El año en que Fidel Castro se declaró anticomunista

El año en que Fidel Castro se declaró anticomunista

Aquellos doce meses estuvieron plagados de mentiras, triquiñuelas y groseras artimañas

Fidel Castro y Richard Nixon. 1959

LA HABANA, Cuba.- El año más complejo de la historia de Cuba y el menos analizado es 1959, cuando Fidel Castro y sus hombres se propusieron, por medio de subterfugios y puro azote político, llevar a cabo un plan a espaldas del pueblo y de sus más fieles colaboradores por la democracia.

Sus doce meses transcurridos estuvieron tan plagados de tantas mentiras, triquiñuelas y groseras artimañas, que requieren de un profundo análisis, cosa que no han hecho jamás los periodistas e historiadores del régimen.

Investigar por ejemplo cómo fue que Fidel se dejó atrapar tan pronto por los viejos comunistas cubanos, es una tarea que urge aclarar. También qué hizo, para evitarlo, aquel gran grupo de personalidades de reconocido prestigio democrático que formaban parte del Consejo de Ministros, encabezado por el abogado Manuel Urrutia.

En repetidas ocasiones, como se sabe, Fidel se declaró anticomunista en 1959: el 16 de enero ante la tumba de Chibás, el 23 de ese mes en Venezuela, el 15 de abril en Nueva York, el 8 de mayo en un discurso ante el Palacio Presidencial.

Su primera triquiñuela

El 28 de octubre, en la celebración del Congreso de la CTC, cuando los comunistas fracasaron en su empeño por lograr mayoría, Castro impuso una “candidatura de unidad” para permitir un acceso mayor de comunistas a la dirección de esa organización. Por esa razón Manuel Urrutia, en una entrevista con el periodista Luis Conte Agüero, comentó sobre las sombras históricas del viejo Partido Comunista cubano, una historia que conocimos bien aquellos que vivimos los últimos años de la República.

El Partido Comunista tuvo una extraña posición de línea pasiva durante el gobierno de Batista, sobre todo en abril de 1957, al no colaborar durante el intento del Movimiento 26 de Julio por lograr una huelga general. Fue también muy significativo que un poco antes de 1959 se decidiera a enviar a Carlos R. Rodríguez a la Sierra Maestra como representación del Partido.

¿Acaso los comunistas habían dejado de pensar que las guerrillas de Fidel tenían una remota posibilidad de éxito, o era que veían cerca sus planes para lograr un gobierno democrático de coalición, con el fin de postularse una vez más?

Preguntarse dónde estaban los líderes comunistas durante el ataque al Moncada y el desembarco del Granma, los mismos que habían colaborado con Batista en la guerra de los años treinta y luego con Grau, fue cosa de Fidel.

“Debajo de la cama”, dijo el máximo líder, seguramente recordando a Nicolás Guillén, quien en París lo calificó de “muchacho loco” por atacar el Moncada.

Cría fama y acuéstate a dormir

Para saber qué pensaban los cubanos de los comunistas, mal vistos durante décadas por falta de apoyo popular, bastaba con conocer dos de sus más grandes escándalos: el conflicto conyugal entre Ordoqui, Carlos R. Rodríguez y la señora Buchaca, ventilado en el seño del ejecutivo del Partido y la historia del comunista Marcos Rodríguez, quien delató a un grupo importante de revolucionarios del Directorio 13 de Marzo.

Además, se sumaba al descrédito de ese Partido el hecho de que se hizo pública su solidaridad con los crímenes de Stalin y la política represiva de Mao Tse-tung. Tal vez esta fue la razón por lo que algunos líderes revolucionarios, como Camilo y el Che, se mostraran ante los periodistas como demócratas y liberales. El 9 de enero de 1959, el Che le aseguró a un compatriota suyo que en el plazo de un año el Movimiento 26 de Julio se organizaría como Partido y que se celebrarían elecciones generales para que esa nueva fuerza política compitiera democráticamente con los demás partidos.

Ese mismo día, no muy lejos del Che, Fidel dijo que “era un crimen lanzar al pueblo a la política a los tres meses de la liberación, que era mejor trabajar febrilmente para reconstruir la nación y que en América Latina, pocas veces se habían dado revoluciones que no fueran meros golpes de Estado”.

La artimaña de Fidel Castro consistía en retrasar las elecciones. Ni siquiera su Movimiento se convirtió en partido, porque la única fuerza política que en realidad el tenía en mente era la fuerza de una dictadura.

Dos días después, entrevistado por la cadena CBS televisión, dijo sobre las elecciones: “También el Directorio formará parte de las elecciones. Si no damos libertad a todos los partidos no seremos un pueblo democrático. Hemos luchado para dar democracia y libertad a nuestro pueblo”.

¿Moral y dignidad como principios?

A partir de aquellos meses se sembraron los principios de moral y dignidad, como baluarte para Cuba, según dijo recientemente el poeta diputado Miguel Barnet.

Pero llegaba a su final 1959 y Castro seguía gobernando por sus pantalones y por decreto, usando su inteligencia para estrategias del azote. Uno de aquellos decretos fue abolir los partidos políticos.

Lo dijo nuestro José Martí: “El encargado del pueblo, además de examinar sus males, está en el deber de remediarlos, no agravarlos. El hombre útil tiene más derecho que el hombre inteligente. El inteligente puede ser azote: el útil hace siempre bien”.

El propósito de Fidel fue más allá de su inteligencia: Murió en su cama como un dictador que jamás cumplió con lo prometido en 1959: “El derecho de disentimiento y de oposición como un derecho inalienable”.

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