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Economía en Cuba: menos plan y más libertad

Alejandro Gil, ministro de Economía y Planificación de Cuba, Plan,

MADRID, España. — Sinceramente, a estas alturas de la fiesta, cada vez tiene menos sentido dedicar un instante, solo un instante, al plan de la economía en Cuba. Demasiados fracasos seguidos. La pieza central del engranaje del modelo económico y social que fue impuesto a los cubanos por la llamada Revolución es incapaz de dar solución a los problemas de la sociedad. Aunque Díaz-Canel insista una y otra vez en que “hay que trabajar con mucha seriedad, responsabilidad y profundidad los elementos del plan de la economía y el presupuesto del Estado para 2023, y hacerlo de la manera más realista posible”, sabe que está perdiendo el tiempo. Los cambios y el maquillaje “localista” que le quieren dar al plan no van a ningún sitio.

Un artículo en Granma titulado Trabajar con responsabilidad y profundidad el Plan de la Economía y el Presupuesto para 2023 trata sobre estas cuestiones. Allí se citan palabras de Díaz-Canel en el Consejo de Ministros en el sentido de que “tenemos que llevar al país, partiendo de nuestro propio esfuerzo, de nuestro propio talento, de nuestra propia inteligencia, a una situación diferente en lo económico y en lo social, y eso debe tener un reflejo en el plan que vamos a trabajar para 2023, y en lo que estamos haciendo desde ahora para ir a una mejor situación”.

Ojalá. Pero mucho me temo que con el plan y el armatoste intervencionista del modelo social comunista no se va a llegar muy lejos. Y mucho menos con la orientación que pretenden dar. La economía cubana necesita justo lo contrario: libertad y flexibilidad, y mayor protagonismo de los actores privados, derechos de propiedad y mercado para asignar los recursos a sus distintos fines. No es con más Estado, intervención y plan como se puede mejorar la vida de los cubanos. ¿Para qué seguir con la misma matraca de siempre?

El plan de la economía, centralizado, jerárquico y burocrático, es un instrumento obsoleto, que ha mostrado en numerosas ocasiones que es incapaz de prever los hechos económicos, de modo que lo habitual son los incumplimientos. Su estructura jerárquica y centralizada es contraria a la racionalidad económica y somete el comportamiento de los actores privados y estatales a directrices de obligado cumplimiento, elaboradas por un sanedrín de burócratas aburridos. Con todo ese conjunto de ineficiencias, el plan no permite articular los procesos y generar los “encadenamientos” de los que tanto habla Díaz-Canel sin saber muy bien de qué se trata.

No hay sector de la economía cubana en que el plan acierte en sus previsiones. Las actuaciones que se exigen a los actores económicos escapan de cualquier realismo y es tanta la burocracia que se pierde más tiempo rellenando formularios que no sirven para nada que tomando decisiones rápidas y eficientes para atender las necesidades sociales.

Lo peor de todo esto es que los dirigentes comunistas cubanos se han tomado el plan como algo propio, ideológico y reaccionario, a lo que no están dispuestos a ceder. Gran error. Chinos o vietnamitas rechazaron el plan y apostaron por las libertades económicas y así están alcanzando cotas crecientes de prosperidad. Que los dirigentes comunistas cubanos se escuden en el contencioso con Estados Unidos para afirmar que “no cederán en sus principios, ni habrá negociaciones” para dejar atrás lo que no funciona, es decir, el plan, es la crónica de un desastre anticipado que acabará provocando daños colaterales.

Por ejemplo, la crisis alimentaria que se acerca como consecuencia del impacto de la invasión de Rusia a Ucrania. Quién lo iba a decir. El principal aliado de la Cuba comunista, Putin, está provocando tensión en los mercados mundiales de materias primas y alimentos, y los analistas ya hablan de una crisis global alimentaria que tendrá consecuencias nefastas sobre la economía cubana. El plan ni lo menciona, lógico, cuando se elaboró hace meses esto no era previsible.

Dicen que lo quieren actualizar. Ya se verá qué tardan; a lo peor cuando acaben de hacer los números, la crisis ya estará golpeando a la débil economía cubana. Los comunistas de la Isla se creen que con publicar una ley o elaborar un programa de soberanía alimentaria y educación nutricional ya han cumplido con su papel, y se equivocan. La solución está en el surco, en forma de más producción y de otro modelo de organización. Allá ellos.

También dicen que quieren potenciar con el plan la inversión extranjera y el turismo, como si eso se pudiera hacer y lograr desde Cuba. Llevamos mucho tiempo tratando de explicar a los dirigentes comunistas que el capital extranjero elige libremente sus proyectos de inversión allí donde se presenten las condiciones adecuadas. Mientras que en Cuba rija la Ley 118 de la inversión extranjera, no hay que esperar mucho. Del turismo, ya se sabe: este año no se alcanzará ni de lejos el objetivo de los 2,5 millones de visitantes.

Incluso, detrás del plan hay viejas argucias comunistas que no van a ningún sitio, como el tema de la participación de los trabajadores. En un país en que no existen sindicatos de clase libres e independientes ni tampoco organizaciones empresariales que puedan abordar un diálogo social y un proceso de concertación y negociación colectiva democrático, como recomienda la Organización Internacional del Trabajo (OIT), los comunistas defienden la participación de los trabajadores en el proceso de elaboración del plan de la economía. ¿Es esto realista? ¿Este tipo de participación asamblearia es lo que necesita el país?

Por supuesto que es bueno que los trabajadores hablen. Se aprovecha su talento, pero hay que definir procedimientos eficaces en los que se alcancen soluciones realistas y fáciles de implementar, y que esa participación no sea un elemento burocrático más del proceso, de la que nadie se acuerda después.

En definitiva, el plan, por definición, está mal orientado, porque su objetivo es “la búsqueda constante de acciones que permitan garantizar lo mínimo necesario a la población, desde las vías más económicas posibles”. Esa apuesta por lo “mínimo necesario” deja fuera del plan a aquellos segmentos de la sociedad, cada vez más amplios, que no se conforman con el reparto igualitario y que aspiran a más. Aspiran a más alimentos, medicamentos, servicios de transporte, salud, educación, cultura, deporte, seguridad y atención social, servicios comunales, abasto de agua, tratamiento de residuales, electricidad y otros. Y sobre todo con más calidad. El igualitarismo comunista es un instrumento que acaba destruyendo la prosperidad de una nación.

¿Y qué decir de la empresa estatal? El mantra por excelencia, tanto que nadie sabe qué hacer con ellas, o en qué dirección se deben mover. Más aún desde la aparición de las mipymes, que ya superan en número a las empresas estatales. Los comunistas hablan de ceder todas las facultades posibles al sistema empresarial para diversificar producciones y servicios, de manera que las empresas produzcan todo lo que puedan y así dar respuesta a demandas de la población asociadas a determinados bienes y servicios. Pero esa cesión de facultades es insuficiente y la realidad es que no permite a las empresas funcionar con la necesaria autonomía por las redes burocráticas que las controlan y dirigen.

En cuanto al programa de inversiones y el plan, los cubanos todavía no consiguen entender cómo el régimen dedica cada vez más recursos a la construcción de habitaciones de hoteles para turistas que no acaban de llegar; en cambio, no se destina ni un peso a la construcción de viviendas para la población. La elección de inversiones con criterio político es otra fuente de irracionalidad del plan que supone un notable despilfarro de recursos.

Llegados a este punto, y con referencia al desarrollo local, el primer ministro Manuel Marrero advirtió que las propuestas del plan “tienen que estar en correspondencia con la estrategia de desarrollo local”. Esa idea de resolver con el presupuesto de un año todos los problemas del municipio va en contra de la eficiencia del aprovechamiento de la escala para producir bienes y servicios a costes unitarios más bajos que contribuyan a reducir la inflación. La apuesta por el desarrollo local que se hace en el plan, además, crea inequidades en el territorio en función del dinamismo económico de las zonas y aumenta con ello las desigualdades sociales por la residencia.

Llevar el plan a los municipios es una novedad en este año. Un maquillaje que cambia la concepción de los proyectos, que se aprueban en la asamblea municipal, reflejando las problemáticas e intereses de las comunidades, en los barrios. Los que elaboran las propuestas, tienen la responsabilidad de fijar las soluciones a los problemas de ellas.

¿Tiene sentido esta orientación municipalista y localista del plan, hasta ahora centralizado a nivel de Estado? No lo parece. Lograr que el presupuesto se destine al barrio para que provoque una transformación real y se aprovechen mejor las potencialidades en la producción local de materiales de construcción no garantiza que se cumpla lo planificado, porque el estímulo presupuestario no es suficiente para generar actividad económica. Hacen falta muchas más cosas para ello, y no están precisamente en el plan comunista, sino en el ámbito privado. A nivel local, los incumplimientos del plan pueden ser incluso mayores. Los comunistas cubanos no han reflexionado sobre esta cuestión. El plan tiene sus días contados, pero se resisten a dejarlo atrás.

ARTÍCULO DE OPINIÓN
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