Cuba: La traza indispensable

Cuba: La traza indispensable

Los cubanos quizá pudiésemos abordar nuestra historia de nación en ciernes, atentos a la traza indispensable que nos dejará el sufrimiento vivido

Fotografía de una calle del centro de la ciudad de La Habana
Fotografía de una calle del centro de la ciudad de La Habana (Foto Archivo)

BORDEAUX, Francia.- Con la aplicación del Título III de la Ley Helms-Burton algunas familias cubanas y extranjeras, expoliadas por el régimen castrista, revivirán la violencia que se usó contra ellas en nombre de una quimera criminal a muy largo plazo, sin que, hasta el sol de hoy, se vislumbre el final de la noche  ̶ como diría un insigne cubano ̶ .

El famoso Título III es para el presidente Trump un instrumento de presión política exterior, sin que olvidemos el beneficio electoral que, evidentemente, debemos contextualizar a sabiendas de que la aplicación de este capítulo no tendrá ningún efecto en el comportamiento gansteril de los que gobiernan en la isla de Cuba. Esto, a pesar de las protestas enardecidas de La Habana, y de las discretas intervenciones ante aliados y amigos del presidente Trump, las cuales forman parte del paripé proteiforme del régimen. Pero nada de eso le importa a Raúl Castro y a su gente, porque ellos ya están en otra dimensión, con gerente y enterrador del gran desastre cubano.

Todos esperamos que los servicios especializados de la administración estadounidense hayan anticipado el “ni pito ni flauta” del régimen cubano, que no pagará por una cuestión de doctrina dogmática, además de porque no puede pagar, pues viven gracias a una económica fluctuante de tendero gallego, la cual incluye la piratería a nivel internacional (¡pero ojo¡, se trata de una piratería proletaria).

Señores, hay que consultar las cifras reales de la balanza comercial y de la deuda financiera de Cuba para entender que las esperanzas de las familias y de las empresas expoliadas en Cuba se limitarán a una especie de satisfacción póstuma y simbólica, porque, entre otras cosas, en este asunto la mitad de la humanidad hará trinchera común con esa dictadura cubana que facilita los negocios sin sindicatos, con un control centralizado del Estado y su mano de obra esclava, y no hablo aquí de la pachanga de nuestros queridos inversores en La Habana.

El único beneficio de la aplicación del Título III será mantener viva, en los cubanos, la convicción de que no hay impunidad para la violencia liberticida, que gradualmente creó un apartheid de facto en una sociedad dinamitada. Los expoliados y los por expoliar guardarán, como hasta el día de hoy, la convicción de ser víctimas de un horror total en una Isla (con cordón sanitario y todo…) cuya población total cabría en la ciudad china de Shenzhen, o, dicho de otro modo: relativicemos la importancia que, nosotros los cubanos, tenemos para el mundo.

Por suerte, dramas como el de Cuba siempre dejan su traza. Doy como ejemplo la realidad social y política en las regiones del oeste de Francia, que hoy, en 2019, viven un catolicismo demostrativo cuyo origen hunde sus raíces en la política de descristianización del gobierno revolucionario de la República Francesa a partir de 1792. Allí se expolió, se fusiló y se exterminó en nombre de la libertad y de la igualdad para imponer una cierta idea del mundo, pero al final, al cabo de dos siglos, lo único que el Estado francés como mucho habrá logrado, incluso en nuestros días, es ocupar un territorio y provocar una resistencia ideológica sin poder doblegar las mentes de la gente del oeste francés. El Estado obra y seduce, pero la realidad es que, al cabo de dos siglos, en aquellas regiones del oeste galo aún se siente el hedor del odio. No han querido olvidar.

Otro ejemplo, en junio de 1940 entró una avanzadilla de soldados alemanes en tres sidecares a un pueblo francés de cuyo nombre no logro acordarme. Luego llegó la tropa que ocupó el pueblo y, a poco, no faltó el chivato cuando los alemanes indagaron sobre quiénes en aquel lugar eran comunistas (las vueltas que da la vida). Hubo arrestos y deportaciones y hoy, en 2019, la calle del chivato y de sus herederos lleva el nombre de uno de los deportados a Buchenwald. En ese pueblo francés, como en tantos pueblos de Europa, los odios son tenaces e instructivos y pasan de una generación a la siguiente como una traza que nunca se pierde. Tampoco quisieron olvidar.

Los cubanos quizá pudiésemos abordar nuestra historia de nación en ciernes, atentos a la traza indispensable que nos dejará el sufrimiento vivido a manos de esos truenos disfrazados de nazarenos.

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