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Lunes, 18 de diciembre 2017

El precio de una sonrisa en la isla de los desdentados

“A casi toda la gente que conocí en La Habana le faltaba algún diente”

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Alan Gross luego de estar 5 años preso en Cuba (Reuters)

LA HABANA, Cuba.- Conozco a cinco hermanos que sonríen poco y con mucha discreción. La causa del recato es el mal estado de los pocos dientes que les quedan. Si nos empeñáramos  en sumar esas piezas que hasta hoy sobrevivieron pegadas a sus encías, la cifra no iría más allá de los cincuenta entre los cinco, aunque debían ser ciento sesenta; treinta  y dos para cada humano, quise decir para cada hermano.

Hasta hoy perdieron, entre los cinco, ciento diez dientes. Sin dudas estos hombres, cuarenta años tiene el mayor y veinticinco el más joven, nunca aparecerán en la portada de una revista exhibiendo una sonrisa. Ninguno de ellos se atreve siquiera a mostrar el retozo de unos labios que dejen entrever sus encías despobladas. Sus rostros se han vuelto enjutos, y los pómulos se pronuncian cada vez más. Las malas digestiones les parecen muy normales.

Ellos tienen una apariencia triste, sin dudas la sonrisa sigue siendo muestra de felicidad. Estos hombres que nacieron cerca de Río Cauto, que a su vez está cerca de Bayamo, jamás harán portada en una revista, no arrancarán suspiros por culpa de esas mandíbulas que parecen que caerán sobre sus pechos. Ellos con sus caras desencajadas no despiertan ningún deseo, y eso les duele.

Y cuando no estén; sus rostros, sus sonrisas, sus dientes, no serán recordados como se recuerda al sonriente Marlon Brandon de “Un tranvía llamado deseo”. A pesar de todo son muy trabajadores. En el barrio habanero donde ahora viven alquilados se les conoce por la gran disposición a hacer trabajos duros. Son muchos los que reclaman sus esfuerzos para cargar sacos de cemento, de arena o cientos de cabillas, lo que sea…

En el barrio los nombran “los desdentados”. Ellos no se sienten orgullosos, y aseguran que todo empezó cuando eran niños… Recuerdan la miseria y la caña de azúcar que mitigaba el hambre. En eso se ponen de acuerdo; según comentan fue la caña la culpable, la cascara que arrancaban con los dientes, el azúcar, la insistente y desesperada masticación.

El cepillado nunca fue esencial, y la madre tampoco lo exigió. Los dolores se curaban con buchadas de agua con sal o masticando yerbas. El dentista estaba lejos, y muy pocas veces lo buscaron. Ahora se arrepienten. Ahora quisieran, el mayor lo confiesa sin recato, reír sin pudor, pero le da vergüenza. Todos quisieran tener una vida normal, esa que puede propiciar cada diente en su lugar.

Hace unos días les encargué un breve trabajo, y conseguí que se rieran a mandíbula batiente y sin recato. Hasta les pregunté por qué no iban al dentista, se explicaron. El mayor llegó un día a un cuerpo de guardia y le mandaron unos antibióticos para curar la infección después de preguntarle si pertenecía a esa área de salud. Él mintió, dijo que sí, pero hasta hoy no consiguió que le extrajeran la pieza enferma. Uno de ellos quiso dientes postizos. Entonces se enteró de lo caro que costaban, se “resignó”.

Claro que el dentista no le dijo abiertamente que debía pagar, pero bastó que le explicara que los materiales escaseaban…, y entendió un poco más después de ver cómo se desparramaba en el sillón una gorda, a la que la asistenta del especialista le preguntó cómo andaba la cosa por Miami. “Más claro ni el agua”.

Resulta que en este país es muy difícil conseguir la atención de un estomatólogo sin tener que desembolsar unos cuantos CUC. Resulta que estos profesionales aseguran que ellos deben costear lo que debería pagar el Estado. Quien debe arreglar el sillón dañado de un dentista también le exige un dinero que nada tiene que ver con su salario, porque él compró antes la pieza a un empleado de alguna empresa distribuidora de materiales para la Salud Pública…, y su dinero le costó, y su dinero tiene que recuperar.

“En el almacén no hay pero yo tengo”, dice el encargado de ese depósito en la clínica, que a su vez lo consiguió, soltando dinero al empleado de la distribuidora. Y ese especialista, acostumbrado a esquilmar a sus pacientes, suelta la plata que le permitirá tener trabajo y ganar un poco más de lo que invirtió. Así que el sillón es suyo y también los materiales.

Y quizá hasta tenga razón, porque él pagó, y pagó para conseguir arreglar bien a sus pacientes; debí escribir: “a sus clientes”. Si el Estado no es capaz de proveer, ellos procuran la manera de conseguir lo que hace falta; robando incluso al mismo estado, de lo contrario pasarán el mes sentados en el mismo sitio en el que se reclinan los “clientes”, y cobraran un salario que jamás alcanza a pesar de los “aumentos”.

Y la equidad es un concepto muy viejo que se conoce, al menos en teoría, en cada parte del planeta. La equidad, esa que tanto cacarea en Cuba su gobierno, se consigue apelando a la justicia, es decir: “corrigiendo” las leyes que cacarea esa justicia. Los dentistas, los mecánicos del sillón, los distribuidores, rectificarán la ley por su cuenta, porque es demasiado imperfecta, incluso inaplicable, incluso inapelable.

¿Quién no escuchó hablar en Cuba de equidad y de justicia? Supongo que todos, pero en este país la equidad es vulnerada por la “justicia”, es una farsa. Si un estomatólogo no puede ir a Varadero, o a unas playas de Turquía, porque no le sirve el dinero que gana o porque es injusta la justicia, entonces intentará desobedecerla, ¿delinquir? Y en ese estira y encoge, en ese toma y dame, los más vulnerables, es decir la mayoría, son los que pierden todo, incluso los dientes.

Y la belleza lleva dientes, treinta y dos piezas en total, pero en esta isla se ha vuelto un lujo… Recuerdo que hace unos años, estando en Sevilla, un conocido se esmeró en hacer elogios de esta isla, para decir al final que algo lo intrigaba. “A casi toda la gente que conocí en La Habana le faltaba algún diente”. Entonces no sonreí, pensé en la razones, pensé en las caras más visibles, en algunas caras “ilustres” de la nación, en ellas encontré la respuesta, y ahora, cuando descubro la oscuridad en tantas bocas cubanas, reconozco fácilmente a los culpables.

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Acerca del Autor

Jorge Ángel Pérez
Jorge Ángel Pérez

(Cuba) Nacido en 1963, es autor del libro de cuentos Lapsus calami (Premio David); la novela El paseante cándido, galardonada con el premio Cirilo Villaverde y el Grinzane Cavour de Italia; la novela Fumando espero, que dividió en polémico veredicto al jurado del Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos 2005, resultando la primera finalista; En una estrofa de agua, distinguido con el Premio Iberoamericano de Cuento Julio Cortázar en 2008; y En La Habana no son tan elegantes, ganadora del Premio Alejo Carpentier de Cuento 2009 y el Premio Anual de la Crítica Literaria. Ha sido jurado en importantes premios nacionales e internacionales, entre ellos, el Casa de Las Américas

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