Del fidelato al raulismo: Una falsa perspectiva de cambio y mejoramiento sin fin a la vista

Del fidelato al raulismo: Una falsa perspectiva de cambio y mejoramiento sin fin a la vista

Más que una transición, en Cuba se produce una transacción para apuntalar el poder personal de los oligarcas

PHILADELPHIA, Pennsylvania, marzo, 173.203.82.38 -Raúl Castro anuncia como cosa de broma que dentro de muy poco podría jubilarse, después de todo él también está en edad de pasar a retiro. La noticia, como era de esperarse, pasa casi inadvertida. En fin, que ni siquiera los más ingenuos le dan crédito. Con toda seguridad debió tratarse de uno de esos típicos chistes raulistas. Raúl es un pesa’o, del carajo, pero a veces le gusta hacerse el chistoso, y ésta ha sido una de esas veces. La declaración por supuesto llevaba otra intención, se trataba de una alusión al anuncio del Papa de que había decidido acogerse a la jubilación. Después de todo, a los obispos se les retira llegados a no sé qué edad. Y el Papa es, ante todo, el obispo de Roma. Raúl también lo es, no de Roma, por supuesto. Está visto y comprobado que todos en la familia imperial cubana padecen de este afán de codearse con lo que alcanza resonancia y brillo en el mundo del espectáculo mediático, los mismos a quienes dicen detestar. ¡No hay que perder nunca la ocasión de aparecer en la foto, aunque sea con los capitostes de la iglesia, y de robar protagonismo a su Santidad si viene al caso! En los predios del feudo es cosa más fácil, pero en cualquier parte se cuecen habas. De las fotos nacen luego las leyendas, casi de inmediato. ¡Qué se lo digan al Ché, cuya historia se resume en un retrato! Fotogénico el muchacho. Hace varios años, el hermanísimo del actual obispo-Regente en Jefe, ahora presuntamente retirado —aunque sigue mirando por encima del hombro del Eterno Príncipe Heredero de la corona— declaraba contrariado a quienes le preguntaban si no era ya la hora de celebrar verdaderas elecciones, que ni la reina de Inglaterra ni el Papa eran elegidos por nadie, y ninguno iba a pedirles elecciones a ellos. Véase a la vez que la falsa argucia leguleya en el paralelo, el afán de compararse siempre con otros señores feudales, que prevalece en la familia. No podría pues, ser causa de asombro ahora mismo, que el segundón se aplicara la formula en relación al Papa. “Yo también podría pasar a retiro”, declara. Parece una amenaza dirigida a sus secuaces, cuando no es más que la declaración de su propio miedo. El hermanito bien podría desplazarlo a conveniencia, si pareciera del caso.

Por esta senda inalterable cuya sinuosa orografía se esboza en el párrafo precedente, podríamos seguir haciendo, per secula seculorum, el presuntamente cubanísimo e insoportable cuento de la buena pipa: ¿Quieres que te haga el cuento de la buena pipa?, etc. Pero el asunto no es de cuento. De lo que se trata es de una verdadera tragedia. De un drama, si se prefiere, por aquello de los innumerables elementos de risa que contiene. ¡Mejor, no de la tragedia clásica pura, sino de una tragedia absurda con su acogida para el humor negro! Por conveniencia, podríamos considerar su desarrollo dividiéndolo en dos fases que son como cambios aparentes de escenografías, con nuevos y viejos actores, pero siempre girando en torno de los mismos protagonistas de horca y cuchillo: C. primero y C. segundo.

Así que pasen cincuenta años…

Más de cincuenta años de ejercer el poder por medio de la violencia, hasta convertir ésta en una institución de apariencia legítima, amparada en estructuras legalistas, es demasiado tiempo para cualquiera en cualquier parte. Hasta los hijos acaban por rebelarse contra la tiranía de sus padres si ésta se extiende más allá de lo razonable, o acaban por sucumbir a ella cuando no consiguen deshacerse de semejante peso. Nadie levanta cabeza bajo el cepo. El esclavo se rebela, o escapa cuando puede, que es también una forma de rebelión. El cónyuge se aparta y pone a salvo su vida. Los más desesperados o apocados se suicidan, que es hacerse con la propia vida, o mejor, con la muerte, a manera de desafío ya sin riesgos. Para una mayoría de seres humanos, no vale la pena vivir cuando se vive esclavizados. Lo proclama el Himno Nacional cubano, que nada les dice ya a la mayoría: “En cadenas vivir, es vivir en oprobio y afrentas sumidos”. Hasta los venidos al mundo ya con el collar en su sitio, sienten a veces el tirón de la naturaleza que reclama sus fueros.

Cincuenta años es más de la mitad de una vida. La tiranía cubana ya los sobrepasa con creces. El único cambio aparente en el curso de la misma ha sido el traspaso formal de mando del primero al segundo de la dinastía Castro. Pero del fidelismo (entendido aquí como una primera fase) acogido al lema “la Revolución soy yo”, al raulismo asentidor “no podemos dejar que se pierdan los logros de la Revolución”, más que una transición lo que ha tenido lugar es una transacción para apuntalar el poder personal de los oligarcas. Nada ni remotamente parecido a un cambio ha tenido lugar. Muchas esperanzas fueron concitadas en los momentos mismos en que se preparaba el “traspaso” de poderes, y hasta comentaristas avezados y generalmente bien informados del exterior, parecieron confundirse: Raúl representaría el cambio mal que le pesara. Se trataba de un pragmático. Era un administrador hábil, según demostraba su desempeño al frente del ejército. Las premisas manejadas no eran disparatadas, lo fueron las conclusiones extraídas. Raúl es, en efecto, un pragmático, y un hábil administrador de recursos, por eso sus medidas y decisiones, además de estar supeditadas y en concordancia con las de su hermano, estaban encaminadas sobre todo a conservar el poder a cualquier costo. Cambiar de mayorales de vez en cuando sirve para dar la impresión de que “ahora sí van a cambiar las cosas”. Es la técnica empleada desde el comienzo mismo de la llamada Revolución por los hermanitos Castro y sus acólitos, como parte del proceso de transformar una nación llamada Cuba en un feudo personal. Donde abundan los mayorales, y los aspirantes a mayorales con ínfulas, es fácil disponer de ellos. La masa de siervos sólo puede aspirar a que las cosas mejoren. La esperanza, ya se sabe, es lo último que se pierde, según insiste en consolarnos el refrán.

Al principio, hasta el mismo Ché Guevara admitía que era difícil construir el socialismo porque el obrero cubano había vivido una época de prosperidad material superior a la de cualquier otro latinoamericano (Che dixit) y le costaba renunciar a esa posesión y abrazar la idea misma de Socialismo, que significaba la renuncia misma. ¡Había pues que convencerlo, aunque sería por las malas! Por admisiones de esta índole, francamente ingenuas que él creía sinceras y sin dudas lo eran también, los hermanitos tuvieron que deshacerse del argentino. Antes se habían deshecho por vías diferentes y por métodos similares de Camilo Cienfuegos y Huber Matos. Del primero porque era demasiado popular y podía ser impredecible, y del segundo porque no entraba en componendas y tuvo el mal escrúpulo de jugar limpio, llamando a las cosas por su nombre. De los intrigantes comunistas del viejo Partido Socialista Popular con los hermanos Escalante a la cabeza se desembarazaron expedita y pragmáticamente los otros hermanos, mediante un proceso amañado, como todos los que han sido bajo la égida de los Castro, llamado de la Microfracción. Blas Roca y Lázaro Peña, dos de los principales sobrevivientes de este naufragio se acogieron a sagrado en el seno de la Revolución que les perdonó no haber dicho ni esta boca es mía. En ese obsequioso ninguneo murieron ambos, y están a la izquierda del Padre, o a la derecha, hoy es ya imposible establecer estas precisiones. Otros figurones del viejo partido no tuvieron la misma suerte, aunque tampoco fueran deportados a Siberia como el inefable y otrora todopoderoso Anibal Escalante, ni ejecutados como el trágico Marcos Rodríguez, sacrificado cronológicamente antes, por presuntos delitos de traición contra otros revolucionarios y tildado de “raro”, “extremadamente raro con sus sandalias y sus modos equívocos”. ¡Ah! ¡Los homosexuales! Está claro que para lo único que sirven en este tinglado es para aplaudir a quien más y mejor, como el otro Guevara, el cinéfilo, amigo de la universidad, del emperador en cueros. O los inefables Miguel Barnet y Pablo Armando Fernández. Si sabían bien esto Lezama Lima, Virgilio Piñera, Reinaldo Arenas y José Mario, entre innumerables otros, que por negarse a prodigar aplausos pagaron con su piel. O el poeta Heberto Padilla, que no siendo homosexual se atrevió a tener como aspiración situarse “Fuera del juego”. De los fusilamientos y juicios sumarios iniciales —televisados para aleccionamiento general—, y de las recogidas en masa con cualquier pretexto, a la institución paulatina de la represión, el camino del infierno ha estado empedrado siempre de declaradas buenas intenciones. De los fusilamientos al encarcelamiento de millares de personas, del UMAP al Sidatorio, pasando por la Columna Juvenil del Centenario, el Ejército Juvenil del Trabajo y el mismísimo Servicio Militar Obligatorio, podría componerse una lista interminable del infame tráfico y explotación de esclavos en pleno siglo XX, que llega a nuestros días con otros nombres. Blancos, negros y mestizos todos caben. ¡La igualdad o el igualitarismo socialista del reino de este mundo, como quería Alejo Carpentier para los de la isla, bajo la advocación siempre generosa de la dinastía Castro! ¡Salve! ¡Aleluya!

Las escuelas en el campo, para mejor salvaguardar las ideas y las conquistas revolucionarias. La universidad nada más que para los más que probadamente revolucionarios… La estultez como aspiración y único medio para realizarse. ¡Una contradicción marxista! O tal vez no. La sociedad como tabla rasa, o como palimpsesto sin escritura previa. Se descubre por este rumbo que hasta Solón era cubiche, y marxista. Vamos, que inventó él sólo todo el asunto. Luego era pariente de Martí y por esta vía entronca directamente con la dinastía de los Castro. Todo queda en casa. ¡Unos genios! La historia no es lo que insisten en decirnos las fuentes enemigas, que naturalmente desconocemos, sino lo que nuestra educación socialista y revolucionaria nos enseña. ¡Gratuita, universal, humanística, científico-técnica!

Al comienzo y durante muchas décadas se ametrallaba en el mar a quienes intentaban escapar, y se hacían las preguntas después, no a los muertos, sino a los parientes, amigos o conocidos que podían saber algo o no haber revelado una sospecha. Cuando la caldera se recalentaba al interior, podía acudirse a salvoconductos masivos como el de Camarioca, seguido por los vuelos de la libertad, acordados con el gobierno americano, o mucho más tarde el éxodo del Mariel tras el escándalo de la Embajada del Perú en La Habana, o la ola de balseros desde todas partes, pero preferentemente desde Cojimar. ¡Pero no confundir la autorización a escapar del país con una absoluta tolerancia de los revolucionarios! El hundimiento de una embarcación cargada de pasajeros en el Río Canimar en 1980, y mucho más tarde la acometida y hundimiento del remolcador 13 de marzo frente a la Bahía de La Habana, dan cuenta de una determinación del poder de establecer los límites de su tolerancia. ¡Qué el relajo sea con orden! No olviden quién sigue teniendo la sartén por el mango.

La revuelta ciudadana: la recuperación paulatina y desesperada de una sociedad civil; la lucha en defensa de los derechos individuales que va de Ricardo Boffill a las Damas de Blanco y sus esposos y familiares encarcelados por hacer oír sus voces dentro y fuera de Cuba… ¿Acaso se les escucha para dar al menos la impresión de que algo ha cambiado? ¿En qué consiste el cacareado cambio raulista? El periodismo independiente, algunos “blogs” y las llamadas “nuevas medidas que autorizan a (algunos) cubanos a viajar al extranjero”, ¿qué cambio verdadero representan?

La serpiente se muerde la cola. Muchos son los que ahora terminan en Miami o en otros puntos del planeta, por una vía u otra, pero no es fácil liberarse de la confusión sembrada en sus cabezas por la educación presuntamente gratuita. Cuando menos, el emperador de marras les parece una figura anticuada, patética, pero es como Silvio o Pablito, un recuerdo inseparable de su obsolescencia, perdón, adolescencia. ¡Pobrecito el muy canalla! Tampoco hay porqué alegrarse del mal de nadie, ni de que se muera pronto ni nada de eso. La gente de aquí que es mala, muy mala, la verdad. Después de todo, allá no se vive tan mal nada. Y ahora hasta podemos ir de visita y llevar cosas y hacernos admirar por los que se tienen que quedar del lado de allá.

Claro que aquí tampoco termina aún la puesta en escena. El raulismo sagaz quiere seguir pasando página, re-escribiendo con tinta simpática, él que es tremendo pesa’o, la parte que le toca. Mariela, su hija, viajera incesante va por el mundo sumando a la causa el concurso de locas desmemoriadas o ignorantes, y de transexuales a quienes promete que si hubo penas habrá olvidos porque nada de lo ocurrido, que tampoco fue tan malo como se dice fuera de Cuba, ocurrió por culpa de su padre o de su tío. Fueron otros. La vieja sociedad que era MUY, pero QUE MUY machista. ¿Quién se va a acordar de la apoteósica acogida a Pedrito Rico de aquella sociedad machista, o de la recepción tributada a la primera transexual del mundo, una danesa que hasta llegó a actuar en Tropicana? ¿No tuvo el incomparable Bola de Nieve, que además era negro, su propio programa de televisión antes de que Nat King Cole, que no era homosexual, pudiera decir lo mismo en los Estados Unidos? ¿Y Luis Carbonell, el acuarelista de la poesía antillana? ¿No paseó a su negra Fuló de bata y cola larga por los escenarios de la televisión y los escenarios cubanos antes de que los Castro llegaran y “mandaran a parar” con la anuencia y connivencia de Carlos Puebla y sus incondicionales? ¿Tuvieron que enfrentarse alguna vez cualquiera de estos artistas a una veda por su condición sexual a la hora de viajar a México, Perú o cualquier otro destino libremente escogido por ellos?

El trayecto de la Revolución ha sido interminable, desastroso, devastador y lleno de trampas y espejismos. En conclusión, durante esta larga etapa de nuestra historia que pasa de medio siglo y podríamos convenir en llamar del fidelato al raulismo, hemos transitado los cubanos por una agónica e infinita perspectiva de falsos cambios hacia un empeoramiento inevitable, cuyo final no se divisa claramente aún, aunque pueda adelantarse con seguridad un estrepitoso derrumbe, en el mejor de los momentos de esos que de continuo se predicen.

Rolando D. H. Morelli, Ph.D., docente, narrador, poeta y ensayista cubano exiliado. Ha sido profesor universitario en prestigiosas universidades norteamericanas. Pertenece al Pen Club de escritores. Co-fundador y director de las Ediciones La gota de agua. Reside en Philadelphia.

© Rolando D. H. Morelli

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