Deporte cubano: la revuelta de los gladiadores

Deporte cubano: la revuelta de los gladiadores

“Los próximos que salgan a jugar en el extranjero, tendrán que mandar sus medallas por bulto postal, pues se van a quedar todos”

toronto-al-menos-28-cubanos-de-jpg_654x469LA HABANA, Cuba. – Aunque la ocurrencia no sea novedad, sí se proyecta como nueva la masiva reacción del público, en La Habana, ante la tropa de deportistas que abandonó la delegación nacional durante los XVII Juegos Panamericanos Toronto-2015. “Los próximos que salgan a jugar en el extranjero, tendrán que mandar sus medallas por bulto postal, pues se van a quedar todos”, sentenciaba alguien desde un grupo de “analistas” que está muy activo por estos días en una de las esquinas de mi barrio. Otro reía y hacía a reír al corro con la anécdota de una de las deportistas que, según él, llamó a su madre desde Toronto para decirle que estaba bien, pero que no la esperase, y que la próxima vez que se encontraran sería en los Estados Unidos, “porque aquello no hay quién se lo meta”.

Al margen de lo que fuera en años y aun en meses pasados, lo que está ocurriendo justo durante estos días con los deportistas no es sino reflejo (aunque más notorio, por su alcance mediático) de lo que ocurre con la inmensa mayoría de los jóvenes cubanos. No quieren hipotecar su presente, y menos su futuro, a cambio de nada, como no sea la retórica falsa y manipuladora de un grupo de poder que arruina al país y lo hunde en la desesperanza, mientras nutre su ego y su estatus político con el fruto del sacrificio ajeno.

Esta vez fueron casi 40 los atletas que ellos califican como desertores. Aunque parece difícil precisar la cifra exacta. Primero se habló de 28; luego, de 31; pero el número continúa aumentando con el avance de los días. En cualquier caso, el suceso muestra más a través de su significado que mediante los números fríos. La revuelta tiene lugar en la primera línea de la dotación de esclavos, mucho más importante para nuestros caciques que todos los profesionales del país, incluidos los médicos, aun con sus aportes millonarios. Desde su búnker de convaleciente majadero, Fidel Castro exige al cacicazgo que no olvide la época en que esta islita ocupó el primer lugar del mundo en medallas de oro por habitante. Si una mínima atención merecieron alguna vez de su parte los cubanos (y en especial los negros) fue justo al valorarlos como posibles medallas.

Sin embargo, la historia no transcurre de balde, ni la dialéctica se hace letra muerta por falta de uso. Y hoy por hoy provoca lástima ver cómo la decrepitud les conduce a creer que con sus viejas y vacías apelaciones al honor patrio y a la dignidad podrán seguir engatusando a estas nuevas generaciones, que no les debe nada, que no les quiere ni respeta, y que no ve en ellos sino a ancianos rascarrabias, impertinentes e insufribles que disfrutan con aguarles la fiesta.

Más que alarmante y desvergonzado, debe resultar ridículo para la mayoría de los jóvenes deportistas y aficionados en Cuba el afán del régimen por negociar con las organizaciones del deporte profesional en el mundo con la intención de venderles atletas, como si fueran tabacos, reservándose para ellos la mayor ganancia, en tanto dueños de la finca donde se cosechan. Y más que sorpresa, debiera ocasionarle desvarío a cualquier persona del mundo civilizado constatar que algunas de estas organizaciones aceptaron ya de hecho sus ofertas.

Ahora mismo, dentro del grupo de “analistas” de la esquina en mi barrio se conversa sobre la posibilidad de que el mismísimo sistema de Grandes Ligas del béisbol profesional en los Estados Unidos esté negociando en secreto con los caciques la compra de Yulieski Gourriel, el más aclamado jugador de pelota en la Isla. Más que escandaloso, sería kafkiano que en pleno siglo XXI, y desde el tuétano de la mayor democracia del planeta, se reeditara oficialmente el tráfico esclavista.

Pero es así como tenemos que mientras, por una parte, el régimen continúa convocando a sus atletas para que, sin miedo y sin esperanza, como los gladiadores de Roma, sigan dándolo todo por ellos, a cambio de una muela patriótica en el aeropuerto; y por otra parte, intenta vendérselos al menudeo al “enemigo”, poniendo a un lado el socorrido honor con que pícaramente no dejan de tomarles el pelo. Y luego, se sorprenden al enterarse de que en su dotación de primera línea los esclavos dejaron de ser medallas y ahora son al fin seres humanos con la debida masa cerebral y hasta con un corazoncito propio.

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