Rellenador de fosforeras: un oficio “a lo cubano”

Rellenador de fosforeras: un oficio “a lo cubano”

Estos cuentapropistas surten su negocio con instrumentos extraídos de los propios hospitales y recurren a revendedores para adquirir las piezas de repuesto

(Foto de la autora)

VILLA CLARA, Cuba. – A Gustavo le reventó una fosforera en la mano izquierda cuando trataba de poncharla con una jeringuilla. “Aquello sonó como una bomba”, rememora. “Al momento, fue más el susto que la ardentía. El cliente que estaba frente a mí aquel día dio un brinco que casi llega el techo. Eso, no pasa mucho, casi nunca, pero estás expuesto al peligro”. Gustavo Ruiz se ha dedicado por más de 21 años a rellenar y reparar mecheros en las calles de Santa Clara. Durante el período especial él y su familia sobrevivieron gracias a su inventiva.

“Cuando aquello no había de nada, menos que ahora”, dice. “La gente utilizaba las cajas de fósforos porque tener una fosforera era casi un lujo. Las traían los extranjeros, las regalaban como suvenir por las calles. Tenía un amigo que se dedicaba a perseguir turistas para cambiar las cajas de fósforos por las clipper. A los yumas les cuadraba el negocio, para llevarse esas cajetillas que tenían fotos de Cuba y consignas revolucionarias”.

A finales de los noventa, Gustavo trabajaba a expensas de multas e inspectores, en el portal de su casa, “por la izquierda”. Con la apertura al trabajo por cuenta propia decidió sacar la licencia para poder “ganarse el dinero tranquilo”. El anexo 1 de la resolución al trabajo por cuenta propia en Cuba del 10 de julio de 2018, encasilla a estos particulares en la categoría de “Reparador de artículos varios”, que integra las actividades de reparador de bastidores de cama, de colchones, bicicletas, cocinas, máquinas de coser, enseres menores, espejuelos, etc. Regida por el Ministerio del Comercio Interior, esta actividad está definida por el gobierno como aquellas personas que “utilizan partes y piezas recuperadas o procedentes de la red de establecimientos comerciales, siempre asociados a la prestación del servicio”.

El rellenador y reparador de fosforeras constituye, posiblemente, un oficio exclusivo de Cuba, al que se accede legalmente mediante el pago de 40 pesos mensuales por la adquisición de la patente y 87 para garantizar el seguro social. Además, quienes trabajen en sitios arrendados al estado deben remunerar a la empresa de servicios por el uso del espacio.

“A los turistas les encanta estar tirándonos fotos, porque esto no lo han visto antes. A un amigo mío hasta le hicieron un documental. Eso sí, a nosotros no nos dejan vender fosforeras, solo repararlas. Si te cogen con eso te meten una multa y te pueden quitar la licencia”. Al tiempo en que a Gustavo y a otros “fosforeros” se les prohíbe la comercialización de mecheros, hace meses que las tiendas recaudadoras de divisa no expenden estos artículos a la población. Solamente, los establecimientos de Artex vendieron fosforeras de magneto con estampas de pinturas cubanas a precios inaccesibles para la mayoría de los salarios cubanos. En estos momentos, “no están entrando, no sabemos por qué”, según aseguraron varias dependientas de dichos bazares.

“Eso es una cosa desechable en cualquier parte del mundo, aquí es donde único la gente las recicla y las recicla hasta que no le cabe un hueco más en el fondo. La mayoría no son ni de aquí, las traen por bultos de otros países y se venden en el mercado negro”, prosigue Gustavo. “Hay quien se atreve a exponerlas en la mesa en que trabajan y, si viene algún inspector, les dicen que son encargos. En un país de fumadores como este es inconcebible que hasta te pongan trabas para venderles fosforeras a la gente. A veces, tengo clientes que se me ponen bravos cuando les digo que la que me traen para arreglar no aguanta más, que se parten muy fácil”.

El precio común por el llenado de una fosforera oscila entre los dos pesos en moneda nacional y tres por encima si el artículo precisa de una piedra nueva. La receta para aplicarle el gas a la pieza requiere de bastante destreza y consiste en agujerear el fondo, incorporarle el combustible y finalmente sellarlo con un trozo de alfiler. Quienes se dedican a este oficio en Cuba se exponen a diario a numerosos pinchazos, magulladuras y a la emanación del gas tóxico.

En el puesto de trabajo de Luis Manuel Hernández hay dispuestos sobre la mesa de tablas varios instrumentos que bien parecen los de un cirujano. Un cartel confeccionado por un pedazo de cartón anuncia el oficio de “llenado de fosforeras”.  “El tanque del gas de mi casa, el que me toca, lo cojo para trabajar”, revela Luisito. Ni a él ni a quienes se dedican a esta actividad en Cuba, el estado les garantiza la venta de implementos, piezas de repuesto y el propio gas para ejercer el oficio por cuenta propia.

“Las mismas piedras las consigo por la calle, de la gente que las trae, a cincuenta o sesenta centavos”, cuenta. “Los alfileres, que se usan para taponear el fondo, los compro en la shoping, valen 95 centavos CUC. Esos son alfileres de costurera, se gastan muchos al día, imagínate”.

Para rellenar los mecheros, estos cuentapropistas recogen de la propia basura y de caritativos donantes envases de insecticidas, ambientadores o diferentes tubos spray vacíos en los que acumulan el combustible. “Se les abre un hueco, se les quita el tubo que tienen y lo sellamos con estaño”, describe Luisito. “Eso es un peligro, pero llevo 28 años en esto y nunca me ha pasado nada. Los instrumentos que uso son puro invento, aquí no hay nada, y gracias que estamos trabajando”.

Ante la ausencia de un marcado mayorista que garantice la venta de recursos para los trabajadores por cuenta propia en Cuba, los rellenadores de fosforeras surten su negocio con instrumentos extraídos hasta de los propios hospitales, y recurren a revendedores para adquirir las piezas de repuesto importadas. Funciona como una especie de cadena de oferta y demanda, en la que las llamadas “mulas” representan el primer escalón de distribución para mantener el oficio.

La mayoría de los “fosforeros” en Santa Clara prefieren trabajar en el horario de la mañana, antes que el sol los castigue en medio de la calle. José Santiago Jiménez elige madrugar y sus clientes lo saben. “A las seis de la mañana ya hay gente haciéndome colita para arreglar fosforeras. Las cajas de fósforos que venden en la bodega, cuando no se pierden, todos están descabezados, o húmedos o traen tres o cuatro que no alcanzan para nada. Si no fuera por nosotros no sé qué haría la gente, encender con dos palitos, como los indios”.

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