El general de las 22 cicatrices

El general de las 22 cicatrices

Antonio Maceo siempre decía: “Yo hago la guerra a España y a las tropas que combaten por su tiranía, pero no a los españoles que permanecen neutrales y que deploran el carácter de esta guerra destructora”

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Monumento a Maceo

LA HABANA. Cuba. — Este 7 de diciembre se cumplen 118 años de la caída en combate en Punta Brava, provincia Habana, del general Antonio Maceo, y junto a él Panchito Gómez Toro, a quien al percatarse de la muerte de su general se le escuchó decir en el fragor de la lucha: “Yo voy a morir al lado del general” y se inmoló protegiendo su cadáver. Los españoles le pegaron un tiro en un brazo, otro en el costado izquierdo y lo remataron a machetazos, según narra José Miró Argenter en su libro Crónicas de la Guerra.

Antonio Maceo procedía de una familia que había jurado de rodillas fidelidad a la patria antes de lanzarse a la manigua el 11 de octubre de 1868 con su padre, hermanos, madre y joven esposa, pues acababa de casarse con María Cabrales. En la manigua murieron Marcos Maceo, el padre, y luego sus hermanos Julio, Miguel y José.

Contaba Antonio 23 años cuando comenzó la guerra. Se dice que era diestro en el uso del machete, y buen jinete, pero no conocía el manejo del fusil. Los conocimientos militares los adquirió combatiendo bajo las órdenes de Máximo Gómez y Calixto García.

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Antonio Maceo

Para marzo de 1878 (con 33 años), había participado en 800 combates. Como prueba de su valor llevaba 22 cicatrices en el cuerpo y ostentaba el grado de mayor general. No estuvo de acuerdo con el pacto del Zanjón, por lo que el 15 de marzo de 1878, en Mangos de Baraguá, se reunieron un grupo de patriotas con él al frente con el general en jefe del ejército colonialista en Cuba, Arsenio Martínez-Campos. Los cubanos manifestaron su desacuerdo con las bases del pacto, y le expresaron a las autoridades colonialistas que no habría paz en la isla sin libertad.

Entre sus demandas se encontraban la independencia y la abolición de la esclavitud. Al no llegar a ningún acuerdo, ocho días después se rompieron las hostilidades. Los patriotas cubanos, sin alimentos ni pertrechos de guerra, se lanzaron de nuevo a la lucha, pero al reconocer la imposibilidad de ganarla, la dejaron para renovarla años más tarde.

Acerca de las dificultades con que tropezó para terminar la guerra en el pacto del Zanjón, Martínez Campos escribió en un documento oficial: “Veo muy difícil llegar a la solución del problema de Cuba, porque ahora manda un mulato, que ayer era arriero y hoy es general de mucho valor y mucho prestigio”.

Años más tarde, cumpliendo orientaciones de José Martí y Máximo Gómez, Maceo se incorpora disciplinadamente bajo el mando del general Flor Crombet a la expedición que llegó a suelo cubano el 1º de abril de 1895. Desembarcaron por Duaba, cerca de Baracoa, los 23 patriotas que la formaban. Cuando se difundió la noticia de la presencia de Antonio Maceo en suelo cubano, la incorporación de los campesinos a la lucha fue masiva.

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Tumba de Antonio Maceo y Panchito Gómez Toro en el Cacahualt

Cuando Máximo Gómez trazó el plan invasor para llevar la guerra necesaria a toda la isla, sabía que las fuerzas mambisas necesitaban un jefe capaz de hacer posible la empresa invasora, y esto solo podía hacerlo el general Antonio.

El 22 de octubre de 1895 parte Maceo al frente de la columna invasora desde los Mangos de Baraguá, en Santiago de Cuba, con 1053 hombres hacia occidente. La gran proeza de la invasión la realizó en 3 meses. En esta epopeya recorrieron más de 400 leguas, y sostuvieron 27 combates.

Pero a pesar de su fiereza en el combate, Antonio Maceo estaba lejos de ser un rústico hombre de armas. Sobre él escribió José Miró Argenter, también en Crónicas de la Guerra: “Maceo no fumaba ni bebía (…). Era muy limpio en su persona, esmerado, pulquérrimo (…), era amigo del jabón de suave perfume, esclavo del aseo, amante de la ropa fina (…)”. Según expresa Miró Argenter en el mencionado libro, quienes lo conocieron en la guerra de los Diez Años, se hallarían atónitos en presencia de un hombre completamente transformado. Logró cultivarse y dominar su tartamudez. Era enemigo de la grosería, y nunca emitió palabras malsonantes ni bajo el furor de la ira.

Maceo siempre decía: “Yo hago la guerra a España y a las tropas que combaten por su tiranía, pero no a los españoles que permanecen neutrales y que deploran el carácter de esta guerra destructora”.

Lawton, La Habana, 3 de diciembre de 2014

Acerca del Autor

Gladys Linares

Gladys Linares

Gladys Linares. Cienfuegos, 1942. Maestra normalista. Trabajó como profesora de Geografía en distintas escuelas y como directora de algunas durante 32 años. Ingresó en el Movimiento de Derechos Humanos a fines del año 1990 a través de la organización Frente Femenino Humanitario. Participó activamente en Concilio Cubano y en el Proyecto Varela. Sus crónicas reflejan la vida cotidiana de la población.

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