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Artistas cubanos: entre la cobardía y el silencio cómplice

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LA HABANA, Cuba.- La plataforma Joven Cuba ha publicado un “Manifiesto contra el silencio, por la justicia”, dirigido a los intelectuales y artistas cubanos que se han acomodado en la indiferencia ante los graves acontecimientos que sacuden al país. Un puñado de firmantes, muy respetados por su compromiso con la nación y su actitud moderada en el terreno de la política, ha dejado en evidencia el escaso decoro de un gremio que la revolución cubana moldeó en el oportunismo y la cobardía.

Casi 1900 años suman las condenas de los manifestantes del 11 de julio en Toyo y La Güinera, pero por ningún lado se aprecian el interés y la solidaridad que fueron noticia la noche del 27 de noviembre de 2020, cuando más de trescientas personas, en su mayoría jóvenes artistas e intelectuales, se plantaron frente al Ministerio de Cultura en apoyo a los acuartelados de San Isidro, exigiendo libertad de expresión y creación.

Los fallos judiciales que hoy atormentan a centenares de familias cubanas han puesto tras las rejas esas libertades que con tanta pasión reclamaban aquellos jóvenes. Todavía hoy los cubanos recordamos que el plantón frente al MINCULT estuvo acompañado por figuras de prestigio como Fernando Pérez, que ha firmado el Manifiesto de Joven Cuba, y Jorge Perugorría, que después de esa noche abandonó la solidaridad y días después apareció apoyando el paripé del castrismo en San Isidro, el barrio de Luis Manuel Otero y Maikel Osorbo, encarcelados arbitrariamente desde hace meses.

La mayoría de los artistas e intelectuales cubanos ha reaccionado como Perugorría, protegiendo sus intereses con silencios, complicidades o indolencia. Muchos están fuera de la Isla, porque desde más lejos se oye más bonito, y hasta se atreven a poner en duda las causas de las cosas. Prefieren no meterse en política porque quieren regresar a Cuba, porque su obra no es nada si no se construye sobre los traumas nacionales; aunque luego resulte cuando menos hipócrita no sensibilizarse con el dolor de los oprimidos.

No solo el castrismo y los inversionistas foráneos han lucrado con el sufrimiento de los cubanos. También lo ha hecho cada artista, ensayista y escritor que ha abordado la realidad del país con sentido crítico, para en los momentos cruciales despojarse de su responsabilidad como sujeto político, echar mano de su pasaporte y desaparecer; o quedarse en su escondrijo sin decir esta boca es mía.

Artistas como Leoni Torres, Yuliet Cruz, el fallecido maestro Adalberto Álvarez, Samuel Formell, Nelda Castillo y Mariela Brito fueron de los pocos que desde dentro de Cuba rechazaron la violencia con que las fuerzas policiales arremetieron contra la población civil durante el estallido del 11 de julio. El resto hizo silencio, miró hacia otro lado y continúa haciéndolo. Saben que cientos de jóvenes pasarán años en prisión y que sus madres claman apoyo ante tanta injusticia, pero se fingen sordos para no perder carrera y patrimonio.

Las hijas de Edith Massola son más importantes que todos esos chamacos de origen humilde que se van a podrir en la cárcel; por eso su archiconocida madre se ha mantenido punto en boca con respecto a las condenas, y no ha tenido reparos en vincularse como presentadora estrella al polémico Festival de San Remo, organizado por la Primera Dama, Lis Cuesta. En el corazón de San Isidro el bar de Perugorría sigue facturando y los videoclips de la banda “Nube Roja”, donde tocan sus hijos, aparecen frecuentemente en los espacios musicales de la televisión cubana. Seguimos colaborando. Aquí no ha pasado nada.

Igual de sinvergüenzas son los amanuenses con ínfulas de intelectuales que aguantan callados porque de vez en cuando reciben sus migajas o cae un viajecito, con el viático salvador, y eso hace que valga la pena permanecer ajenos a la catástrofe nacional. Así de mal anda este país, y hará falta mucho más que el Manifiesto de Joven Cuba para remover las conciencias de quienes ya han aprendido a medrar sin inmutarse por los excesos de una dictadura.

Descontando las respetables excepciones, el gremio de los artistas e intelectuales cubanos ha sido siempre un semillero de chivatos, traidores y cobardes escudados tras una aparente neutralidad. La crisis moral y ética los cercó desde la llegada misma de Fidel Castro al poder, y a partir de entonces no han hecho sino dejarse asfixiar progresivamente a cambio de una vivienda, un cargo institucional, viajes académicos, exposiciones en galerías de renombre, contratos con editoriales o disqueras, y bastante infladera, que de eso también viven muchos especímenes.

Poco puede el honroso texto de Joven Cuba contra el cinismo de un tipo como Silvio Rodríguez, ejemplo clarísimo de lo que cabe esperar de las figuras más prestigiosas del panorama artístico cubano. Si lo que a Silvio le importa es la zafra que pueda hacer “el enemigo” gracias a estas farsas judiciales, y no la tragedia de que un adolescente sea condenado a 20 años de cárcel por haber lanzado piedras contra el cristal de una tienda que le recuerda cuán miserables son él y sus padres por no tener dólares, sobran las palabras, los manifiestos y todo lo demás.

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