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Jueves, 23 de marzo 2017

¿Qué queda del “invicto” Comandante en Jefe?

El fracaso dejó a Castro con un acentuado deterioro físico y mental, frente a un mundo donde avanzan la democracia y el Estado de derecho

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MIAMI, Florida, septiembre, 173.203.82.38 -Inmediatamente después de la desaparición de  la Unión Soviética una pregunta ha quedado clavada en la conciencia universal: ¿Por qué un sistema supuestamente redentor y enaltecedor de la condición humana se convirtió en una tiranía sangrienta  y despiadada? ¿Podría el comunismo alcanzar sus objetivos solamente a través del terror y la violencia más brutal? ¿Cómo explicar que durante décadas el mundo civilizado aceptara  como algo normal los crímenes del comunismo? ¿Por qué Fidel Castro se valió  de  la experiencia soviética?

Tal vez una explicación de este  fenómeno la hallemos en la confusión ideológica que envuelve a  los pueblos sometidos al comunismo y a la exacerbación de las pasiones a través de las cuales se atribuía al capitalismo la responsabilidad por todas las fatalidades sociales y económicas. Posiblemente en el pensamiento de Castro  prevalecía la idea de que la eliminación  de los ricos sería la clave para suprimir todo vestigio de capitalismo en Cuba de acuerdo con las tesis marxistas desarrolladas  por Lenin.

En los meses posteriores al  triunfo de su revolución, Castro insistía en su carácter  nacionalista e incluso se autodefinía  anticomunista. En una comparecencia pública a principios de 1959 Castro manifestó: “si los comunistas sacan las uñas, yo se las corto” y  advirtió que “la revolución cubana es tan verde como las palmas”, como una forma de refutar  las tempranas advertencias sobre  el color rojo – símbolo del comunismo –  de aquel proceso.  La mayoría de los discursos pronunciados por Fidel Castro antes de proclamarse marxista-leninista contienen acerbas  críticas  al  comunismo y la promesa de restituir  la democracia y  convocar a elecciones libres y pluripartidistas.

Antes del arribo de Castro al poder Cuba no era la sociedad perfecta, porque ningún conglomerado humano puede jactarse de su perfección.  Estremecidos  por esporádicos episodios de inconstitucionalidad y violencia, los cubanos  anhelaban regresar  a un sistema donde se preservaran sus valores y se respetaran sus derechos. La cultura de la violencia y el terror no gozaba de la simpatía de aquella sociedad. El cubano era un pueblo amante de la paz y la estabilidad, sintetizadas  en el bienestar de la familia, el trabajo honrado y la prosperidad. Las ideologías jamás lo separaron: el liberal compartía su agenda con el demócrata, el conservador o el ortodoxo. El Partido Socialista llegó a tener sus representantes en el Congreso de la República, un  espacio en la radio  y  su propio periódico, además de otros privilegios constitucionales. Los trabajadores manuales e intelectuales disponían de todas las prerrogativas legales para viabilizar  sus demandas y preservar sus conquistas. Las empresas crecían estimuladas por un régimen tributario equitativo y mesurado. Los padres disponían de la más absoluta libertad en cuanto a la educación de sus hijos. Nunca se organizaron turbas para impedir  la libre expresión de las ideas,   incluso ni  en los momentos más sombríos de nuestra historia republicana. Esas horribles imágenes donde aparecen manadas   de facinerosos golpeando a las heroicas Damas de Blanco corresponden  a una sociedad enferma y decadente.

Patria, familia y libertad conformaban el  baluarte de la sociedad cubana.

Para los cubanos la ideología comunista y su máximo exponente, la Unión Soviética,  estaban a miles de kilómetros de su geografía insular y a centenares de años luz de sus  auténticos anhelos. Las noticias sobre los crímenes  que se producían en la URSS no servían de referente  a los deseos del pueblo de Cuba.  No era precisamente a la filosofía  de  la exclusión  y el terror a la que aspirábamos.

Bajo la premisa  de una debatible preservación de su independencia, Castro fue subvirtiendo paulatinamente los intrínsecos valores del pueblo cubano. El enraizado sentimiento nacionalista se diluyó ante  los efectos de una doctrina cruel y dogmática.  De líder carismático de un proceso previsiblemente emancipador, Castro se convirtió en un dictador implacable y en un censor del pensamiento democrático.

¿Habrían  triunfado los planes de Fidel Castro de haber adoptado un sistema  pluralista? ¿Lograrían sustentarse sus demenciales interpretaciones de la historia, el hombre, la economía  y la sociedad a través de la democracia?

Es cierto que la inestabilidad política y la ingobernabilidad democrática anteriores al triunfo de la revolución castrista permiten comprender el contexto en que Castro llegó  al poder, sin embargo no explican la predisposición acentuadamente feroz y que contrasta singularmente con sus ideas expresadas en múltiples entrevistas, declaraciones a periodistas extranjeros, e incluso con su publicitada autodefensa con motivo del asalto al cuartel Moncada,  un confuso alegato conocido como “La historia me absolverá”.

Fue Castro quien impuso el terror del mismo modo que le asignó al pensamiento político una sola ideología y un solo partido. Castro instauró un régimen  que muy pronto reveló  su naturaleza sanguinaria y todas sus acciones estuvieron dirigidas a un único  objetivo: oprimir al pueblo. Castro despertó en el cubano sus pasiones más mezquinas  y atizó  la violencia como una forma de mantenerse en el poder.

Pero aquella naturaleza violenta y sanguinaria no fue precisamente iniciada  el  1 de enero de 1959. Castro utilizó  el  terror  mucho antes.  Innumerables acciones terroristas fueron perpetradas durante la insurrección y  una vez instalado en el poder creó  tribunales sumarísimos para juzgar y ejecutar a sus adversarios.  Aquella terrible maquinaria asesina estaba enfilada contra el pueblo. El verdugo se convertiría  en el centro de la vida de los cubanos.

El terror conmovió a todas las capas de la población y a todos los sectores sociales: ricos, pobres, empresarios, obreros, militares, artistas, profesionales, religiosos y religiosas, campesinos e intelectuales. Las instituciones no gubernamentales, tan necesarias en una sociedad impulsada por principios cívicos y democráticos, desaparecieron y en su lugar surgieron fatídicas estructuras bajo un enfoque totalitario y excluyente.

¿Por qué razón mantenerse en el poder era tan  importante para Fidel Castro, al extremo de renunciar a sus primeros desahogos anticomunistas y al abandono de los más elementales principios morales? Porque solo la conservación del poder permitiría  a Castro su alucinante propósito de satisfacer sus frustraciones políticas y personales.

¿Qué hay de revolucionario en el pensamiento castrista?

Atrapado entre las redes de mantenerse a cualquier precio en el poder y aplicar sus dogmas totalitarios Castro reavivó, entonces, el mito del internacionalismo proletario y la revolución global. Creyó que su incendiaria ideología devoraría a todos los países, incluso a Estados Unidos y a otras democracias occidentales. Pero el incendio no se produjo y el socialismo se desplomó: la globalización revolucionaria se convirtió en la globalización de los mercados, la revolución mundial se impuso en el ámbito de los descubrimientos científicos y los avances tecnológicos.   La esperanza y la fuerza de la humanidad no residen precisamente en la eventualidad de un mundo convulsionado por las “ideas revolucionarias” o aniquilado por una hecatombe nuclear.

El fracaso dejó a Castro con un acentuado deterioro físico  y mental,  frente a un mundo donde avanzan  la democracia y el Estado de derecho a pesar de las contradicciones y las crisis.

¿Qué queda del  “invicto” Comandante en Jefe?

Queda un inservible montón  de  alucinantes reflexiones derivadas  de un retorcido pensamiento totalitario.

Queda el más  catastrófico experimento político, económico y social nunca antes conocido por la nación cubana.

Queda una inmensa tragedia que sigue gravitando sobre la vida de millones de seres humanos.

Queda la figura de un anciano moribundo  hundido en su ilusoria revolución mundial.

Y queda, sobre todo,  un símbolo de la irracionalidad y la torpeza.

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