A Cuba le nació una Villa Rosa

A Cuba le nació una Villa Rosa

Historias prueban que no somos tan homofóbicos, que sencillamente nos lo hicieron creer

Roxana junto al equipo de grabación (foto del autor)
Roxana junto al equipo de grabación (foto cortesía del autor)

LA HABANA, Cuba.- Son muchos los que aseguran en Caibarién que el apelativo de Villa Blanca guarda relación con el rectísimo trazado de sus calles, mientras otros creen que el título tiene que ver con el polvo de piedra caliza que rellenó esas calles amplias y muy rectas, tampoco le faltan hijos a esa Villa que se ufanen creyendo, a pie juntilla, que si algo relaciona a los habitantes de ese pueblo del norte de Villa Clara con el color más “puro”, son las grandísimas virtudes que exhiben sus habitantes.

Es posible que tengan razón los unos y también los otros, pero lo curioso es que desde hace solo unos días la Villa tiene otro apelativo, y esta vez fue el rosa el color que se escogió. Resulta que allí se acaba de estrenar un documental con ese nombre: Villa Rosa, que no pretende entrar en contradicción con el título anterior, pero sí se empeña en destacar otras tonalidades. Esta pieza fue dirigida por Lázaro González; y Nelson, también González, escribió el guión. De ellos dos escuché decir que son una feliz pareja, aunque, por lo que ya sabemos, no son un matrimonio.

Los protagonistas de este documental son todos homosexuales, y Adela, también personaje, es transexual y también la única delegada del Poder Popular en Cuba con esa condición. Estos protagonistas hablan de su relación con la villa y sus habitantes, de quienes se alaba la tolerancia. Quizá este último término no sea el mejor, porque la tolerancia tiene que ver con la resignación, y lo que allí sucede no tiene mucho que ver con una conformidad pasiva; tiene que ver con el respeto, la aceptación, la buena convivencia.

Y quizá este fenómeno no sea tan exclusivo de Villa Rosa, creo que esas buenas maneras se vuelven lugar común en los pueblos parranderos del norte villaclareño; Remedios, Vueltas, Camajuaní, Encrucijada… No dudo que sean las pelucas o los lujosos salones de un palacio que parecen flotar en las bambalinas de sus carrozas, quienes crearon una sensibilidad diferente en los moradores de esos pueblos. Y hasta es posible que no seamos un país tan homofóbico como nos han hecho creer. Quien lo dude puede ir a Caibarién, es decir, a Villa Rosa, y disfrutar de la feliz convivencia entre todos, lo que no sucede únicamente durante los festejos, aunque insisto en la posibilidad de que sean estas celebraciones bellísimas y hasta delirantes, el sedimento de todo.

En estos poblados no resulta extraño mirar a un heterosexual, extasiado, que alaba el miriñaque gigantesco que sostiene la falda de María Antonieta, tan enorme que se necesita de una grúa para dejarlo encima del chasis de la carroza. Habría que estar en una de esas fiestas para ver a un muchacho de delicadas maneras entrando con muchísimo cuidado por la breve abertura de aquella armazón que recibirá luego el fastuoso vestido. Habría que ver a los moradores de esas villas aplaudiendo al muchachito amanerado y lánguido que consigue vencer el escollo de aquella abertura tan breve entre las gruesas cabillas del miriñaque; para que luego se batan palmas y se elevan los fuegos artificiales. Quién puede dudar que fuera en esas fiestas donde reapareció el travestismo que habían hecho desaparecer en Cuba.

Es posible que nuestra homofobia no esté tan enquistada. Creo que ese machismo que achacan a los cubanos no es tanto, que solo es fruto de políticas castradoras, como esas que conocimos en los años sesenta y que nos encontramos todavía. Cómo podemos entender que en Villa Rosa, Adela se hiciera delegada del Poder Popular; la primera, la única transexual en toda Cuba que se puso al frente de toda una comunidad sin renunciar a sus maneras “extraviadas”. Adela es uno de esos personajes que se pueden ver en el documental, y también está Patrick Link, un travesti que anima las noches del cabaret “Los paraguitas”, y Javier y Yunier, muy empeñados en conseguir el matrimonio entre homosexuales; todos guiados por Roxana Rojo, a quien conozco desde hace mucho tiempo, desde que era Pedrito.

Roxana se maquilla (foto del autor)
Roxana se maquilla (foto cortesía del autor)

Y hasta me contó alguna vez Pedro Manuel que había estudiado en una de las tantas Escuelas Militares Camilo Cienfuegos (Camilitos) que surgieron en el año 1966, un año después de aquellas Unidades Militares de Apoyo a la Producción (UMAP). Sin dudas el gobierno no quería dejar ningún cabo suelto y decidió educar en la reciedumbre a sus varones, y para ello nada resultaría mejor que una preparación militar vigorosa, “macha” y uniformada.

Fue en 1971 cuando Pedro Manuel González hizo su matrícula en los “Camilitos”. Tres años habían transcurrido desde el cierre de aquellos campos de concentración que pretendieron corregir, y castigar, el amaneramiento de tantos hijos de cubanos, y también las vocaciones religiosas, y aquellos gustos tildados de extranjerizantes de quienes preferían escuchar ritmos foráneos mientras otros suponían que solo era bueno dejarse seducir por las cadencias del patio.

Pedro Manuel entró siendo muy joven a esos “Camilitos” que, con muchísima frecuencia, me llevan a pensar en las UMAP, o viceversa. Es que supongo cierta relación entre los “unos” y las “otras”, y no creo nada descabellado defender tal parentesco. Hasta puedo imaginar el discurso de los oficiales vestidos de verde queriendo demostrar a sus alumnos las abyecciones de unos seres muy blanditos que eran traidores en potencia…, ellos, esos Camilitos, tenían una gran responsabilidad…

Sin dudas la entereza de los miembros de ese joven proyecto militar podía ser enfrentada, si resultaba necesario, a quienes estuvieron recluidos en las UMAP “¡tan plagadas de vicios y debilidades!”. La virilidad y la fuerza de los Camilitos podían enfrentar, si hacía falta, esos vicios y debilidades de quienes estuvieron encerrados en aquellos campos de concentración.

Los defensores de esos espacios cerrados y humillantes no se creían mucho el cuento de que la revolución podía acabar con ese “mal”, y ¿qué mejor para educar a ese hombre nuevo que el rigor de la vida militar? Ambas creaciones son el reflejo de una política machista, segregacionista. Quienes reclutaron a Pedro Manuel González pudieron suponer en él un proyecto de macho revolucionario. En ese muchacho podrían estar las cimientes del hombre nuevo, el mas viril, ese que luce un uniforme verde olivo…, un hombre nuevo dispuesto a ganar la batalla a las “mariposas”.

Y se les fue el tiro por la culata. De nada sirvieron las largas horas de entrenamiento ni las órdenes más viriles. De nada sirvió el toque temprano de la Diana ni la imposibilidad de dejarse asistir por un espejo para conseguir un rápido peinado. Aquellos oficiales encargados de formar al hombre nuevo no imaginaron jamás que aquel muchacho abandonaría alguna vez el nombre con el que lo inscribieron en el Registro Civil de Caibarién, es decir en Villa Rosa, para llamarse, algunas veces, Roxana Rojo.

Me pregunto qué dirían aquellos militares que lo entrenaron si lo vieran ataviado como Roxy, y representando historias, como las de aquella rusa que llegó a Cuba y se enamoró de un pescador en Caibarién, y allí se quedó. ¿Quién podía creer que aquel muchacho sería años después una estrella del Mejunje en Santa Clara? Había que creer en aquel joven, sobre todo porque entró a los Camilitos un año después de que un sinfín de machos no consiguió los añorados diez millones en aquella zafra azucarera fracasada. ¡Ay, cuánta cacofonía!

Roxana, cuando era Pedrito (foto cortesía del autor)
Roxana, cuando era Pedrito (foto cortesía del autor)

Pedro Manuel, aquel proyecto de macho varón masculino terminó siendo homosexual, y defensor del derecho de los gays. Roxy, el Camilito, fue una estrella de plumas y lentejuelas a pesar de su breve educación militar, y hasta escribió libros, y tradujo los que otros escribieron antes. Pedrito no se hizo teniente ni capitán. La humanidad de Pedro Manuel dijo basta un día…, y se vistió de hembra; después de abandonar los predios verde olivo. Lo que de seguro ha pasado otras veces…

Y voy a terminar, pero antes quiero dejar claro que todo cuanto escribí no es un relato que se anticipa a lo que puede encontrar en el documental. Lo que hasta aquí leyó no son más que algunas de las ideas que puede sugerir un documento como ese. Esas historias prueban que no somos tan homofóbicos, que sencillamente nos lo hicieron creer, y además que deben existir en nuestros pueblos, incluso entre los más intrincados, un montón de Villas Rosas. ¿Por qué una cosa es Caibarién y otra…? Usted podrá descubrir que la homofobia está más institucionalizada que en la sangre de los cubanos.  Y no dudo que veamos alguna vez la historia de un militar de alta graduación que sufre por un amor que lo asfixia, ese que siente por un subordinado.

Jorge Ángel Pérez

(Cuba) Nacido en 1963, es autor del libro de cuentos Lapsus calami (Premio David); la novela El paseante cándido, galardonada con el premio Cirilo Villaverde y el Grinzane Cavour de Italia; la novela Fumando espero, que dividió en polémico veredicto al jurado del Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos 2005, resultando la primera finalista; En una estrofa de agua, distinguido con el Premio Iberoamericano de Cuento Julio Cortázar en 2008; y En La Habana no son tan elegantes, ganadora del Premio Alejo Carpentier de Cuento 2009 y el Premio Anual de la Crítica Literaria. Ha sido jurado en importantes premios nacionales e internacionales, entre ellos, el Casa de Las Américas

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