El diablo los cría, y ellos se sacan los ojos

Del mundo que provienen y al que pertenecen por derecho propio Edmundo y Milanés, no hay precisamente lealtad

FILADELFIA. Pensilvania, septiembre, 173.203.82.38 -En el mundo del que provienen y al que pertenecen por derecho propio Edmundo García y Pablo Milanés, no hay precisamente lealtad. Por eso, no debe sorprender que el trovador haya esperado hasta el momento oportuno o más conveniente para lanzarle al otro una estocada a fondo, sólo que como hay alguna diferencia entre ser un gran oportunista y ser un esgrimista más o menos diestro, el “canta-autor” más bien parece que pegara sablazos de ciego en su carta abierta contra el señor Edmundo García. Aunque a primera vista mis lectores puedan tener esta decisión mía por algo inusitado, quiero terciar en esta liza —para seguir empleando el lenguaje caballeresco que debe corresponder al enfrentamiento entre los dichos— con el propósito de romper una lanza o dos, si no precisamente a favor de Edmundo, al menos contra la avezada trapalería de Pablo, quien escribe una carta abierta desde su bitácora, sin duda alguna ensoberbecido luego de su pírrica victoria contra el exilio cubano, en la que pone al otro en el lugar que le corresponde sin dudas, pero curándose en salud.

García acusa al cantante, en sentido general, de no estar como él mismo a la  altura de lo que suele llamarse “el compromiso revolucionario”, es decir, la intransigencia que se requiere para el oficio, y Milanés se lanza a fondo desde el comienzo, llamando al otro de todo y lo de más allá. “Hace años estás intentando hacerme una entrevista sin éxito” le dice,  de lo que pudiera interpretarse con mejor sintaxis que su interlocutor “intenta sin éxito hacerle desde hace tiempo una entrevista”, lo cual obviamente no es lo mismo. A continuación pasa a declararlo un pesa’o insoportable al que definitivamente acabó por enviar al latón de los desechos, vicariamente al menos, negándose a aceptar más mensajes y solicitudes de entrevistas del pejigoso García.  Pablito dixit: En esa (sic) (¿?) primera ocasión en que nos encontramos, ibas oportunamente mal acompañado y no tuve más remedio que pensar para mis adentros “Dios los cría…”. Como el corresponsal no ha mencionado con antelación ninguna “ocasión particular” o encuentro, nos confunde algo el empleo del demostrativo “esa”. Tal vez la carta fue escrita de un tirón, apurado su autor por dar respuesta rápida (nada como una respuesta rápida aunque no se disponga de una brigada) a lo que pueda representar este ataque de García, sin dudas consentido desde la Habana, o tal vez encargado a Edmundo desde el mismo lugar, que no debió ser la sede del cardenal Ortega, pese a que el ataque a Milanés lleve por título: “Pablo Milanés reniega de la cruz de su parroquia” y éste concluya su referencia al primer encuentro con García, valido de la frase “Dios los cría…”.  ¡Ahora va a resultar que los compañeros García y Milanés hasta se apuntan a un catecismo alternativo con invocaciones a los Evangelios como suele hacer el paradigmático Hugo Chávez, indudablemente referente de ambos!

Luego de prodigar sangrantes paralelos al señor García encaminados a avergonzarle: “Cuando leí tu panfleto mi primera reacción fue ver a una niña en la pubertad, asombrada y ruborizada ante su primera menstruación, miedosa de cometer pecado”, prosigue Milanés con una auto-enmienda que consigue superarse a sí misma por azogada: “Esa fue la primera impresión, pero la segunda, fue más solemne y peligrosa: me di cuenta de que no solamente eras todo lo que yo había pensado, sino más aún, estabas ingresando en ese grupo selecto de la ultraderecha miamense que no admite reconciliaciones, críticas y que cuyo único neolítico gesto es romper discos con aplanadoras. Tú, al igual que ellos, no quieres amor, quieres odio, tú al igual que ellos, no quieres reconciliación, quieres rencores y desunión, tú en suma, no quieres al pueblo cubano, ni de allá ni de acá. Edmundo, tú no quieres a nadie y no me hubiera extrañado verte en esa “enorme” turba gritando “Abajo, abajo”, donde sin duda alguna hubieras sido bien recibido”. Con semejante “boutade” corresponde Milanés nada menos que a la recriminación de García quien le espeta a la cara: “sin esa Revolución a la que tantas manchas le ve y a la que tanto critica; sin esos dirigentes que la hicieron y hoy la reforman y perfeccionan junto al pueblo cubano; sin las dinámicas que generaron la estética cultural en la cual el querido Pablo se insertó para beneficio de su crecimiento como artista, no hubiera pasado (pienso yo) de ser un bolerista con una guitarra en un bar de Bayamo, o en el mejor de los casos de La Habana”.

Tal vez no le falte algo de razón a García. Porque al margen de la calidad, ahí están para recordarnos del poder transformativo de la que García insiste en llamar revolución, los viejitos del Buenavista Social Club y una larga lista de marginados porque en un momento dado el régimen decidió darles baja de la nómina oficial mientras favorecía a los integrantes de la Nueva Trova y a la Orquesta Van Van, cuyo nombre resuena todavía como un disparo a la nuca de la cultura popular cubana autóctona no prefabricada por la tiranía.

Ni corto ni perezoso, pero siempre en el novedoso papel de “conciliador” que tan mal va con el verdadero espíritu que trasluce la carta de Milanés, declara éste dirigiéndose presuntamente a García, y como quien tiende una rama de olivo a su acusador: “Edmundo, mis 53 años de militancia revolucionaria me otorgan el derecho, que muy pocos ejercen en Cuba, de manifestarme con la libertad que requieran mis principios y esa libertad implica que no tengo ningún compromiso a muerte con los dirigentes cubanos, a los que he admirado y respetado, (subrayado absolutamente mío) pero no son Dioses, ni yo soy fanático, y cuando siento que puedo hacer un reproche y decir no, lo digo, sin miedo y sin reservas.

Debemos sin dudas tomar por buenas estas afirmaciones de Milanés sólo porque así ha de ser, aunque siempre que hayan tenido lugar algunas declaraciones ocurren fuera del país y con cortapisas evidentes de su parte.

“Cuando veo que unas señoras vestidas de blanco protestan en la calle y son maltratadas por hombres y mujeres, no puedo por menos que avergonzarme e indignarme y, de algún modo, aunque no estemos de acuerdo  absolutamente, solidarizarme con ellas en su dolor; porque lo más vil y lo más cobarde puede ser que una horda de supuestos revolucionarios ataque despiadadamente a estas mujeres”.

Según se ha dicho, y yo naturalmente concurro con esta verdad de Perogrullo, Milanés está en su derecho de creer (y de seguir creyendo) lo que mejor le parezca, pero esto de venir a dictar cátedra a propósito de las Damas de Blanco como si se tratara de algo nuevo o insólito bajo el régimen en el que él afirma creer a pie firme no es sino la misma actitud de quienes atribuyen a Stalin toda la culpa de ‘los excesos’ soviéticos y no al régimen comunista mismo, cual si bajo Lenin antes y bajo los sucesivos capitostes en el poder, incluido Nikita Kruchov y sucesores no hubiese persistido en el mundo comunista el horror impuesto en nombre de esa ideología. Ni siquiera habría que dudar de la sinceridad con que Milanés se pronuncia respecto a las agresiones a las Damas de Blanco cuando dice: “No hay ningún código que defienda eso en el mundo, es más, la violencia de género se queda corta al ver esas salvajes manifestaciones. Estos dos conceptos que te he expresado, pero tú no has entendido – no hay duda de que estás en tu época de infantilismo revolucionario -, no implica que esté en desacuerdo con Fidel y tampoco implica que esté de acuerdo con las Damas de blanco. Pero tú vas al blanco o al negro, (más al negro que al blanco) y no tienes matices y los años irremediablemente te van a hacer aprender lo que es un verdadero revolucionario o inexorablemente vas a ingresar en ese mundo en el que he visto a tantos como tú, vagando, perdido en la nada”.

Milanés toma el rábano revolucionario por las hojas que mejor le convienen. Recordemos que cuando Lenin se refería al “infantilismo revolucionario” lo hacía en sentido contrario a la dirección en que buscan ir las palabras de Milanés, pues se refería a la necesidad de una estricta disciplina y obediencia de parte de los verdaderos comunista a las disposiciones de la cúpula o “vanguardia” dentro del mismo Partido, de manera que sin cuestionar razones o principios, estos se adaptaran a las circunstancias bajo las disposiciones del liderazgo, a diferencia de aquellos que se apegaban a unos “principios” rígidos que no siempre convenía sostener para el éxito de una política determinada. Es decir, que en sentido estricto leninista, es Milanés quien asume por su cuenta y riesgo posiciones de “infantilismo revolucionario”. La defensa a ultranza del Partido y “la Revolución” (léase ideología y presupuestos de la clase dirigente) que asume García es la que corresponde. Milanés, si bien está en esencia de acuerdo con el otro, se ha dejado llevar por algunos falsos indicios (tal vez inducidos en su cerebrito por maliciosos compañeros que buscan perderlo para sus propios fines) y ha creído ser incluso mejor revolucionario que Fidel y Raúl y la nomenclatura que los sigue obedientemente. Como ya he sugerido antes, no habría que sorprenderse de que lo de García también resulte parte de un guión en el que uno y otro desempeñen un papel cuyas consecuencias últimas ninguno alcance a vislumbrar, cegados por su propia aura o por la ignorancia respecto a las concomitancias de ambos roles, pero es indudable que el superpapel de duro no le ha sido asignado a Milanés. Y lo que será peor para él a la larga, que no jugó a la entera satisfacción de sus dirigentes el papelito asignado, pese al escarceo originado en torno al concierto miamense. (Veamos que pasa con Hugo Cancio, el promotor).

Aunque esté lejos de mi intención agotar esta jugosa página de Milanés en respuesta a García, aquí les va una última muestra de las declaraciones del primero para que los lectores juzguen: “Edmundo, te invito a que cojas tus maletas y regreses a tu país y allí tengas el valor de denunciar todo lo malo que veas, porque Edmundo, te advierto, esa lucha sí es dura y no te calles como esos miles periodistas de allá, cómplices lamentables del silencio”. Aquí el Milanés diáfano de sus mejores canciones de amor, se parece demasiado a Silvio Rodríguez con sus piruetas seudo poéticas y seudo sesudas. ¿Quién entiende semejante enredo? ¿Lo entenderá el mismo Edmundo García? Porque Milanés seguramente no busca decir lo que parecería decir cuando habla de “lo dura” que es la situación de los periodistas en Cuba. Ni se imaginen que lo diga por los reporteros independientes encarcelados una y otra vez, deportados a España, golpeados y amenazados constantemente por la maquinaria del estado cubano. ¿De qué miles de periodistas “cómplices lamentables del silencio” hablará Milanés? No creo que se esté refiriendo como parecería lógico y consecuente con la verdad hacerlo, de quienes en el mundo libre apuestan abierta o solapadamente por “la Revolución” todavía después de cincuenta y tres años de tiranía contra el pueblo cubano que la padece. Y menos podría referirse a la nómina absoluta de los chupatintas oficiales domesticados por y para el régimen. No. Milanés seguramente no sabe de lo que habla. Se confunde con su propia sintaxis, porque Milanés no es otra cosa que es un loro amaestrado que ha llegado a creerse catedrático de izquierdas. La diferencia concierne únicamente al grado de documentación y flema de que el catedrático estaría en condiciones de dar muestras. Milanés debe ser un lector asiduo de periódicos como “El País”, de España, a juzgar por los endemoniados presupuestos de los que da cuenta sin percatarse del cantinflismo que lo caracteriza. Al menos, Edmundo es consecuente con su inmundicia. Sería de agradecer que alguno de los amigos del cantante (si es que los tiene de verdad como asegura) le diera un buen consejo, o dos. Si yo fuera amigo suyo le aconsejaría de inmediato formar un trío con Edmundo de segunda y Hugo Cancio de lo que fuera, para dar vitalidad a la Nueva Trova, y cuyo nombre bien pudiera ser “Los Rubíes, o si se prefiere “Los rubises”, por aquello de que ya “los Zafiros” son cosa del pasado.

Rolando D. H. Morelli, Ph.D., es narrador, poeta y ensayista cubano exiliado. Pertenece al Pen Club de escritores. Co-fundador y director de las Ediciones La gota de agua. Reside en Philadelphia.

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