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Martes, 22 de agosto 2017

Ella sueña más con la libertad de su marido

María Evelia Ruiz sufre un cáncer, pero curarse no es su mayor deseo

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Celda de una prisión (wikimedia.commons.org)

LA HABANA, Cuba.- La vida me ha hecho conocer a gente extraordinaria, y muchas son mujeres. Una de ellas es María Evelia Ruiz de la Paz, la esposa de Santovenia. Hace solo unos días fui a su encuentro en la ciudad de Cárdenas. María Evelia es una mujer enferma: desde hace años padece de un osteosarcoma, un cáncer en los huesos que dificulta su andar. Los dolores y las inflamaciones no la abandonan, y hasta le impiden visitar a su marido en la prisión.

Me contó de sus gestiones con las instancias correspondientes, en particular con el Departamento 21 de la Contrainteligencia, para conseguir la excarcelación de su marido, y de cómo esos, que se ocupan de la disidencia interna, le niegan que exista alguna posibilidad que ponga a Santovenia fuera de la cárcel. Quizá por eso está mujer se ha refugiado en Cristo.

“Solo Cristo puede sacarlo de la prisión”, así me dijo, y su voz parecía un resuello, como ese que asiste a un ave que estuvo recorriendo una distancia larga, y que parece que de un momento a otro dejará de volar, que caerá al suelo. Me habría gustado decir a María Evelia que esa decisión debía corresponder a otros, es decir a sus carceleros, pero asentí, dije que solo Dios podría ponerlo en libertad. Y en verdad creo que para él no hay otra salida que no sea el amparo del divino. El gobierno se empecina en hacer más grande su condena y mantenerlo en injusto encierro. Dios es quien le da a esta mujer la única esperanza, la última. Sin Dios ella no habría podido soportar  tantos años de separación.

A pesar de todo hay algo que avivó sus anhelos, y ese algo es la excarcelación de Pedro de la Caridad Álvarez Pedroso. Tierna, lo mira y lo abraza, como si llevara su sangre, como si fuera un familiar muy cercano, y hasta asegura entre sollozos que la liberación de Pedro alegró mucho a Daniel, quizá porque también creyera que pronto le llegaría su turno. Y no serían infundadas sus ilusiones si se tiene en cuenta que los dos fueron juzgados por el mismo delito y recibieron idénticas condenas; sin embargo la libertad de Daniel no llega todavía.

María Evelia culpa a Emilio Cruz Rodríguez, director de la cárcel de Agüica, de la permanencia de su marido en aquel lugar. María Evelia supone que él hizo desaparecer del expediente de su marido todas las rebajas recibidas durante esos veinticinco años de encierro. “Si no fuera así, ¿por qué no acaban de ponerlo en libertad?”.

Ella sabe muy bien que esa prisión de Agüica es lo más cercano al infierno que uno pueda imaginar. Ella sabe de las golpizas que allí se suceden. Ella está enterada de la existencia de esas horrendas celdas de castigo a las que llaman “polacas”, esas que están delimitadas por cuatro paredes que se levantan sobre un cuadrado pequeño y sin techo. Esas cuatro paredes hacen sentir el peso del encierro, y la ausencia del techo reafirma a los confinados la desprotección a la que están sometidos.

La esposa de Santovenia sabe muy bien que quien esté allí encerrado recibirá los furores del sol, el sereno de la madrugada o la intensidad de un aguacero. Su tristeza es enorme cuando habla de lo que significa estar allí. “Allí una queja es entendida como indisciplina”, así dice, y asegura que luego vienen las torturas físicas, como esa a la que llaman “bicicleta”, en la que las manos de los presos son llevadas a la espalda para esposarlas luego, para colocar un bastón entre las esposas y la espalda, y con ese bastón levantan al castigado y lo dejan en punta de pies, casi sin equilibrio.

Esta triste mujer tiene noticias de la forma en que los guardias se divierten. Ella sabe que los uniformados lanzan al preso, lo mismo sobre una reja que contra una pared de concreto, o los hacen rodar desde lo alto de una escalera. No es por gusto que muchos son los presos pierden sus dientes frontales. Y en ese infierno han mantenido por años a Santovenia, el esposo de esta mujer a la que mucho trabajo le cuesta movilizarse. Un osteosarcoma y el encierro del hombre amado han ido destruyendo su vida.

María Evelia enumera los padecimientos de su esposo y llora, y me pregunta, como si yo pudiera darle una respuesta, hasta cuándo lo tendrán encerrado. Y juro que quise decirle que saldría muy pronto, que celebraríamos juntos su excarcelación, pero no pude mentir y me callé, porque sé muy bien del empecinamiento y del deseo enorme que tiene la dictadura de mantener entre rejas a ese hombre y a todos los que son capaces de enfrentarla. Tengo la seguridad de que a esos carceleros les gustaría mucho responder a esta mujer enferma que su marido va a salir alguna vez, pero en un sarcófago.

La verdad es que le aseguré que no tenía dudas de que Cristo haría su parte, pero que nosotros, los amantes de la libertad, haríamos también la nuestra. Y quizá esa sea la solución; “Dios a la cabeza, y nosotros con él, porque nuestro clamor también es importante”, así le dije, porque exigir la liberación de Daniel Santovenia es también un ejercicio cristiano.

Antes de despedirnos, María Evelia me pidió disculpas. “Quizá no he sido muy alentadora ni agradecida por sus ayudas a mi esposo”, así dijo. Y yo le aseguré que todos estamos aferrados a Cristo y también le hablé de la carta que alguna vez me escribió Daniel, y de cuánto me conmovía su lectura. Todos los que hemos padecido prisión por culpa de esta dictadura sabemos muy bien del dolor en la carne del otro. Y le di un abrazo antes de abandonar su casa.

Luego de despedirme de Pedro, quien ya vive en Cárdenas con su esposa, hice en silencio el viaje de regreso a La Habana; sin embargo un montón de preguntas rondaron mi cabeza. “¿De verdad habrá que esperar por Cristo? ¿Las decisiones de la dictadura tendrán algo que ver con Dios?” Esas y otras fueron las preguntas, pero también tuve una respuesta, esa que me da la seguridad de que voy a continuar exigiendo la liberación de Daniel Santovenia, ese hombre que ya debía estar en la calle, después de pasar veinticinco años en prisión, porque según las leyes carcelarias de este país, ya debería estar en libertad, como Pedro, disfrutando de la compañía de su familia.

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Acerca del Autor

Ángel Santiesteban
Ángel Santiesteban

(La Habana, 1966). Graduado de Dirección de Cine, reside en La Habana, Cuba. Mención en el concurso Juan Rulfo (1989), Premio nacional del gremio de escritores UNEAC (1995). El libro: Sueño de un día de verano, fue publicado en 1998. En 1999 ganó el premio César Galeano. Y en el 2001, el Premio Alejo Carpentier que organiza el Instituto Cubano del Libro con el conjunto de relatos: Los hijos que nadie quiso. En el 2006, gana el premio Casa de las Américas en el género de cuento con el libro: Dichosos los que lloran. En 2013 ganó el Premio Internacional Franz Kafka de Novelas de Gaveta, convocado en la República Checa con la novela El verano en que Dios dormía. Ha publicado en México, España, Puerto Rico, Suiza, China, Inglaterra, República Dominicana, Francia, EE UU, Colombia, Portugal, Martinica, Italia, Canadá, entre otros países.

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