El dinosaurio todavía está allí

El dinosaurio todavía está allí

Hoy me gustaría refrescarle la memoria a Fidel Castro, ya que al parecer, se le han olvidado tantas cosas…

Fidel Castro (foto: AP)
Fidel Castro (foto: AP)

LA HABANA, Cuba.- Por sí o por no, hoy me gustaría refrescarle la memoria a Fidel Castro, ya que al parecer, se le han olvidado tantas cosas.

Su última Reflexión, panfletaria y banal, publicada en todos sus medios de comunicación, pudiera ser una prueba de que aún existe como viejo dinosaurio. Pero no, lamentablemente, no es una prueba. No creo que los dinosaurios escriban. Mucho menos a los noventa años de edad.

Aún así, volvamos a refrescarle la memoria a Fidel Castro, como lo hemos hecho tantas veces.

La dictadura castrista comenzó con el acto terrorista más maquiavélico y sangriento de la historia cubana. En él murieron más personas inocentes que en el avión de Barbados. En Girón, como bien recordamos, la gran mayoría de los que murieron fue a consecuencia de un enfrentamiento entre dos batallones de milicianos —uno de ellos el Batallón No.111—, confundidos, en la oscuridad de la noche.

En su guerra para derrocar a un dictador y convertirse en otro peor, a causa de los fusilamientos, de planes económicos disparatados, de largas condenas en sus cárceles políticas, devorados por los tiburones para huir del país, de misiones llamadas ¨internacionalistas¨ para expandir o implantar por la fuerza el comunismo en países amigos, de ajustes de cuentas por vendettas políticas, murieron más, pero muchos más cubanos, que a consecuencia del embargo económico estadounidense contra su gobierno. Se calculan más de diez mil víctimas del castrismo.

El hermano Obama habló bien. Un poco más y a cualquier dinosaurio le hubiera dado un infarto. Pero no, los dinosaurios no pueden morir todavía. Les falta por ver cómo la gran parte del pueblo ansía libertad, democracia. Cómo esa misma gran parte del pueblo no quiere el comunismo, con su incompetente partido y su economía fracasada.

Por eso, es bueno despertar cada mañana y saber que el dinosaurio —o los dinosaurios— está todavía allí, viendo desde el barrio de los ricos de ayer y rodeado de los nuevos ricos de hoy, cómo nuestra ciudad se desmerenga ante cualquier aguacero, cómo una gran parte de nuestros jóvenes instruidos huyen de su país, cómo nos morimos por extraños virus porque en más de medio siglo no han podido arreglar las calles, convertidas en lagunas para los mosquitos, cómo pese a los dinosaurios, una firme oposición pacífica lucha contra viento y marea, valientes hombres y mujeres con su pensamiento libre, —¨Porque todo se consigue con unos cuantos hombres buenos¨, como dijo nuestro Martí—, mientras los miles de alabarderos de los dinosaurios andan en manadas desesperadas en busca de viajes a los países capitalistas, para quedarse o vivir un tiempo en ellos.

Obama no perdió su tiempo en La Habana. Dejó un buen recuerdo y una buena señal. Él sabe, como lo saben también los dinosaurios, que los dictadores, como ha sido siempre, quedan como lo más despreciable de la historia.

Los que nos deben pedir perdón.

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