¡No digo yo si Cuba tiene que estar maldita!

¡No digo yo si Cuba tiene que estar maldita!

La nueva plaga que azota la Mayor de las Antillas intensifica la necesidad de realizar cambios profundos en el país

Caracol Gigante Africano Cojímar
Caracol Gigante Africano. (foto archivo)

LA HABANA, Cuba. – En una amena crónica publicada en CubaNet, la colega Ana León afirma: “Cuba tiene que estar maldita”. Debe tener razón, si tomamos en cuenta las innumerables calamidades de todo tipo que han caído sobre nuestros compatriotas durante más de medio siglo: arbitrariedades, abusos, crímenes, despojos, carestía, ausencia de libertades, imposiciones, conculcación de derechos, coacciones…

Y, a fuerza de sincero, debo reconocer que motivos hay para que una desgracia tan grande y prolongada haya caído sobre nuestra bella Isla. Aquí viene al caso citar un recuerdo de mi lejana adolescencia, cuando mi familia en pleno —¡entonces tan extensa!— aplaudía con entusiasmo el derrocamiento del general Batista y apoyaba de manera delirante la naciente Revolución y sus líderes, entonces tan jóvenes.

Estábamos reunidos en casa de mi abuela y una de mis queridas tías, mirando arrobada una de las fotos del “Máximo Líder” publicada en la popular revista Bohemia, exclamó con vehemencia: “¡Es Jesucristo!”. Y no era ése un comentario excepcional; se trataba más bien de una opinión bastante generalizada, al menos entre nuestras compatriotas del bello sexo. ¡No digo yo si Cuba tiene que estar maldita! ¡Miren que comparar a semejante personaje con el Hijo de Dios!

Aquí viene al caso una pequeña digresión: Conviene señalar el papel pernicioso desempeñado en nuestra Patria por el popular semanario. En su redacción fue que nació, entre vapores etílicos, la leyenda mentirosa de los veinte mil muertos de Batista. Su director –quien era, por cierto, primo de mi difunto padre– se ocupó, con su oposición a ultranza, de socavar las bases de la democracia cubana, imperfecta pero vibrante.

También propició la exaltación de la Revolución y de sus dirigentes, en especial de su “Máximo Líder”.  Sus redactores eran personas que conocían perfectamente todos los entresijos de la política cubana (y de su hermana bastarda la politiquería), algo que no estaba al alcance de sus cientos de miles de lectores. Pero, en tiempos de la lucha antibatistiana, evitaron al extremo recordar, por ejemplo, los harto cuestionables contactos del personaje de marras con los “chicos del gatillo alegre” de la UIR.

En cualquier caso, es un hecho cierto que a la infinidad de problemas de todo tipo que sufre el cubano de a pie, se viene a sumar ahora la invasión de una nueva especie exótica, venenosa y voraz, que amenaza con diezmar nuestras exiguas fuentes de alimento y contagiarnos con enfermedades mortales. Se trata del caracol gigante africano (Achatina fulica, para quienes gustan de latinajos).

El pernicioso molusco es tan prolífico como un insecto. Su apetito es inagotable, y se alimenta de todo género de vegetales. El simple contacto con la baba que secreta es harto peligroso. Entre otras enfermedades, transmite la mortífera meningoencefalitis.

¿Cómo penetró en Cuba? Igual que el cólera, que los ineficientes controles epidemiológicos del Ministerio de Salud Pública, plagados de amiguismo y falso compañerismo, no fueron capaces de detectar (porque obviaron la necesaria cuarentena de los médicos internacionalistas que regresaban de un país insalubre como el vecino Haití). Y es probable que tenga razón la colega León, que especula con el empleo de la valija diplomática cubana en beneficio de un “general supersticioso”.

Cualquiera que sea el origen de la plaga, ¿qué propone el régimen para combatirla? Los ineptos señores del Departamento Ideológico del Comité Central del único partido —contumaces para machacar conceptos, pero incapaces de convencer a nadie— han mandado a elaborar unos promos de infinita torpeza, que transmite con insistencia la Televisión Cubana.

De acuerdo con esos materiales, debe procederse a la recogida manual de los moluscos. Para ello, el régimen no es capaz de suministrar ni siquiera los guantes adecuados para la virulencia de la baba segregada por el animal. Sugieren la utilización de jabitas plásticas, un material quebradizo y nada confiable, propenso a todo tipo de roturas y contaminaciones. Esto, a su vez, entraña el consiguiente peligro grave para los improvisados recolectores.

No les arriendo la ganancia a los ineficientes agitadores del Departamento Ideológico y la Televisión Cubana. Si quisieran tener alguna posibilidad de éxito, harían mejor en buscarse a un buen chef. Pero no como los de China y otros países lejanos que, con total insensibilidad y desvergüenza, exhiben en los medios masivos de un país hambreado como esta Gran Antilla. No esos señores que explican recetas en las que se emplean productos exquisitos y exóticos.

Les haría falta una rediviva Nitza Villapol. Claro, no la de la época del capitalismo, que recomendaba que las frituras nadaran en el aceite de la marca que patrocinaba su programa. Sino la de la era revolucionaria, que preconizaba la mayor moderación en el uso de grasas comestibles, e incluso su sustitucion por simple agua de la pila…

Pues bien: Si un chef de nuevo tipo como ésa descubriera algunos platos que pudieran prepararse con el caracol gigante africano y con el uso de unos pocos ingredientes baratos, ¡entonces sí que estaría garantizado el éxito de la campaña para la erradicación del pernicioso molusco!

¡Y no me vengan con el peligro de la meningoencefalitis, pues vivimos tiempos heroicos, y los cubanos de hoy no están para tonterías como ésas! ¿Qué importancia tiene una bobería como el posible contagio con una enfermedad mortal, si a cambio de ello existe la perspectiva de que nuestros compatriotas sacien sus hambres atrasadas! ¡Si de ese modo pueden consumir un poco de esa proteína animal que brilla por su ausencia en las raciones famélicas que les garantizan los jefes comunistas!

La irrupción del caracol gigante africano en nuestra vida nacional representa una ocasión de oro para que se emprenda una rectificación. Pero una de verdad, no las de mentiritas a las que nos tienen acostumbrados los jerarcas castristas. A todas las calamidades que ha tenido que sufrir y sigue padeciendo el pueblo cubano, ahora se suma esta otra.

No hay venenos que resulten efectivos contra el molusco. Se desconoce la existencia de depredadores benéficos u otros medios para controlar la plaga. No hay guantes para capturar los ejemplares. La sal y la cal, medios que, en su despiste monumental, la propaganda comunista recomienda usar, son escasos y caros. Tampoco se cuenta con dinero para comprar algo de lo antes mencionado.

Ante esa triste realidad, el raciocinio y hasta el simple sentido común recomiendan que se efectúe un cambio de rumbo. ¿Pero qué significan tonterías como la razón humana o una convincente argumentación ante una teoría que promete un luminoso futuro y un presente en el cual —dicen ellos— el hombre es hermano del hombre!

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