Cuba: de la república al campo de concentración

Cuba: de la república al campo de concentración

Cuba se hundió en el lodo de la historia. Mejor dicho: la hundieron con pasión psicótica quienes se presentaron como sus salvadores.

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(Foto: Reuters)

BOSTON, Estados Unidos. – La pandemia del coronavirus es uno de los mayores escollos del modelo cubano. Sus arquitectos han querido que funcione a las mil maravillas con sendos artículos y discursos sobre impresionantes éxitos económicos y envidiables logros sociales bajo la batuta del partido único. Sin embargo, los azares de la cotidianidad siguen teniendo residencia permanente en barrios, bateyes y ciudades de todo el país.

Para los paladines del encubrimiento de la realidad el hambre es un eufemismo malsano, la inflación un disparate, la falta de medicamentos un fenómeno vilmente exagerado y el estado deplorable de la red hospitalaria una mentira creada en algún laboratorio gestionado por la CIA.

Ahora que la crisis golpea con puños de gigante y sin tregua, el régimen no tienen reparos en realzar la ofensiva publicitaria con la que ha sostenido en pie el espantapájaros de esa revolución socialista que convertiría a la Isla en un emporio de felicidad y abundancia.

Una vez más sale a la palestra el divorcio entre lo que se afirma desde los púlpitos de los congresos y reuniones convocados por algún burócrata afín al estatus quo y lo que sucede en las zonas habitadas por el proletariado.

Los periodistas del oficialismo no se quedan atrás en su labor de exaltar las patrañas del poder. Falta objetividad y sobran falacias y disimulos.

No hay variaciones posibles en la matriz informativa que emana del Departamento Ideológico del Partido Comunista de Cuba (PCC). Lo que se diga tiene que estar alineado con los intereses de la cúpula, en su afán por perpetuar un arquetípico ambiente de disfuncionalidad e involución, en el mejor sentido de ambos términos.

A pesar de estos tejemanejes, convertidos en parte de la liturgia oficial en aras de conservar ciertos márgenes de legitimidad ─siempre acompañados del ejercicio de la fuerza, en todas sus manifestaciones, incluidas las más violentas─, los aprietos del modelo frente a los desafíos de los tiempos que corren, con el coronavirus en la vanguardia, aumentan de manera exponencial sin posibilidades de soluciones realistas, a menos que se proceda a una reconfiguración del entramado económico. El monopolio estatal sobre los medios de producción siempre fue un sinsentido. Las apuestas por mantenerlo, mediante nuevos remiendos y alegres bandas sonoras, empujan a la nación hacia el borde del abismo, algo que sobrepasa con creces la recreación metafórica de un contexto sumamente complejo y peligroso.

Han bastado poco más de dos meses fuera de Cuba para observar con pasmosa nitidez el aspecto de la debacle interna. Duele el drama de millones de familias sometidas a los rigores de un desabastecimiento que pudiera tener como puerto de destino la hambruna generalizada.

No hay dudas de que la COVID-19 se ha convertido en el catalizador de lo que podría ser un cambio que autentifique el reinicio por los caminos de la racionalidad, a muy corto plazo, o el fin apocalíptico de la utopía socialista devenida en tiranía que introdujo el azar, la pobreza, el miedo y la desesperanza como pautas de una existencia que ha afectado a cuatro generaciones. La salvación, lastimosamente, es la lejanía, el desarraigo.

Dentro solo hay espacio para el dolor y los sobresaltos de tener que sobrevivir como rehenes o esclavos, sin la certeza de una redención. Han sido más de seis décadas a la espera de una vida mejor, tal y como lo pregonó el pequeño grupo de estafadores disfrazados de buenos samaritanos, durante la asunción del poder, en 1959. A estas alturas de la historia apenas quedan visos de la república que pudo haber sido bajo los códigos de la democracia y la economía de mercado.

Cuba se hundió en el lodo de la historia. O mejor dicho, la hundieron con pasión psicótica quienes se presentaron como sus salvadores. Desde Harvard no atino a ver esa república ejemplar que se continúa promoviendo en los noticiarios locales, lo que diviso es un campo de concentración adornado con frases célebres de Fidel Castro.

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Jorge Olivera Castillo

Jorge Olivera Castillo. Ciudad de la Habana, 1961. Periodista, escritor,
poeta y editor de televisión. Durante 10 años trabajó como editor en la
televisión cubana (1983-1993). A partir de 1993 comienza su labor en las filas de la disidencia hasta hoy. De 1993 a 1995 como secretario de divulgación y propaganda del sindicato independiente Confederación de Trabajadores Democráticos de Cuba (CTDC). A partir de 1995 labora como periodista independiente. Fue director de la agencia de prensa independiente Habana Press, de 1999 hasta el 2003. El Instituto Lech Walesa publicó en 2010 su libro de poemas Cenizas alumbradas en edición bilingüe (polaco-español). También en el 2010 la editorial Galén, publica en edición bilingüe (francés y español), su libro de poemas En cuerpo y alma, editado en el 2008 por el Pen Club checo.

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