1984 no marcará el Año Cero en Cuba

1984 no marcará el Año Cero en Cuba

La publicación del clásico de Orwell por una editorial cubana no viene acompañada por cambios sustanciales en la Isla

(Foto: infobae)
(Foto: infobae)

LA HABANA, Cuba.-Según algunos medios de prensa, Nineteen Eighty-Four [1984], la famosa novela de George Orwell, será publicada en Cuba por el Instituto Cubano del Libro después de haber sido prohibida durante décadas por el gobierno.

Considerada por el propio autor como una sátira contra los estados totalitarios, el texto, escrito en la primera mitad del siglo XX, en la Inglaterra de la postguerra, siempre ha sido visto en Cuba como una parábola de las políticas de control y represión con las que aún operan los gobernantes cubanos para mantenerse en el poder y, en consecuencia, su lectura usualmente debió realizarse de manera clandestina e incluso, en el sistema nacional de bibliotecas y en las universidades, siempre fue un libro ausente o de “lectura controlada”, solo accesible a un número muy reducido de especialistas literarios.

Por esas razones, el anuncio de la publicación ha causado cierto revuelo y las opiniones se dividen entre quienes, ingenuamente, ven en la decisión una señal de apertura o de incipiente resquebrajamiento del poder; los que, también con cierta candidez, piensan que ha sido un afortunado desliz de los guardianes de la cultura (error que haría rodar algunas cabezas en el sistema editorial cubano); y los que, no por listos sino por entrenados con los años, aseguran que la decisión de luz verde para George Orwell es una simple maniobra efectista, mediática, para compensar la ola de censura que ha vivido la cultura cubana en los últimos meses con episodios escandalosos como la negativa de proyectar en los cines la versión cinematográfica de una novela de Pedro Juan Gutiérrez o el castigo a Juan Carlos Cremata por llevar a la escena un clásico como El rey se muere, de Eugéne Ionesco.

Quienes conocemos cómo funcionan las editoriales cubanas, es decir, el modo de criba exhaustiva que sufren los libros, por parte de funcionarios y policías políticos, para llegar a los planes editoriales, luego a las imprentas y, finalmente, a las librerías, podemos descartar las dos primeras versiones sobre un suceso “cultural” que, como casi todo en Cuba, esconde o enmascara un trasfondo político, de modo que, con la publicación de Orwell, no hay desliz ni jubilación de los censores aunque sí, tal vez, reforzamiento de esa cortina de humo que hace ver gigantescos cambios a los de afuera, mientras los de adentro continúan hipnotizados con unas aspas que solo giran al viento sin mayores propósitos.

En Cuba ningún libro, por inocente que pudiera parecer, escapa a la censura, y aquellos textos y autores que parecen haberse colado por la grieta hay que analizarlos con gran atención porque son parte de un mensaje o una moraleja fabricados desde el poder.

Publicar a George Orwell en 2016, en medio de las mesas de diálogo con los Estados Unidos y con la Unión Europea, donde el tema de los derechos humanos continúa levantando ronchas, es para algunos un guiño en medio de una pataleta. Pero lo es porque es un gesto que no implica grandes riesgos y su impacto en el lector cubano puede ser controlado con diversas maniobras desde la prensa oficial y, algo más efectivo, desde esos diabólicos “mecanismos de distribución” diseñados para que los textos demasiado problemáticos, en exceso peligrosos, terminen por desaparecer en oscuros depósitos, como ha venido sucediendo desde muchísimo antes del Caso Padilla, a finales de los años 60.

La decisión de publicar Nineteen Eighty-Four solo pudiera ser vista como una verdadera señal de apertura, un necesario año Cero, si hubiese venido acompañada, primero, del anuncio del cese total de otras prohibiciones de autores y obras que sí constituyen no solo una flagrante violación a la libertad de expresión sino un daño a la cultura nacional, y, segundo, por una modificación de las leyes que impiden la creación de empresas editoriales e instituciones culturales independientes del gobierno y no orientadas ideológicamente por el Partido Comunista.

Publicar a escritores como Reinaldo Arenas, Jesús Díaz, Norberto Fuentes, Zoe Valdés, Daína Chaviano, Amir Valle, María Elena Cruz Varela, Antonio José Ponte, Rolando Sánchez Mejías, Rafael Rojas, Emilio Ichikawa, entre otros cientos de narradores, poetas, ensayistas, culturólogos, historiadores y economistas condenados al silencio y al exilio debido a sus opiniones políticas o el contenido de sus obras, sí sería una verdadera señal de cambio pero a la vez pudiera constituir, desde la siempre cautelosa perspectiva del gobierno cubano, el peligroso final de un cuento de horror y el más arriesgado principio de otro que no sabríamos si atribuir a Lovecraft o a O. Henry, porque implicaría nuevas formas, más sofisticadas, de mantener el control, tal vez en complicidad con ese capital foráneo que ha condicionado su permanencia en la isla a la “estabilidad política”, es decir, a las apariencias, y no al respeto a los derechos humanos.

La edición cubana de Nineteen Eighty-Four, por todo cuanto pretende ocultar en cuestión de censura, pareciera una maniobra “cultural” en la misma cuerda de otras que nada tienen que ver con lo literario pero que funcionan bajo la misma fórmula de “lo que aparenta ser sin llegar a serlo”, muy efectiva, por ejemplo, en la negociación de una legitimadora visita papal, la condonación de una deuda en París, la normalización de las relaciones con el enemigo del Norte, mientras, en paralelo, se establecen oscuras alianzas con Corea del Norte y se incrementan los vínculos militares con Moscú. En fin, que 1984, en 2016, no significa año Cero.

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