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Domingo, 22 de octubre 2017

Che Guevara, el mito más perdurable de la izquierda

 Considerado “un Quijote comunista”, Guevara no tuvo muchos éxitos que anotarse en las empresas que emprendió

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Años 60. Fidel Castro y Che Guevara, en una reunión (AFP)

LA HABANA, Cuba.- Este 9 de octubre se cumplió el aniversario número 50 de la muerte en Bolivia, en 1967, de Ernesto “Che” Guevara, el mito más logrado del castrismo, convertido en icono por la izquierda mundial.

Che Guevara, herido en una pierna, fue capturado por los bisoños rangers bolivianos que rastrearon y aniquilaron a su guerrilla. Menos de 24 horas después, en la escuela del poblado de La Higuera donde lo tenían prisionero, lo mató un oficial del ejército que necesitó emborracharse para cumplir las órdenes del general René Barrientos.

Donde acabó la última aventura de Che Guevara comenzó su mito, que ya dura 50 años.

Considerado “un Quijote comunista”, Guevara no tuvo muchos éxitos que anotarse en las empresas que emprendió.

Como médico, apenas ejerció. Prefirió primero rodar en motocicleta por Sudamérica, y luego, las armas. Pero con ellas tampoco tuvo mucho acierto. El desastre boliviano que le costó la vida no fue su primer revés militar. Apenas dos años antes, su secreta incursión en el Congo también fue una catástrofe. Enfermo y derrotado, Guevara (que en la selva africana se hacía llamar “Tatu”) y sus hombres tuvieron que cruzar el lago Tanganyka con el enemigo pisándole los talones. Fue a dar a Praga, vía Argel, antes de regresar a los campos de entrenamiento en Cuba, de donde partió a Bolivia.

Los únicos éxitos militares que pudo anotarse Che Guevara como guerrillero fueron en Cuba, en diciembre de 1958, enfrentado al desmoralizado ejército del dictador Batista: el descarrilamiento del tren blindado y la toma de Santa Clara. Todos sus demás hechos de armas, comenzando por el desembarco del yate Granma -que él mismo describió como “un naufragio”-, fueron patéticos fracasos.

Tampoco se destacó como economista. Antes que Fidel Castro lo nombrara Ministro de Industrias, pasó a presidir el Banco Nacional de Cuba en 1960, por error. Su jefe buscaba un economista y Che Guevara, adormilado, entendió que lo que buscaban era un comunista.

Lo único que quedó de su calamitoso desempeño en la economía cubana fue las tres letras de su apodo en los papeleos que firmó.

Su estoicismo lo llevó a extremos deshumanizados de exigencia y disciplina. Incluso con su salud quebrantada por el asma. Rasgos anecdóticos, subrayados por la propaganda oficial cubana, y la utilización de algunas buenas fotos –en particular la tomada por Korda en 1960, en el sepelio de las víctimas de la explosión del vapor La Coubre- contribuyeron a formar su leyenda póstuma.

Che Guevara es el mejor ejercicio de marketing del castrismo. Además de dividendos ideológicos, reporta a la economía cubana muchos dólares y euros de turistas de todo el mundo que peregrinan a la meca de la izquierda, el mausoleo en Santa Clara que guarda sus restos desde octubre de 1997.

También se les ve por La Habana. Burgueses hastiados, con añoranzas de su mocedad rebelde y suficiente dinero para gastar, pagan a famélicos guitarristas de la Habana Vieja para escuchar conmovidos su interpretación de “Hasta siempre, Comandante”. Se llevan a sus países ejemplares usados del Diario del Che en Bolivia, de Pasajes de la Guerra Revolucionaria y viejos billetes con la firma del revolucionario argentino, generalmente falsificada.

Los izquierdistas y los nostálgicos de las rebeldías de los 60 que no tienen dinero para viajar a los sitios del Che en Cuba o Bolivia, tienen otros consuelos. Hay toda una industria a su disposición. Que no sólo el gobierno castrista obtiene ganancias del mito guevarista: carteles y camisetas con la imagen de Che Guevara siguen llenando de dinero los bolsillos de avispados empresarios, algunos hasta con credenciales marxistas.

Che Guevara, convertido en mercancía -el capitalismo siempre se las arregla para absorber a beneficio suyo a sus rebeldes, aun a los más feroces-, es hoy un fetiche de la sociedad de consumo, como Elvis o Jim Morrison. Así se vengó el capitalismo del revolucionario fanático que pretendió destruirlo.

La mayoría de los europeos y norteamericanos que llevan las camisetas con el rostro del Che, muchos de ellos amantes de la paz, según dicen, tienen una vaga y romántica noción de quién era el personaje, generalmente ajena a su inclinación extremista por la violencia revolucionaria.

A los adoradores de Che Guevara –lo sé por experiencia- les puedes contar de sus tiempos como implacable jefe de los fusilamientos en La Cabaña, de cuando aspiraba a formar combatientes revolucionarios que fueran “frías máquinas de matar”, de su aprensión contra los intelectuales, de su homofobia, de su extremismo, pero no te creerán; en el mejor de los casos, te mirarán como el que escucha hablar disparates a un loco y seguirán repitiendo las loas.

Algunos atorrantes, que quieren ser más socialistas que Marx, Lenin y Stalin juntos, idealizan al Che Guevara, y en un exaltado ejercicio de fe, opinan que con él en Cuba, si lo hubieran escuchado, no se habría cometido tantos errores y todo hubiese sido distinto.

Nunca he entendido el por qué de esas elucubraciones. Estoy convencido de que si Guevara se hubiese quedado en Cuba y viviera todavía, hoy sería, en vez del principal símbolo de la izquierda mundial, otro anciano comandante histórico en el Buró Político. El más culto, pero también el más de línea dura, el menos dispuesto a las reformas. Menos que a cualquier otra, a las del socialismo de mercado chino. El estilo que a Guevara le encantaba era el del camarada Mao.

Ahora que sería contraproducente crear dos, tres, muchos Vietnam…con economía de mercado y negocios con los norteamericanos, tal vez para salvar al socialismo verde olivo, para reinventarlo, le hubiese dado por las comunas agrícolas, la revolución cultural y la reactivación de los paredones de fusilamiento. ¡Vaya usted a saber!

luicino2012@gmail.com

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Acerca del Autor

Luis Cino Álvarez
Luis Cino Álvarez

Luis Cino Álvarez (La Habana, 1956). Trabajó como profesor de inglés, en la construcción y la agricultura. Se inició en la prensa independiente en 1998. Entre 2002 y la primavera de 2003 perteneció al consejo de redacción de la revista De Cuba. Es subdirector de Primavera Digital. Colaborador habitual de CubaNet desde 2003. Reside en Arroyo Naranjo. Sueña con poder dedicarse por entero y libre a escribir narrativa. Le apasionan los buenos libros, el mar, el jazz y los blues.

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