Periodista de CubaNet Roberto Quiñones agradece entrega del Premio Patmos

Periodista de CubaNet Roberto Quiñones agradece entrega del Premio Patmos

Quiñones no dejó pasar la ocasión para expresar cuánto ha influido la vocación religiosa dentro de su formación como ser humano

Roberto de Jesús Quiñones Haces; Cuba; Premio Patmos;
Roberto de Jesús Quiñones Haces recibe el Premio del Instituto Patmos (Foto: Cortesía)

MIAMI, Estados Unidos. – A pocas horas de haber recibido el premio Patmos 2019, importante distinción que se entrega a personas comprometidas con la libertad religiosa en Cuba, el abogado y periodista independiente Roberto de Jesús Quiñones Haces aprovechó la ocasión para agradecer el Instituto Patmos.

Víctima de un arbitrario proceso judicial que lo tendrá un año privado de su libertad, Quiñones no dejó pasar la ocasión para expresar cuánto ha influido la vocación religiosa dentro de su formación como ser humano, más aún en un contexto marcado por la falta de libertad de expresión y la discriminación contra diferentes formas de pensamiento.

A continuación, reproducimos íntegramente la carta enviada por el abogado y periodista al Instituto Patmos.

 Guantánamo, miércoles 28 de agosto del 2019

 Queridos hermanos del Instituto Patmos:

Hace alrededor de dos meses el Reverendo Mario Félix Lleonart Rodríguez, me escribió un correo electrónico informándome que había sido seleccionado para recibir el Premio Patmos correspondiente a su sexta edición.

Entonces no tenía la certeza de que iría a la cárcel por segunda vez y tenía la esperanza de que lo ocurrido el pasado 22 de abril en el portal del Tribunal Municipal Popular de Guantánamo pudiera ser solucionado de manera justa. Como seguramente ustedes saben, no ha sido así y debido a la precipitación de los acontecimientos, hoy 28 de agosto, temprano en la mañana, recibí la hermosa placa enviada desde los EE.UU., de manos de un joven matrimonio que generosamente se trasladó desde Las Tunas hasta Guantánamo para entregármela.

Esa es la razón por la que este año el Premio Patmos se entrega anticipadamente, otra gentileza más de mi hermano Mario Félix Lleonart Rodríguez, de su esposa Yoaxis Marcheco y de quienes comparten con ellos las labores de esta prestigiosa institución.

Confieso que al leer la lista de las personas que han recibido este Premio-todos insignes patriotas cubanos de estos tiempos-tuve temor y duda. Temor por no estar a la altura de lo que este reconocimiento representa, duda porque quizás se trataba de un error.

Cuando la duda fue disipada y el hermano Mario Félix me confirmó la decisión (entrega del Premio Patmos) solo atiné a preguntarme: “¿Dios mío, qué he hecho para merecer este Premio?”. No se trata de una pregunta retórica ni de falsa modestia, porque lo único que he hecho es ser congruente con mis ideas y eso comenzó, con muchos tropiezos, hace ya más de cuarenta años, cuando descubrí que el discurso oficial iba por un lado y la práctica de quienes lo predicaban por otro.

Entonces no era un católico practicante, aunque desde niño crecí en una familia creyente y respetuosa de Dios. Fue durante mi primer encarcelamiento, entre el 2 de julio de 1999 y el 12 de agosto del 2003, en medio de un dolor indescriptible, cuando una noche, ahogando mi llanto bajo una almohada, rogué a Dios que viniera a acompañarme y ayudarme a soportar aquél dolor. Si yo no hubiera sentido a Dios tan cercano entonces me habría derrumbado por completo ante tanta injusticia y crueldad.

 Por esos días cayó en mis manos una revista religiosa de Cienfuegos, donde leí estos hermosos versos de León Felipe:

Nadie fue ayer

ni va hoy

ni irá mañana

hacia Dios

por ese mismo camino

que voy yo.

Para cada hombre guarda

un rayo nuevo la luz del Sol…

y un camino virgen Dios”.

Entonces hice un repaso de mi vida y entendí que Dios me estaba revelando de forma contundente lo que por muchos años tuve ante mis ojos y no quise ver.

Poco después alguien me regaló una Biblia que aún guardo como uno de mis mayores tesoros y que ahora volverá a acompañarme en la prisión. La leí varias veces, está muy subrayada, y debo haber cansado a algunos sacerdotes con mis reiteradas preguntas y dudas. Los malos tratos y las dificultades continuaron pero ya era otro hombre, gracias a Dios, porque me aferré a Él como una brizna a la tierra y aprendí que por muchos que hubieran sido mis pecados Él estaba ahí para regalarme su infinita misericordia y que podía levantarme en medio de tanto dolor y sufrimiento, renacer y vivir la vida con alegría.

Salí de la cárcel y en vez de poder reinsertarme socialmente me negaron el derecho a trabajar, me discriminaron social y políticamente, me excluyeron, mientras quienes dirigían y aún dirigen este país hablaban y siguen hablando de que vivimos en un  Estado de derecho , democracia, derechos humanos y justicia social.

De aquéllas lecturas inquietantes y enriquecedoras de la Biblia hubo una-entre otras-que nunca olvido. Me refiero al Evangelio de San Mateo, Capítulo 25, versículos 34 al 40. Cada vez que releo ese pasaje no deja de sorprenderme la sencillez del mensaje de Jesús y lo difícil que resulta ser un cristiano de verdad. Mientras los hombres no veamos en el rostro sufriente de los hambrientos, los perseguidos, los sedientos-de agua y de justicia-y de los pobres, a otros hermanos que necesitan ayuda y al mismo Dios, estaremos alejados de ÉL. He aprendido que no basta con apoyar a los pobres si se les quita la libertad, que es un don de Dios y que ningún gobierno tiene derecho a coartarlo.

Y decía que es difícil ser cristiano porque cuando leemos a Jesús este nos enseña que debemos rezar hasta por aquellos que nos oprimen, y en otro momento del Evangelio incluso habla de poner la mejilla para que el enemigo la golpee. ¡Bendito sea Jesús! ¡Qué grandeza de alma la suya! ¡Qué bella su enseñanza que nos asegura que también nosotros, a pesar de nuestras imperfecciones, podemos actuar con bondad y con un pizca de fe lograr todo lo que nos propongamos! Aunque confieso que también admiro muchísimo al Jesús que con el látigo expulsó a los mercaderes del templo.

Todavía  hay muchos cristianos que huyen de la política y de la defensa de los derechos humanos por temor a las represalias. De esa forma renuncian a su dignidad para no buscarse problemas y olvidan esta otra expresión tremenda de nuestro Salvador, cuando anunció: “El que quiera seguirme, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y que me siga. Pues el que quiera asegurar su vida la perderá pero el que pierda su vida por mí, la hallará”. ¿Acaso hay en Cuba  otra forma más fiel de seguir a Jesús que no sea defendiendo la verdad y los derechos de todos los cubanos?

Basándome en esas enseñanzas es que acepto este Premio, no porque haya hecho algo extraordinario para merecerlo. Y cuando mire la hermosa placa que lo simboliza desearía recordar siempre que puedo ser libre, digno, luchar por mis derechos y por los de mis hermanos y hacerlo inmerso en la alegría que nos legó Jesús.

Dentro de mi Iglesia Católica he recibido mucho apoyo de mis hermanos laicos, de Monseñor Wilfredo Pino Estévez, Arzobispo de Camagüey, de mi Obispo Monseñor Silvano Pedroso Montalvo y del Excmo. Sr. Giorgio Lingua,  anterior Nuncio Apostólico. Temiendo por mi vida, hace algunos meses escribí a la Conferencia de Obispos Católicos de Cuba y  hasta al Santo Padre. Cuando lo hice pensé que el Sumo Pontífice iba a mirar-más que hacia mi caso- hacia Cuba, hacia el sufrimiento de este pueblo, pero parece que el Papa Francisco sólo tiene ojos para los males del capitalismo.

Me resulta significativo que mientras mi Iglesia permanece en silencio más de una veintena de Pastores Evangélicos  me han hecho llegar su solidaridad y entre los primeros, mis hermanos Mario Félix Lleonart Rodríguez y su esposa Yoaxis Marcheco.

La solidaridad que he recibido ha sido extraordinaria, mucha más de la que merezco. Ojalá que esa solidaridad sea siempre la que reciban todos los cubanos que preferimos morir antes que caer de rodillas ante el gobierno fascista cubano.

Estoy preparado para todo e iré a la cárcel con el alma muy tranquila. Dios que lee nuestros corazones sabe que digo la verdad y que no les tengo absolutamente ningún miedo a quienes me han colocado en esta situación.

Soy optimista. Intuyo grandes tiempos de esperanza para todas las comunidades cristianas cubanas y para la Patria. Ojalá que la fuerza vivificadora del Espíritu Santo nos levante ante las injusticias y se adentre en nosotros para recordarnos siempre que el Reino de Dios comienza en nosotros mismos.

Para los responsables de esta canallada disfrazada en forma de proceso judicial no guardo rencores ni odio. A ellos les dedico este poema que escribí en medio del dolor de mi primer encierro y que también es un claro mensaje para mis verdugos de hoy.

 

Perdónalos, Señor.

Perdona a mis enemigos, Señor.

Multiplica mis fuerzas como hace la tierra con las mieses

y la arena disuelta en el siroco.

Para que mi pecho se abra ante la epifanía del perdón,

hazlo, Señor.

Doblega mi orgullo,

inclíname como un junco ante la voluntad del agua

y extirpa los añublos que cercenan las espigas de tu amor.

Si el odio se cobija en mis ojos, anúdalo Señor,

limpia de él las grietas de mi paz.

 

Perdona a mis enemigos, Señor,

y por cada reja que ahonda mi dolor dales un motivo de alegría.

Perdónalos, porque cuando me dieron por lecho

una plancha de hierro sostenida por cadenas

Tú me llevaste la música del viento y el perfume de los mangos

por una cruel persiana de cemento.

Perdónalos, porque cuando impidieron el abrazo de mis padres,

mis hermanos y mi esposa, erguí mi frente

pero tú levantaste más mi alma.

Cuando hablé ante los jueces Tú medías mis  palabras

y cuando cambiaron la verdad por un triste ejercicio de justicia

decretando mi exilio de las calles y los seres que pueblan mi añoranza

Tú me hiciste fuerte:

Me encerraron y ahora soy más libre

me privaron del sol y nunca he tenido tanta luz,

esposaron mis manos, no mi pensamiento

me alejaron de los míos y nuestro amor se afinca como hiedra.

Por todo te agradezco, Señor, y te pido los perdones.

Yo te tengo a Ti, ellos, ¿a quién tienen?, ¿a quién aman?

¿a quién pueden llamar cuando se pierden tras los íncubos del alma?

Por cada golpe que me den Tú me ayudarás a reponerme

por cada tajo de oscuridad Tú harás la luz más esplendente.

Y aunque me reduzcan

silencien

quiebren

gritaré y estaré enhiesto como una pertinaz espiga de Tu amor.

25-10-2000 / Prisión de Guantánamo

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