la plaza contigua al mismo costo de antes. A los queridos-odiosos “Bandidos de Río Frío” (¿recuerdan el escándalo sonado cuando el ajo se puso a peso la cabeza en los años 80 y hubo tribúnicos ataquitos?) siempre habrá que acudir. La gente, para asumir la beldad o la fealdad de su interlocutor, indistintamente y a partir de entonces, te suelta si eres de buen comer o portas boca desmesurada: “Usted tiene más dientes que una ristra de ajo”.

Tras ese mote, el endilgado irradiaba felicidad arropado en la compa-rancia o se moría de envidia cuantificable.

El valor del aguacate, rey del “embaraje” en la mesa proletaria que suplanta las abundantes ensaladas de invierno pero que en otoño faltan, se volvió a sobregirar alevosamente (15 pesos la fruta); porque el fin de la temporada aguacatera nos puso, a todos los tragones de cualquier cosa masticable que apetezca buena compañía, contra la pared. Como en Cuba no se suele beber vino acompañando las comidas, nos quedamos dispuestitos, casi en vilo, para la autofagia des-agua-catada.

Exultados con la noticia de la exprimidera diaria, se apela al recurrido chillido pelado de “¡La madre de los tomates!” sin recordar el ultraje de los 25 pesos (1CUC) por libra que hubo que desembolsar en diciembre pasado, y que escandalizaron hasta al general en jefe, quien casualmente jamás acude a pagar nada ni sabe de mercados si no es que alguien se lo comenta; así y todo lo hace, aterrado de su reacción, sin quitar la vista de la cartuchera.

Pero el evento estrella del show de este sábado fue sin duda el arribo, también por vez tercera que se recuerde en la historia más reciente, de una embajada cacareante del Combinado Avícola Nacional, subida en par de camiones con arrastres atestados de gallinas ponedoras (de desecho ya, las pobres) con sus respectivos huevos, sucios, claro, pero apreciables proteínas por escasas y baratas.

Al punto de inscribirse están estos desembarcos insólitos en el legendario “Libro rojo de las desapariciones”.

La población, avisada con anterioridad por todos los medios posibles, acudió desde horas tempranas al descuartizamiento que constituyó no el desollamiento avícola, sino la cola tumultuaria que no tuvo para cuándo entrar por el aro.

Al precio de 20 pesos podías llevar a casa hasta dos ejemplares, y si querías más, debías traer contigo al núcleo familiar aunque fuese en pijamas. O colar a conocidos errabundos desinteresados. O hacer de nuevo la tortuosa fila y que no te reconocieran los organizadores.

Fuerzas del orden (no oficial, que también andan diezmadas, sino los conocidos auxiliares “guarapitos” listos para emprender cualquier misión suicida) pusieron fin al desorden momentáneo tan pronto (de reojo) se divisaron los uniformes. Más tarde, cuadros del gobierno promotor de la actividad proveedora, desfilaron complacidos por la escena, mirando con satisfacción el resultado de sus gestiones.

Cerca del lugar donde estacionaron los camiones ––plena calle–– opera el llamado Mercado Ferial del fin de cada semana, donde los precios de esos mismos productos solían fluctuar (excepto las estelares gallinas de las que ningún guajiro hoy se deshace ni a palos). Allí se reflejaban muchos similares en las tablillas correspondientes a cada tarima concurrente. Los diestros mercaderes, cuando les ibas a liquidar el importe de la compra atenido a lo que mostraban en listado, te decían al oído algo bien distinto: “Socio, eso que ves ahí escrito, es solo para inspectores, lo nuestro es el otro billete, tu sabes, que la cosa está malísima…”

Una señora que se sintió ultrajada cuando le removieron 35 cañitas de la cartera por una libra de cerdo que se anunciaba a 17, advirtió a los absortos paseantes gubernamentales acerca de tal desfalco, y ellos, consternados y solidarios con la dama embaucada, le dijeron que informarían de inmediato a los superiores y vigilantes, pues lo suyo ––se sobreentiende— es no buscarse nuevos líos con potenciales ––sempiternos–– abasto-salteadores.

El pillaje generalizado en una u otra oferta de estas “ferias” o “furias” solo es constatable cuando arribas a casa y recuentas lo adquirido: productos de pésima calidad, pesajes alterados, frutas tratadas con químicos mortales que antes te aseguraron estar limpias. Y en el caso de las ex gallinas ponedoras al borde del desmayo laboral, el horror de proceder al desplumamiento más el troceado brutal de esos huesos y encima tenerlas sobre el fogón la eternidad de un día sin que suelan ablandarse, resulta todo demasiado duro para un solo corazón.

Hay quien sugirió al rastrero —a viva voz—, que para facilitarnos el proceso gastronómico ulterior, deberían de adjuntar, a cada vetusto ejemplar, un martillo.

Cuando sacas cuenta del combustible o electricidad gastados en cocinarlas, descubres que era mejor y más barato acudir a las infaustas TRD a comprar las importaciones del ave que suelen esfumarse, aunque tengas que pagar algo extra por el informe convenido con la empleada.

O acabar de bajar de una vez por todas del pedestal en nuestras súplicas constantes al cretino San Mariel ––ese vigía del puerto bipolar––, y por el que hoy nos devuelven, amistosamente pero pagando al cash, transgénicos pollos “yumas”. Que sí se ablandan enseguida, es verdad, pero con el tiempo nos llenarán de excrecencias y tumores todo el cuerpo. Así que, a pesar del otoño (y del maíz yanqui también trans), creceremos.

Triste destino el del reino animal: sea aéreo o pedestre.

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