¿Entierro humilde o miedo al juicio de la Historia?

¿Entierro humilde o miedo al juicio de la Historia?

Castro pudo temer una futura ira popular o gubernamental contra cualquier monumento levantado en su nombre

Carro que transportaba los restos de Fidel Castro tuvo que ser empujado al sufrir un desperfecto
Carro que transportaba los restos de Fidel Castro tuvo que ser empujado al sufrir un desperfecto

LA HABANA, Cuba.- La mayoría de los gobernantes, sobre todo aquellos que permanecen largos períodos de tiempo en el poder, se preocupan por la manera en que las generaciones futuras enjuiciarán su labor.

Por supuesto que Fidel Castro no iba a ser la excepción. Incluso antes de llegar al poder, el hijo de Birán había vaticinado que su aventurero asalto al cuartel Moncada contaría con el visto bueno de la Historia.

Ya en su etapa de gobernante, y seguramente convencido de que su mandato sería prolongado, a Castro se le ocurrió la idea de proclamar a los cuatro vientos que en Cuba no había culto a la personalidad. De esa forma pensaba desmarcarse de esa práctica nociva que tenía lugar en China, Corea del Norte y otros aliados suyos.

Sin embargo, una cosa decía Castro, y otra bien distinta se percibía en las más disímiles facetas de la vida nacional. Durante más de medio siglo los medios de difusión oficialistas han endiosado a Fidel Castro. Cuando él hacía una afirmación, no importa en el terreno que fuese, nadie osaba contradecirle. Tal era la omnipresencia de Castro en la vida de los cubanos, que una canción como Ojalá, de Silvio Rodríguez —Para no verte tanto, para no verte siempre, en todos los segundos, en todas las misiones—, en un primer momento despertó las sospechas de los ideólogos del régimen.

¿Y acaso no constituye otra prueba del endiosamiento lo que ha sucedido en estos días con los medios de difusión en la isla?  La maquinaria del poder ha pretendido que el mundo se detenga por la muerte de Fidel Castro. La prensa escrita, radial y televisiva estuvo más de una semana reflejando únicamente aspectos de la vida del máximo líder, así como detalles de su funeral. Los cubanos de a pie que no tienen acceso a internet ni a otros medios alternativos de información, no se enteraron que se accidentó un avión boliviano en Colombia con la pérdida de un equipo completo de fútbol brasileño, o que falleció el ex boxeador cubano Adolfo  Horta, ni supieron cómo quedó el match por el campeonato mundial de ajedrez entre el noruego Magnus Carlsen y el ruso Serjey  Karjakin.

Mas, a pesar de todo, Fidel Castro persistió en el discurso de “humildad”  hasta el final de sus días: Según expresó su hermano menor en Santiago de Cuba, un día antes de que las cenizas del exgobernante fueran depositadas en el cementerio de Santa Ifigenia, Castro dio órdenes precisas para que ninguna instalación lleve su nombre y tampoco se levanten monumentos en su honor.

No son pocos los que destacan el temor de Castro a que en el futuro la ira popular  o gubernamental —o incluso un simple movimiento reformista dentro de la nomenclatura— pueda barrer con todo aquello que represente su memoria. Recordar, por ejemplo, lo sucedido con Stalin tras el informe de Nikita Jruschov  al XX Congreso del PCUS en 1956.

Eso sin contar los casos de calles e instalaciones que un día dejaron de llamarse Gerardo Machado, Rafael Leónidas Trujillo, y otros por el estilo.

El Comandante habría aplicado aquello de que “hay que poner el parche antes de que salga el grano”.

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