El lenguaje falso, mucho menos sociable que el silencio

El lenguaje falso, mucho menos sociable que el silencio

Cada vez que escucho un disparate, pienso en las bondades de una callada

Cubanos en el Parque Central responden a las interrogantes del corresponsal del New York Times en La Habana (foto del autor)
Cubanos en el Parque Central responden a las interrogantes del corresponsal del New York Times en La Habana (foto del autor)

LA HABANA, Cuba.- En ocasiones no hay mejor opción que el silencio. Cada vez que escucho un disparate, pienso en las bondades de una callada. Un largo silencio deben guardar quienes creyeron que el interés de los cubanos en la visita del presidente de Estados Unidos terminaría tras el despegue del Air Force One. Se equivocaron; todavía hoy se habla en la ciudad, con muchísimo entusiasmo, de cada una de sus intervenciones. Desde que fuera anunciada la visita conocí de las expectativas que estuvo despertando en los cubanos, y escuché comentarios elogiosos, esperanzados; lo mismo en una parada de ómnibus que en una cola interminable para comprar unos huevitos. Los cubanos, esos que son los verdaderos miembros de la sociedad civil, esos que no aparecen en la televisión, quedaron contentísimos, y mencionan todavía fragmentos del discurso que les dedicó en el Gran Teatro y aplauden su fe en un futuro mejor para Cuba, el que, advirtió, está solo en nuestras manos.

¿De dónde sale entonces la suspicacia de la prensa oficial? ¿Acaso recibieron a Obama para tildarlo de injerencista? Esa prensa timorata decidió armar una alharaca, creyeron que lo más sano sería intervenir, rebatir, entrevistar a miembros de una sociedad civil comprometida, acostumbrada a ejercer sus criterios desde la más impresionante visibilidad. Así apareció en la pantalla la periodista Thalía González, mirando cuidadosamente su agenda para no equivocar los nombres de quienes, supongo, desde hacía mucho rato se había decidido entrevistar. Estuvo Elier Ramírez, a quien ya habíamos visto en la televisión durante el último congreso de los jóvenes comunistas, asegurando que el socialismo debía hacer un arte superior al que producía el capitalismo.

Entrevistada fue también Rosa Miriam Elizalde; de discurso fluido y elocuente, pleno en terminologías que al parecer la periodista solo sabe decir en inglés. Otro de los interrogados sería el presidente de la Sociedad Yoruba de Cuba quien puso múltiples reparos al discurso del presidente norteamericano, pero olvidó mencionar como en Cuba el mismo gobierno que lo recibía había coartado durante muchas décadas el derecho a la libertad religiosa. Tan tremenda fue la vehemencia del religioso y su fe en el socialismo, que hasta lo imaginé estudiando el Anti Dhüring de Engels en lugar de El Monte de Lydia Cabrera. Hasta llegué a pensar que podría responder como Fausto a Margarita, cuando esta le preguntó si creía en Dios: “¿Quién puede proclamar: creo en Dios? ¿Quién, sentir y atreverse a decir: no creo en Dios?”.

“De lo que no se puede hablar se debe callar”, decía Wittgenstein con muchísima razón, pero la televisión cubana obviamente decidió lo contrario. Y yo seguí sentado frente al televisor y cambiando de canal para no perderme nada. Noté que cada intervención sobre el asunto desacreditaba la gestión de Obama y su empeño en establecer relaciones basadas en la igualdad. Que neguemos su buena voluntad me parece muy mezquino.

Pegado a Telesur, descubrí a la periodista Arleen Rodríguez asegurando que “le picaba la lengua”, que tenía ganas de decir “cosas” sobre el discurso de Obama, y le creció el prurito en la lengua cuando habló del empeño del presidente norteamericano en poner distancias entre el individuo y el estado. Al parecer la periodista de la Mesa Redonda olvidó que fue el estado cubano quien decidió cuales miembros de la “sociedad civil cubana” estarían en el Gran Teatro escuchando las palabras del visitante; los que no fueron elegidos se apostaron en algunas de las calles cercanas al edificio para saludar al presidente negro de USA, si es que pasaba por allí.

Fue el estado también quien tomó la decisión de que la habitual fanaticada del béisbol no estuviera en el Coloso del Cerro disfrutando de aquel enfrentamiento entre el equipo cubano y el Tampa Bay Rays. Esos que llenan las gradas en cada juego no estuvieron esta vez. Gracias a la televisión pude contemplar a un público perezoso, pasivo, tan de atrezzo como los médicos halloweenescos, con bata blanca y estetoscopio, colocados en las lunetas del Gran Teatro para escuchar a Obama.

Arleen tendría varios invitados en Telesur, y se ocupó en lo mismo que los otros periodistas; habló una y otra vez sobre la base de Guantánamo, ese enclave del gobierno americano que le da a su padre una pensión cada mes como ella misma cuenta. Luego daría la bienvenida a un invitado al que hizo un montón de reverencias. Era Miguel Barnet, presidente de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) y miembro del Comité Central del Partido Comunista, autor de Biografía de un Cimarrón, novela-testimonio que es sin dudas su libro más leído, pero también de Fátima o el parque de la Fraternidad, uno de los peores cuentos en toda la historia de nuestra literatura.

Barnet también le haría a Obama algunas exigencias. Reclamó repasar una y otra vez la historia cubana, a pesar de que él mismo parece olvidar que los mismos que hoy nos gobiernan lo marginaron por homosexual, para luego, cuando les convino, hacerlo miembro del Partido Comunista sin que jamás mediara disculpa pública. El autor de Gallego nos advirtió la madurez de nuestro pueblo, ese que, según él, esta vez no mostró tanta euforia en las calles.

Evidentemente Barnet no camina por las calles de La Habana, debió ser por eso que no consiguió percatarse de los cientos de cubanos que rodearon en el Parque Central a una periodista del The New York Times, y luego a otro, y a uno más, pretendiendo ser entrevistados y decir lo que la prensa cubana no menciona. Miguel no pudo ver la euforia creciente de los cubanos mientras invadían el Parque Central, y las calles aledañas al Gran Teatro, para aplaudir al visitante.

Tengo la certeza de que lo mejor sería hacer honores al silencio, porque como dijera Rochefocauld, “el silencio es un continente misterioso del alma que sirve para esconder los defectos de la mente”. Y para seguir en el delirio, propongamos otra cita, esta vez de Montaigne: “El lenguaje falso es en efecto menos sociable que el silencio”.

Jorge Ángel Pérez

(Cuba) Nacido en 1963, es autor del libro de cuentos Lapsus calami (Premio David); la novela El paseante cándido, galardonada con el premio Cirilo Villaverde y el Grinzane Cavour de Italia; la novela Fumando espero, que dividió en polémico veredicto al jurado del Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos 2005, resultando la primera finalista; En una estrofa de agua, distinguido con el Premio Iberoamericano de Cuento Julio Cortázar en 2008; y En La Habana no son tan elegantes, ganadora del Premio Alejo Carpentier de Cuento 2009 y el Premio Anual de la Crítica Literaria. Ha sido jurado en importantes premios nacionales e internacionales, entre ellos, el Casa de Las Américas

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