No atiendo en horario de almuerzo: apología del maltrato en las tiendas

No atiendo en horario de almuerzo: apología del maltrato en las tiendas

Basta pararse en un mostrador por cinco minutos para entender la odisea que es comprar en las tiendas entre las 11 y media de la mañana y dos de la tarde

Clientes fuera de la tienda Maisí
Clientes fuera de la tienda Maisí, en La Habana (Foto Ana León)

LA HABANA, Cuba. – “Un momento, que estoy almorzando”, dijo a los clientes de turno una de las tenderas de la céntrica tienda “El cadete”, ubicada en la intersección de las calles Monte y Águila, en la Habana Vieja. Nada ha cambiado desde que el pasado 3 de junio entrara en vigor la Resolución No. 54 del 2018, relacionada con la protección al consumidor en el sistema de comercio interno. Para Leticia, residente en Centro Habana, “la cosa no es solo que tengamos derechos nosotros como consumidores, sino que ellas también tengan como vendedoras”. Un análisis justo que muy pocos lograrían entender, porque nadie puede solidarizarse con la ineficiencia y el maltrato en los establecimientos estatales.

Basta pararse en un mostrador por cinco minutos y recoger algunas impresiones para entender la odisea que es comprar entre las 11 y media de la mañana y 2 de la tarde.

“¿Tú sabes cuántas veces me he ido sin comprar nada por no buscarme ningún problema?”, se cuestiona una clienta. Otra alega que, si tienes relación con alguna dependienta, tal vez corras con mejor suerte.

“Si te llevas con alguna de ellas, va y suelta el pozuelo y te atiende. Ellas tienen derecho a almorzar y nosotras ¿qué?”, se pregunta la mujer.

“En Carlos III, encantados de la vida, te cierran un departamento completo porque la muchacha se fue a almorzar”, dice otra cliente sobre una situación que se repite una y otra vez en la mayoría de las tiendas cubanas.

Por su parte, la tendera de “Sensación”, uno de los quioscos de Belascoaín, reclama su derecho. “La gente está equivocada, uno es un ser humano también y yo tengo que almorzar. Esto no es el capitalismo”, señala.

“Si esto fuera capitalismo, estarían cagando pelos”, dice una mujer nombrada Xiomara. Según le cuenta una amiga, en otros países las cosas no paran, o sea, en lo que ella está almorzando, hay otra cajera reemplazándola para que la venta no pare y la gente siga consumiendo.

“Ni paran ni cierran por el horario de almuerzo”, explica Xiomara, quien parece tener una idea menos distorsionada de lo que son los servicios y los derechos en un sistema como el capitalismo, siempre caricaturizado en los medios oficiales.

Otra tendera de la tienda Ultra aporta sus razones al debate y cree que el principal problema es el poco compañerismo y la desconfianza.

“Yo prefiero que no me sustituyan ni un minuto, que, si me muevo, me dan. Ya me ha pasado varias veces, y lo que falte, lo tengo que poner de mi bolsillo”, señala la mujer, lo que explica cómo dentro de cada tienda puede haber un grupo de vendedoras que evidentemente no están haciendo nada y nunca pueden sustituir a quien necesita ausentarse por un instante de su puesto de trabajo.

“Aquí se tomó como medida que nadie sustituye a nadie para evitar malentendidos”, dice una vendedora en una tienda de Alamar, quien alega que “no todas saben hacer esto”, como si para atender al público, vender productos con una sonrisa y dar correctamente un vuelto, hubiese que hacer un master en ciencias.

Un administrativo del Focsa que no quiso identificarse correctamente asegura que “todo el que entra a trabajar en tienda no puede hacer cualquier cosa” y explica el entramado de “superación” que hace que suba la categoría y las posibilidades de los trabajadores.

“Porque la clavadera también es maltrato”, asegura Cecilia. “Después no quieren que se les diga ladrones, y nosotros somos los chivatones si se nos ocurre quejarnos”, agrega.

El listado de maltratos en tiendas y centros comerciales es largo. Muchas veces no tienen vuelto a ninguna hora del día por mucho que hayan vendido. Otras no permiten que haya más de cuatro clientes dentro de los mercados, mientras el resto hace cola bajo el sol. Los cárnicos y las neveras que permanecen cerradas con llaves. En muchas ocasiones no hay nadie que se encargue de sacar los productos. Todo eso unido a maltratos más institucionales que responden a normativas que nadie sabe de dónde salieron ni quién las dictó.

Cecilia cree que todo ese cúmulo de situaciones han llevado a que la gente pierda la perspectiva del asunto: “A veces nos tratamos como si fuéramos animales”.

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