Cien años de Solzhenitsyn

Cien años de Solzhenitsyn

Aleksandr Solzhenitsyn fue el más importante y polémico de los escritores de la Unión Soviética que se opusieron al régimen comunista

Solzhenitsyn en la ciudad de Colonia, Alemania Occidental, en 1974 (Foto Wikimedia Commons)

LA HABANA, Cuba. – Acaba de cumplirse este diciembre el centenario del nacimiento de Aleksandr Solzhenitsyn (Kislovodsk, Rusia; 11 de diciembre de 1918-Moscú, Rusia; 3 de agosto de 2008), el más importante y polémico de los escritores de la Unión Soviética que se opusieron al régimen comunista. Hubo otros muchos y buenos: Ana Ajmatova,  Boris Pasternak, Vasili Grossman,  Chinguiz Aitmatov. Pero Solzhenitsyn fue el más valiente: logró vengarse de sus verdugos al revelar al mundo con sus libros, en particular con “Archipiélago Gulag” (1973),  los horrores de los campos de concentración estalinistas.

Unos años antes, en 1962, Solchenitzin había tocado el tema de los gulags en su libro “Un día en la vida de Iván Denisovich”. Cómo eran los tiempos del deshielo que siguió al informe secreto de  Khrushev  sobre el estalinismo en el XX Congreso del Partido Comunista en 1956, fue permitida la publicación del libro en la Unión Soviética. Sin embargo, tal la conmoción que provocó el volumen, que menos de dos años después fue prohibido e impidieron que su autor recibiera el Premio Lenin, terminando expulsado de la Unión de Escritores.

Solzhenitsyn había sufrido los horrores de los  gulags  en carne propia. Estuvo  preso en los  campos de concentración soviéticos  desde el fin de la Segunda Guerra Mundial en 1945 hasta 1956. A él y a muchos de sus compañeros soldados que combatieron a los nazis en el este de Alemania los castigaron por “haber tenido demasiado contacto con el enemigo”.

Escribir “Archipiélago Gulag” le tomó años de trabajo y le valió la persecución de la policía política, que confiscó una parte de la obra luego de haber aterrorizado a la secretaria del escritor, que terminó suicidándose. Fue entonces que Solzhenitsyn decidió publicar el libro en el exterior. Explicó: “Con el corazón oprimido, durante años me abstuve de publicar este libro, ya terminado. El deber para los que aún vivían podía más que el deber para con los muertos. Pero ahora, cuando pese a todo, ha caído en manos de la KGB, no me queda más remedio que publicarlo inmediatamente.”

El libro, que le valió el Premio Nobel, le costó a Solzhenitsyn que lo deportaran en 1974 y le privaran de la ciudadanía soviética. No pudo regresar a Rusia hasta después de la caída del régimen comunista. Murió en agosto de 2008, rodeado del respeto y la admiración de sus compatriotas.

Lo primero que leí de Solzhenitsyn fue “Un día en la vida de Iván Denisovich”,  que se publicó en Cuba a mediados de los años 60.  Aún conservo un delgado y muy ajado ejemplar de la Colección Cocuyo.

Cuando leí aquel libro, yo era un adolescente que todavía  no había sido vapuleado por el sistema ni había conseguido desintoxicarme completamente del adoctrinamiento comunista. Y el libro me estremeció.  No podía creer tanto horror.  A muchos que conozco les pasó lo mismo.

Por entonces, llegaban también las películas del cine soviético del deshielo. Ilusos que éramos, creíamos, porque nos hicieron creer,  que después del XX Congreso del PCUS todo se había solucionado en el “País de los Soviets”.

En su informe al XX Congreso, Khrushev, una especie de Poncio  Pilatos comunista, solo dio cuenta de los crímenes de Stalin contra los militantes del Partido Comunista durante las purgas. Así, omitió a las víctimas no comunistas, que fueron la mayoría.  No fue hasta  1961, durante el XXII Congreso del PCUS, que Khrushev se referiría al total de las víctimas del estalinismo, no solo a los comunistas purgados, y hasta propondría erigirles un monumento, que nunca se llegó a hacer.

Con  hipócritas eufemismos tales como “errores” y “abusos”  para referirse al exterminio de millones de personas, Khrushov pretendía proteger  al sistema al circunscribir solo al régimen de Stalin  la política criminal que había estado vigente desde el triunfo de la revolución bolchevique en 1917.

Los libros de Solzhenitsyn permitieron que el mundo entendiera que no eran “infundios de la prensa burguesa de Occidente” las atrocidades que se contaban del régimen soviético.

Recuerdo que cuando era niño, mi padre y mis hermanos decían que era mentira lo que contaban en un artículo de Selecciones del Reader’s Digest sobre los gulags  titulado “Fui esclavo de los soviets”. Unos años después tuvieron que admitir que no eran exageraciones.

En Cuba, tras la publicación de “Un día en la vida de Ivan Denisovich”, no volvieron a publicar a Solzhenitsyn. En su lugar, editaron un infame libro, más bien un libelo,  titulado “La espiral de la traición de Solzhenitsyn”.

Lo primero que  leí de “Archipiélago Gulag” fue el último tomo. A inicios de los años 80 me lo prestó un amigo, quien me pidió que me apurara porque había cola para leerlo, como sucede siempre en Cuba con los libros prohibidos, que son los que más se leen.

Tuve que empezar por el segundo tomo porque alguien estaba leyendo  el primero y varios esperaban por leer cualquiera de los dos tomos.  El orden en que hice la lectura no afectó el resultado.  Me impresionó mucho.  Ya no me hacía ilusiones con los que se arrogan el derecho de construir “la sociedad perfecta”.  Sabía que el estalinismo sobrevivió a Stalin, aprendió a dar órdenes en español y a vivir en el trópico.

“Archipiélago Gulag” es el libro más terrible que he leído.  Lo  narrado por Solzhenitsyn me recuerda demasiado -sin el frío de la tundra, pero con las mismas alambradas custodiadas con la misma maldad-  los testimonios de los que han estado encarcelados en Kilo 7, Aguica, Canaleta o el Combinado del Este.

Como el vodka es muy caro y hace años que no hay té ruso en Cuba, en este centenario de Solshenitzin  brindo con cualquier otra cosa por él, que para mí es tan grande, moral y literariamente, como Tolstoi.  Ruego porque, luego de pasar por el infierno en los gulags  estalinistas, tenga eterno descanso  su alma. Me place brindar por un autor que me advirtió sobre el espanto y  contribuyó  a que cayera definitivamente, antes de que me tocara el turno con los represores,  la venda de mis ojos.

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