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Cuba, de mal en peor

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LA HABANA, Cuba. — Frenos y restricciones al sector privado, abusivas tiendas en MLC y un reordenamiento económico implementado en el peor momento posible y que fracasó rotundamente y provocó una inflación que ha lanzado a la indigencia a la mayoría de los cubanos… Con tantas políticas absurdas e impopulares que solo hacen aumentar el descontento y, por tanto, la animadversión hacia el régimen, uno pudiera llegar a sospechar que en las altas esferas del Estado-Partido-Gobierno hay personas interesadas en conseguir que la continuidad post-fidelista acabe de reventar de una vez y por todas.

Por su desastroso manejo de la economía, su desconexión de la realidad, el empecinamiento en mantener políticas y métodos que fracasan una y otra vez, por su torpeza y los continuos disparates y papelazos, Díaz-Canel y sus ministros incapaces son el más desastroso equipo de gobierno de la historia de Cuba. Van, siempre con el mismo discurso, de un error en otro, de disparate en disparate, de papelazo en papelazo. Es como si se esforzaran en que todo les saliera mal.

Las más recientes movidas de los mandamases para captar divisas parecen propias de una comedia de absurdos, como por ejemplo, en medio de tanta hambre, miseria y apagones, con una población que solo piensa en cómo conseguir alimentarse, la impostura de un festival ridículo y cheo, hecho en contubernio con un par de vividores italianos.

Recientemente inauguraron en La Habana una tienda que vende embarcaciones, motores y brújulas, como invitando a que más personas, luego de pagar caro, se sumen a la actual desbandada migratoria, la mayor desde la crisis del Mariel en 1980.

Los mandamases culpan a las políticas norteamericanas hacia Cuba, particularmente a la la Ley de Ajuste Cubano, de ese éxodo descontrolado que está costando la vida de muchos compatriotas. Pero lo estimulan. La cuenta que sacan, con su mentalidad de bodegueros fallidos, es que los que se marchan son menos bocas que alimentar, menos descontentos que reprimir y más remesas en solo unos años. Creen los mandamases que si le sacan vapor a la olla de presión, retrasarán un poco más el reventón.

En lo único que es eficiente este régimen es en la vigilancia y la represión. Pero eso, de tanto que se les está yendo la mano con el apretón, les resultará contraproducente.

La dictadura, que entró en pánico con las protestas de los días 11 y 12 de julio de 2021, ha castigado con crueldad a cientos de jóvenes que participaron en ellas, imponiéndoles condenas de más de 20 años de prisión (de 30 a dos de ellos). Así, se han ganado el odio de sus familiares, amigos y vecinos y la repulsa internacional.

El castrismo quiere intimidar y aherrojar más a los cubanos con un nuevo Código Penal de aliento nazi-estalinista y un aluvión de leyes prohibitivas que parecen propias de un reglamento carcelario. De momento, puede que consigan intimidar, pero no será por mucho tiempo.

Hoy lo que prima entre los cubanos de a pie, más que el temor, es la desesperanza ante un futuro que cada vez luce más incierto. También hay mucha confusión a la hora de repartir culpas por la actual situación, siempre evadiendo, para no arriesgarse, la responsabilidad personal en la solución de nuestros problemas. Es como si el arreglo de los problemas de Cuba correspondiera a escoceses o croatas para que, mientras, nosotros, los dolientes, nos dediquemos a buscarnos los pesos y ver qué cocinamos mañana.

Hace poco escuché a una mujer de mediana edad que, en una larga cola para comprar aceite y pollo, además de quejarse de los altos precios y la escasez, a propósito de las desmesuradas condenas contra “los muchachos de las protestas”, despotricaba lo mismo contra “los gordos descarados estos” (los mandamases) que contra “los americanos que te hacen ir a Guyana a ver si te dan la visa” y “la gente de Miami que empujan desde allá y no se dan golpes, como el Otaola ese”, en referencia al influencer Alex Otaola.

El régimen, a fuerza de represión, logró frustrar la Marcha Cívica por el Cambio del pasado mes de noviembre. Con ello, ha logrado infundir el desaliento y la desconfianza entre muchos de los que se oponen al castrismo.

Escucho a algunas personas, con no poco cinismo, criticar con acritud a disidentes que se han ido al exilio recientemente, no importa si sacados de la cárcel y forzados al destierro por la Seguridad del Estado. Exigen de esos activistas el sacrificio y la inmolación de la que ellos mismos no son capaces.

Te citarán el caso de Yunior García Aguilera, la desarticulación de Archipiélago, del 27N y del Movimiento San Isidro; te dirán que sus compañeros dejaron abandonados a Luis Manuel Otero y Maykel Osorbo, contra quienes la fiscalía pide seis y diez años de prisión, respectivamente; te repetirán que la oposición, enferma de egos e infiltrada por los topos de la Seguridad del Estado, no logra ponerse de acuerdo ni siquiera en puntos comunes mínimos y que “aquí, con tanto chivato, no se sabe quién es quién”.

Y concluirán, en plan de derrotados, dándole el gustazo al régimen, asegurando que no vale la pena arriesgarse, que “esto no hay quien lo tumbe ni tampoco quien lo arregle”, que “este pueblo no  sirve”, que “nos merecemos lo que tenemos”, que “esto, aunque se caiga la semana que viene, no se arregla ni en 40 años”, que “lo mejor es irse”.

Si en algo ha tenido éxito el castrismo es en envilecer y desmoralizar a la sociedad. Un pobre consuelo para sus planes. Solo les permitirá durar un poco más en el poder, pero hará, inevitablemente, que para todos, el final sea más espantoso.

ARTÍCULO DE OPINIÓN
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