Cuba: Invasión y Patria

Cuba: Invasión y Patria

En términos militares, la verdadera Invasión comenzó en Lázaro López, jurisdicción de Sancti Spíritus, donde Maceo se incorporó a la tropa comandada por su superior y antiguo maestro

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(Foto: Prensa latina)

LA HABANA, Cuba. – Bajo el título de Invasión a Occidente: recuerdo de una carga necesaria, este mismo diario digital publicó un interesante trabajo periodístico de mi amigo y colega Roberto de Jesús Quiñones Haces. En esa obrita, como su nombre lo indica, el también ex preso de conciencia rememora la memorable epopeya de hace un siglo y cuarto.

Ya se sabe que quien desconoce las enseñanzas de la historia se ve condenado a repetir los errores del pasado. Pese a ello, no resulta frecuente que un medio informativo publique trabajos de ese tipo. Lo anterior resulta lógico, pues el mundo noticioso se caracteriza por la inmediatez y la premura. Esto constituye una razón más para felicitar a la Redacción de CubaNet por conceder espacio a un texto que es, ante todo, de carácter histórico.

No obstante, al colega Quiñones hay que reconocerle la habilidad con la que logra vincular esos sucesos antiguos con la calamitosa realidad de la Cuba de hoy. Como él escribe, “se hace necesaria otra invasión para acabar de cumplir con los proyectos democráticos ideados por los próceres independistas de nuestra nación”.

Se trata —claro— de una “invasión” en sentido figurado: una “de patriotismo, de valentía y civilidad”. En frase valerosa y elocuente, el autor proclama: “Es la acción inaplazable que la Patria pide a gritos a todos los cubanos para acabar con la parálisis, el silencio y los abusos que los comunistas ejecutan contra gran parte del pueblo, privándolo de una vida digna y de esperanzas de realización personal”.

Pero, regresando al Siglo XIX y al bosquejo histórico que Roberto de Jesús hace de la Invasión, me veo obligado a señalar un planteamiento injusto que él hace. Me refiero a la frase en que menciona a los dos principales actores cubanos de aquella epopeya. En sus palabras: “el Titán de Bronce, Antonio Maceo, y el Generalísimo Máximo Gómez”.

El orden utilizado parece francamente indebido. No cabe olvidar que el patriota cubano nacido en la República Dominicana era el General en Jefe del glorioso Ejército Libertador. Mientras tanto, el aguerrido mártir de San Pedro era su subordinado, pues se desempeñaba como su segundo al mando, con el título de Lugarteniente General.

Es cierto que Gómez le otorgó el título de Jefe de la Columna Invasora. También es verdad que esa fuerza militar partió de los históricos Mangos de Baraguá bajo el mando de Maceo. Pero debe tenerse en cuenta que, en realidad, la marcha de ese contingente desde ese punto de partida y hasta la Trocha de Júcaro a Morón representó un verdadero paseo militar.

Esto se debió a que tanto Oriente como Camagüey se hallaban alzadas en masa, con los campos bajo el control de las fuerzas insurrectas y los colonialistas confinados a las ciudades y pueblos fortificados. En el caso de la primera provincia, esto fue ante todo gracias al propio Maceo y a la brillante Campaña de Oriente que él encabezó; en Camagüey, el mérito principal corresponde a Máximo Gómez y su Campaña Circular.

El mayor logro del general Antonio, en esa primera etapa, consistió en haber conseguido sacar a millar y medio de mambises orientales de la relativa comodidad de sus campamentos y de la cercanía de sus familias para ir a correr los peligros de una campaña de destino incierto en regiones alejadas en las que campeaba el integrismo españolizante.

En términos militares, la verdadera Invasión comenzó en Lázaro López, jurisdicción de Sancti Spíritus, donde Maceo se incorporó a la tropa comandada por su superior y antiguo maestro. Allí, Gómez, como jefe de los miles de hombres reunidos, pronunció palabras que bien se ajustaban a su proverbial austeridad y que, como cabía esperar, resultaron ciertas: “En esas filas, que veo tan nutridas, la muerte abrirá grandes claros”.

Desde el mencionado paraje villareño comenzó la verdadera hazaña, signada por grandes combates como los de Mal Tiempo, Calimete y Coliseo. En esas batallas, así como en la brillante estratagema del llamado “Lazo de la Invasión” (una falsa retirada de las fuerzas mambisas), resplandecieron el genio militar del gran banilejo y la bravura de su lugarteniente, presto siempre a vencer la tenaz resistencia de los colonialistas en los puntos señalados por su jefe.

Fue así que las tropas mambisas pudieron celebrar el inicio del nuevo año 1896 en Bagáez, provincia de La Habana. Ya en las inmediaciones de la capital, el Generalísimo consideró que sus responsabilidades como Jefe del Ejército aconsejaban no arrinconarse en Pinar del Río. Por ello delegó la culminación de la epopeya en Maceo, que la llevó a feliz término, y de manera brillante, al llegar, el 22 de enero, a Mantua, que era entonces el municipio más occidental de la Isla.

Ya terminada la Invasión, el Titán de Bronce acometió la Campaña de Pinar del Río, en la cual descolló su innegable genio militar. Mientras tanto, Gómez realizaba en La Habana, un territorio caracterizado por la presencia de la capital de la Isla y una nutrida red ferrocarrilera y telegráfica, la llamada Campaña de Lanzadera, que distrajo a gran cantidad de tropas colonialistas que, en otro caso, habrían participado en el asedio a Maceo, arrinconado en Pinar del Río.

Por todo lo antes mencionado, creo justo que, al hablar de la Invasión, se mencione a los dos jefes militares que tuvieron la mayor participación en esa epopeya. Pero considero que, por razones de elemental justicia, conviene mencionar en primer término a quien encabezó la parte decisiva de ese empeño. Lo contrario representa un error que —conviene reconocerlo— no es exclusivo de Quiñones, pues no resulta insólito en otros autores cubanos.

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René Gómez Manzano

(La Habana, 1943). Graduado en Derecho (Moscú y La Habana). Abogado de bufetes colectivos y del Tribunal Supremo. Presidente de la Corriente Agramontista. Coordinador de Concilio Cubano. Miembro del Grupo de los Cuatro. Preso de conciencia (1997-2000 y 2005-2007). Dirigente de la Asamblea para Promover la Sociedad Civil. Ha recibido premios de la SIP, Concilio Cubano, la Fundación HispanoCubana y la Asociación de Abogados Norteamericanos (ABA), así como el Premio Ludovic Trarieux. Actualmente es miembro de la Mesa de Coordinación del Encuentro Nacional Cubano

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