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Cuando nos quieren hacer creer que algunos asesinos son héroes

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LA HABANA, Cuba.- Tenía razón Víctor Hugo cuando miró al recuerdo como si fuera una presencia invisible. Y sucede que los recuerdos están siempre ahí, activos algunos, sedimentados otros para salir luego a la superficie, justo en ese instante en el que precisan ser recordados otra vez, expuestos a la memoria y a la razón de los otros.

Los recuerdos son invisibles, no huelen ni se pueden palpar, y es por eso que no somos capaces de desentrañar lo que recuerda el otro, ese que convive con nosotros, ese con quien nos cruzamos en la calle y a quien no habíamos visto antes, pero salen, unos y otros, cuando se les provoca.

Los recuerdos salen cuando se les incita, cuando los pinchamos para que broten y se proyecten en palabras, para que salgan en discursos. Y es así que, muchas veces, ponemos en evidencia a quienes antes nos provocaran esos recuerdos: la memoria, que vuelve, casi siempre, a la cabeza, a su superficie.

Una alusión, un gestito breve y apenas perceptible, pudiera provocar una hecatombe. Los recuerdos están sedimentados, organizados de tal manera que a la menor provocación se alzan, salen y se proyectan. La memoria es muy persistente, y muchas veces precisa.

La memoria se deja provocar y muchas son esas maneras de excitarla. Y uno de los más grandes provocadores de nuestra memoria es el gobierno. Ese viejo gobierno de difuntos y vivos pavorosos hace que recordemos con cierta insistencia. Ese añejo gobierno nos ha estado provocando desde hace días, desde que un joven estudiante en Texas acribillara a tiros a 19   niños y dos maestras. El estudiante portaba un rifle, una pistola, y mató, hizo que sangre inocente corriera, que las familias, desesperadas, lloraran.

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Masacre en colegio de Texas. (Foto: Captura de pantalla / El País)

Meten el dedo en llagas que no se han cerrado todavía

Y el gobierno cubano refiere el suceso en cada noticiario. La televisión, la radio y la prensa escrita se hacen eco del tiroteo y de las muertes, pero tanta insistencia termina provocando a nuestras memorias, y meten el dedo en llagas que no se han cerrado todavía. Ellos refieren tiroteos, muertos, sangre, armas en las casas, gobiernos impíos, leyes y enmiendas que consideran macabras, y nos hacen recordar, nos obligan a recordar lo que nos resulta ajeno, al menos lejano, al menos más allá de nuestras fronteras.

Y recordar nos lleva hoy al remolcador 13 de marzo, y a aquel fatídico 13 de julio. Todo 13; y hasta pareciera que todo fue culpa de tal número, de ese mismo trece de las trece fases lunares para los mayas, ese trece del mal augurio para los judíos, de ese día en el que trece hombres se sentaron a la mesa en lo que se llamó, se llama aún, La última cena, esa cena en la que murió uno de los sentados a la mesa con Jesús; pero aun así no creo que en este caso se deba atender al número 13 en el nombre del barco, porque lo que sucedió entonces no tuvo que ver con la casualidad.

Los muertos de Fidel Castro

Lo que entonces sucedió fue la maldad, la villanía de un hombre iracundo y asesino, la perversidad de un demente o la demencia de un perverso. Ese día Fidel Castro dio la orden de matar, de hacer escarmentar a los desertores de su gobierno. Ese 13 de julio se hundió un remolcador que recordaba a un 13 de marzo de “conmemoraciones revolucionarias”, ese 13 de marzo del asalto al Palacio Presidencial. Fidel Castro hundió la vida de niños en un mar que también creía regentar.

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Disidentes rinden homenaje en Cuba a víctimas del remolcador “13 de Marzo” (foto de archivo)

Fidel consiguió, esa vez, el saldo de cuarenta y un muertos, entre ellos diez niños. El asesino del colegio en Texas se cobró la vida de 21 personas. Fidel Castro es culpable de muertes y suicidios a montón, incluso después de su propia muerte. Esa dictadura que fundó sigue dejando víctimas mortales, muchas víctimas, incontables muertes, como la de Diubis Laurencio Tejeda, a quien la policía le quitó la vida en La Güinera por manifestarse durante las jornadas del 11 y 12 de julio, y que hizo que su madre, quien no soportó tanto sufrimiento, se suicidara luego. Sin dudas hay alguna diferencia, aunque sea breve y ligera, entre el joven asesino de Texas y los viejos asesinos cubanos, y cualquier comparación resulta inapropiada.

ARTÍCULO DE OPINIÓN
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